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ACTUALIDAD | PERFILES | 10 de Septiembre de 2001

Casimiro Ferrari: El ermitaño de la Patagonia

Por Angela Benavides  | 

"Mi mujer me preguntó "¿A quién quieres más, a tu familia o a las montañas?" Y yo contesté: "A las dos por igual". Pero me equivoqué. Al final, vencieron las cumbres. Llevo cinco años viviendo solo en la Patagonia".

 

 
La supercanaleta al Fitz Roy, con el Pilar Este, la ruta más estética 

Año 1995. Casimiro Ferrari se debate en su Lecco natal entre dos vidas que no pueden seguir compaginándose. El italiano padre de familia y propietario de una fábrica de hilos de hierro, y el alpinista, creador de las míticas vías al pilar Este del Fitz Roy y al Cerro Torre, los gigantes patagónicos. No tiene más remedio que asumir la verdad: "El trabajo me da para vivir. El alpinismo y la Patagonia me hacen vivir", confiesa. Y toma la decisión. Vende todo y se marcha al gran sur, al extremo de Sudamérica. Su mujer pide el divorcio y se queda en Italia. Miro regresa al lugar donde vivió los momentos más intensos de su existencia.

2001. El 18 de julio un helicóptero del Ejercito Argentino tiene que evacuar a un hombre que vivía solo en el extremo nororiental del Lago Viedma, en una finca llamada "Estación Punta del Lago". Las carreteras están bloqueadas por la nieve y el helicóptero tiene que hacer cinco intentos antes de conseguir aterrizar junto a la estancia (un pequeño "alojamiento rural" que el propietario abría al público algunos meses del año, hasta que su salud se lo impidió), debido a la nieve acumulada y la nula visibilidad. Encuentran muy grave a un hombre de 61 años, y le trasladan al hospital de Río Gallegos. El coronel de la brigada revela su identidad: "es italiano, un famoso alpinista, en 1977 fue nombrado Caballero de la República Italiana".

Día tres de septiembre de 2001. La asociación alpinística "Las arañas de Lecco", nacida del grupo, hoy veteranos, que hicieron historia con sus increíbles escaladas por todo el mundo, emite un comunicado: "Estamos de luto por la marcha del grandísimo alpinista y socio nuestro Casimiro Ferrari, fallecido la pasada noche en el hostal "A. Manzoni". Con Miro se va una figura mítica del alpinismo de Lecco y del Mundo, ya que Casimiro ha sido durante años la punta de lanza de una generación de alpinistas que ha escrito una de las páginas más bellas en la historia del montañismo italiano y mundial".

 
El Pilar Este fue inaccesible hasta que llegarron los expertos en big wall 

Muchos lloran a Casimiro Ferrari, desde la gente de Ballabio, donde nació en 1940, hasta los alpinistas más representativos de hoy en día, que recuerdan la mítica expedición del 72 al Pilastro Este del Fitz Roy, su vía abierta en el mítico Cerro Torre (para los que dudan de la ascensión de Cesare Maestri, la primera a esta terrible montaña), su trayectoria alpinística. Sin embargo, uno podría plantearse si realmente el mayor logro de su vida, el que requirió más esfuerzo, fue en una pared de granito. Porque, escaladas aparte, Miro tuvo el valor de pagar el precio que exige cumplir los sueños. Renunció a todo lo que consideramos normal en nuestra vida cotidiana, para encontrarse a sí mismo en uno de los rincones más inhóspitos y, dicen, más bellos del mundo.

El "gran alpinismo" de los de Lecco:
Se diría, como siempre se dice a posteriori, que lo de Miro fue cosa del destino. Ir a nacer precisamente en Lecco -o, más exactamente, en Ballabio, junto al lago Como- rodeado de ambiente de escalada. Trabajó lo mínimo para vivir y dedicarse en cuerpo y alma al alpinismo. Con 18, ingresa en el equipo de los "Ragni di Lecco" y, poco después, en el Club Alpino Italiano. Sin embargo, no se quedó en los Alpes ni enloqueció ante las alturas imposibles del Himalaya. Desde que vio los andes patagónicos, no hubo para él más montañas.

En 1972 Cesare Maestri, furioso porque hay dudas sobre su primera ascensión al Cerro Torre, vuelve a subir utilizando el famoso compresor de casi cien kilos para meter clavos, que iza hasta casi la misma cumbre. Dos años más tarde Ferrari convence a sus colegas "Arañas" para ascender el Torre coincidiendo con el centenario del CAI de Lecco. Los italianos asedian la montaña como si fuera un castillo durante dos meses de mal tiempo patagónico ininterrumpido hasta que finalmente, en los únicos cinco días buenos, escalan y cuatro de ellos llegan a la cumbre: son, además de Ferrari, Mario Conti, PinoNegri y Daniele Chiappa. Para muchos, esta sigue siendo la primera: dudan de Maestri o consideran que aquella idea del compresor desmerece la ascensión, comparada con ésta de Ferrari, hecha con métodos "tradicionales". Sin embargo, Miro se niega a entrar en polémicas, e incluso da su confianza a Maestri, afirmando que "no se debe desconfiar de la palabra de un escalador hasta que no haya pruebas que demuestren lo contrario; hasta dónde vamos a llegar si se empieza a dudar de todo".

 
Los de Lecco, con la satisfacción de la cumbre (el Fitz Roy, detrás) conseguida 

Sólo pasan dos años hasta que Ferrari, a quien en Italia todo el mundo llama ya "el Patagónico" vuelva a "sus montañas" a resolver otro problema alpinístico aún más complicado: el pilar Este del Fitz Roy, una línea magnifica que sostiene el peso de la montaña a lo largo de 1.500 metros hasta la misma cumbre. Entre el 73 y el 74 una expedición suiza formada por Kasper, Holdener, Ernst y Scherrer se había quedado a 200 metros de la cumbre. Las "arañas" no pueden perder esa ocasión y, montan una gran expedición, en que incluye instalar un pequeño teleférico para el transporte de materiales. Sin embargo, parte del grupo tiene que retirarse, y solo la determinación de Ferrari evita el abandono.

Determinación que no decae durante los seis días de escalada que realizan él y Meles, especialmente los dos últimos, cuando encuentran los tramos más difíciles. Precisamente cuando superan las dificultades, a 30 metros de la cumbre, Miro pierde pie y cae, estrellándose de cara contra el granito. El mismo lo cuenta: "me detengo sostenido por la cuerda. Siento algo caliente: es sangre en la boca. ¡He perdido tres dientes! Pienso que,. Si descendiera, tal vez al día siguiente no lograra volver a ascender. Llegados a 30 metros de la cima (eran las nueve) apareció un banco de niebla que ciertamente nos habría hecho perder la orientación, y así hemos vivaqueado... El 23 de febrero, con un sol espléndido, Vitorio Meles y luego yo, hemos tocado la cumbre".

Ferrari diría de la escalada al Fitz Roy que fue técnicamente más difícil que la del Cerro Torre, aunque no tan "pavorosa", por el ambiente y la exposición. Estas dos ascensiones fueron las que le harían pasar a la historia del Alpinismo. Sin embargo, no fueron las únicas. Durante los 70 y 80 realizó grandes escaladas en todo el macizo del Fitz Roy y en otras montañas de la zona, entre las que destaca, por la aventura que le rodeó, la del Cerro Murallón. Esta es una montaña de la que casi no se sabía nada, sólo un par de fotos en un volumen de 1949 publicado por el padre De Agostini, que mostraban un imponente paredón solitario, aislado en el glaciar de Upsala. En resumen, amor a primera vista.

Ferrari monta una expedición que parte de Lecco en 1980, aunque su objetivo hace pensar más bien en una aventura del siglo XIX. La montaña o, más bien, el terrible clima de vientos huracanados, rechazaría al italiano en esa ocasión y en otras dos más, hasta que en 1983, Ferrari se mostró más perseverante que nunca (ya que el clima no fue mucho mejor). Cuando, tras 70 días de frustrante espera todo parecía inútil y habían recogido el campamento para emprender el regreso, se abrió una ventana de buen tiempo. Sería una locura, pero iban a volver a intentarlo. Para no perder tiempo, escalaron en estilo alpino toda la pared, excepto 200 metros. El día 31 de febrero hacían cumbre, tras haber remontado los 1.300 metros de la cresta norte.

 
EL Cerro Torre, una leyenda de granito 

Las montañas de su vida:
En 1956, Carlo Mauri enseñó a Ferrari un lugar junto a un lago glaciar, desde donde se veía en todo su esplendor el cordal del Fitz Roy. A Miro se le quedó grabada la imagen en la cabeza, se convirtió en su sueño, en su obsesión. En Italia tenía una vida estable, como propietario de una fábrica de cables, casado y con dos hijos. Pero la imagen del fitz Roy sobre el lago no le dejaba vivir tranquilo. Con el tiempo, la imagen no se hizo sino más nítida, mientras su vida cotidiana le parecía cada vez más vacía. Su mujer le echa en cara: "¿A quien quieres más, a tu familia o a las montañas?". Miro trata de convencerse que a los dos, de que puede convivir con los dos mundos, hasta que un día no puede más, algo se rompe y se pone en marcha. Vende su fábrica y todo lo que tiene. Su mujer pide el divorcio; no va a seguirle en la persecución de un sueño. Que, además, se encuentra a 15.000 kilómetros de su casa y su familia.

Algún amigo le acusará de egoísmo, de no pensar en nada más que en el, de no aceptar que, por mucho que a uno le gusten las montañas, hay que vivir de algo. Pero no hay vuelta atrás. Dejó sus Apeninos por la inmensidad de los Andes patagónicos. Volvió exactamente al lugar de sus sueños y, allí, invirtió todos sus ahorros en una finca de 26.000 hectáreas, con ganado de diversas clases, una casa con capacidad para alojar huéspedes y ventanas mirando al Fitz Roy sobre el lago. Su sueño ya tenía nombre: Estación Punta del Lago, junto al lago Viedma, en una provincia dos veces más grande que la propia Italia, y con una densidad de población de 0,7 habitantes por kilómetro cuadrado. El Chaltén, la población más cercana, estaba a 90 kilómetros.

También construyó un refugio que bautizó con el nombre del ya fallecido Carlo Mauri, al que se mostraría "eternamente agradecido". Allí aceptaba huéspedes durante los meses menos fríos, casi avergonzado de cobrarles la estancia. Nunca regresó. "Con algunos remordimientos pero sin pesares", como él mismo dijo a un periodista del diario La Nación, vio sucederse los terribles inviernos patagónicos, las primaveras y las lluvias de verano, cuidando de ganado y con los ojos y el alma fijos en las montañas de su vida, a las que permaneció fiel por encima de todo lo demás. Este último invierno austral ha acabado con él pero, qué remedio, se paga un precio muy alto por cumplir los sueños. Miles de grandes historias de amor hablan de un final parecido, el único posible. Aunque este, esté escrito en más de mil metros de granito.


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