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ACTUALIDAD | PERFILES | 17 de Septiembre de 2001

Roald Amundsen (1872-1928): En busca de sus sueños árticos

Por Angela Benavides  | 

La fascinación de Roald Amundsen por el mundo ártico despertó cuando apenas contaba 25 años. Catorce años después llegaría a ser el primer hombre en alcanzar el mítico Polo Sur.

 
Roald Amundsen 

Siendo todavía muy joven se empeñaba en dormir con las ventanas abiertas en pleno invierno noruego. Era, decía, para acostumbrar el cuerpo a la dura vida de la exploración polar. Tal era su determinación desde aquella época (1897) en la que todavía ningún ser humano había atravesado la Antártida, un continente tan grande como Australia y Europa juntas. Y él quería ser el primero en conseguirlo.

En 1903 alcanzó fama y reconocimiento como buen marino y explorador de primer orden cuando capitaneó con éxito un barco de pesca a través de el Pasaje Noreste, una peligrosa y traicionera zona plagada de hielo e icebergs situada entre la frontera norte de Canadá y las Islas Canadienses árticas. Tan ardua tarea le llevó 3 años de travesía, tres años en los que él y su tripulación tuvieron que esperar a que parte del hielo que les rodeaba se derritiera lo suficiente para permitirles navegar.

 

Poco después de su llegada supo que el inglés Ernest Shackleton estuvo cerca de conseguir llegar al Polo Sur, y que tuvo que retirarse a menos de 97 millas de su objetivo. Amundsen se puso manos a la obra y estudió todos los detalles de la increíble y agónica expedición del inglés, al mismo tiempo que comenzaba a prepararse él mismo para semejante aventura. Muy exigente y meticuloso, se aseguró que todos y cada uno de los miembros que conformarían su grupo tuvieran unas características especiales tanto físicas como mentales para soportar largos viajes polares. Su tripulación se refería a él como "el jefe", un capitán "firme pero justo".

Para agosto de 1910 Roald ya estaba preparado para llevar a cabo su propio primer intento para llegar al Polo Sur. Su cuidada selección de perros de tiro resultó crucial para el éxito de su expedición, ya que todos ellos procedían de razas acostumbradas desde siglos a los rigores del clima ártico. Se refería a ellos como "los niños", ya que, según el explorador, constituían "lo más importante, la expedición entera depende de ellos". El 18 de octubre la embarcación de Amundsen partía de la Bahía de las Ballenas, en el antártico Banco Helado de Ross, para su "asalto" final al Polo, mientras que Robert Scott, su homólogo británico, había comenzado el viaje tres semanas después, contando con ponies siberianos en lugar de perros.

Ayudado por unas excelentes condiciones climatológicas, el equipo de Amundsen logró superar el punto en el que Shackleton se vería forzado a retirarse aquel 7 de diciembre.

 

Aproximadamente a las 3 p.m. del 14 de diciembre de 1911 Amundsen desplegaba la bandera noruega en el Polo Sur, bautizando el enclave como Polheim (Casa del Polo). Él y su tripulación regresaron a su Campo Base el 25 de enero de 1912: 99 días y 2.993 kilómetros después.

Roald Amundsen continuó activamente en el mundo de la exploración, viviendo otras aventuras polares, entre las que se incluye el vuelo sobre el Polo Norte en dirigible en 1926. El amor de Amundsen por el Ártico era algo de sobra conocido; en 1928, en el transcurso de una entrevista confesaría, en referencia a la clásica pregunta sobre su interés por los Polos: "si usted supiera lo espléndido que es estar allí, comprendería...Es donde quiero morir". Su frase resultaría profética, ya que ese mismo año, mientras sobrevolaba el Ártico en misión de rescate, el avión en que se encontraba se estrelló, hundiéndose en lo más profundo del Océano.


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