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ACTUALIDAD | REPORTAJES | 24 de Enero de 2002

Alan Hinkes: Insensible al desaliento

Por Angela Benavides  | 
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Alan Hinkes debería ser conocido como el británico con más posibilidades de conseguir los catorce ochomiles. Sin embargo, su tendencia a sufrir accidentes estúpidos cada vez que sale de expedición, le han convertido en víctima del implacable cachondeo de la prensa de su país. He aquí la conmovedora historia de Alan el gafe...

 
Hinkes (izquierda) recibe un homenaje de los universitarios 

Ironías de la vida, la orgullosa nación que puso la Union Jack antes que ninguna otra bandera en la Cima del Everest, la tierra de grandes exploradores y míticos alpinistas como Irvine y Mallory, no vive hoy día uno de sus mejores momentos, en lo que se refiere a grandes hazañas en las montañas más altas del planeta. Ningún británico ha conseguido ascender los catorce ochomiles y el más cercano a lograrlo es, precisamente, uno conocido como “el alpinista vivo más desafortunado de la Gran Bretaña”.

Alan Hinkes, que responde a ese apodo al igual que al de ‘Chapatti man’ (por razones que se explicarán más adelante), ha conseguido alcanzar la cumbre de once ochomiles. Sólo le falta el Annapurna,el Kangchenjunga y el Daulaghiri (esa montaña que, según afirma con sorna un periodista escocés, suele confundirse en la prensa generalista con un cóctel de ron y plátano). Hinkes ha obtenido el reconocimiento de diversas instituciones británicas, y recorre las islas dando charlas y proyecciones de sus expediciones, englobadas bajo el título de “Surviving the Death Zone”. Dicho de otra manera, Hinkes es un alpinista de indudables méritos, trabaja como guía de montaña en diversas expediciones, y cuenta con poderosos patrocinadores para su “8000 Challenge”, el proyecto de convertirse en el primer ciudadano británico y ‘catorceochomilista’ al mismo tiempo. El hecho de que los corrosivos analistas deportivos ‘subtitulen’ la proyección de Hinkes como “surviving the Chapatti Zone”, tiene una razón de ser:

 
Alan y su personal estilo para rapelar 

Ocurrió en el transcurso de una expedición al Nanga Parbat, la terrible ‘montaña asesina’ del Karakorum Pakistaní. Hinkes se disponía hincarle el diente a un chapatti (las tortas de trigo a la brasa que sustituyen al pan en muchos países orientales), cuando una ligera brisa levantó la harina que recubre la tortita en cuestión y le hizo estornudar... con tal fuerza, que se produjo a sí mismo una hernia de disco. De los cientos de posibles causas de accidente que pueden darse durante una expedición a un ochomil, Hinkes escogió una de las pocas no catalogadas hasta el momento. Aquello fue demasiado para pasar inadvertido al despiadado humor inglés. Sobre todo, cuando los avezados periodistas investigaron y descubrieron que aquél no había sido el único accidente ‘particular’ sufrido por Alan. Poco antes, en el trekking de Aproximación al Makalu (otro ochomil, este en Nepal) , se escurrió con un montón de hojas que había e el suelo y fue a caer, por desgracia, sobre una caña de bambú rota que le atravesó un muslo.

Desde entonces, las ruedas de prensa de Hinkes han tenido mucho éxito, pero por razones poco amables. Cada vez que se ha informado sobre las desventuras del británico en remotas cordilleras, todos preguntan “Pero ¿cómo fue, cómo fue?”. Si es él en persona quien da explicaciones, probablemente muchos de los presentes experimenten esa sensación tan incómoda, sobre todo para un inglés, que se produce cuando las comisuras de la boca comienzan a temblar, amenazando con estallar en carcajadas, muy poco convenientes, especialmente cuando se enfrenta uno a la desgracia ajena.

 
A sus 47 años, no perdona los tres ochomiles que le faltan 

Claro, que aún más incómodo es asistir al ‘incidente en directo’. Como en otoño de 2000, cuando Hinkes volvió a dañarse la misma vértebra de la espalda durante una sesión de escalada con fines benéficos y nutrida presencia de periodistas... al agacharse para recoger sus zapatos del suelo. Realmente, no debió de quedar muy heroico, aunque el ‘acto’ consiguió una envidiable repercusión en diversos medios de comunicación.

El paciente inglés:
Esa misma primavera hizo un intento al difícil Kangchenjunga. De regreso tras un intento frustrado de ataque a cumbre, rompió al pasar un puente de nieve bajo sus pies y a punto estuvo de desaparecer en una grieta. Desde Inglaterra el accidente, que podría haber despertado en el público sentimientos de horror y alivio al comprobar que Hinkes había salvado su vida por los pelos, la cosa se vio un tanto desdramatizada, casi como algo previsible. Y eso que Hinkes se rompió un brazo y sufrió en sus carnes cada metro del penoso descenso hasta el Campo Base. De hecho, y pese a su fama, tuvo mucha suerte de salir con vida del trance. Es previsible que, en aquellos momentos, le pareciera más absurdo que nunca su antepenúltimo accidente: pocos meses antes, se había roto el dedo pequeño del pie cuando caminaba a medio vestir (se supone que sin pantuflas) por su casa, y aquello le debió amargar una posterior salida a los Alpes, sobre todo teniendo en cuenta que en ese mismo pie ya tenía problemas de tendinitis, causada por una caída en el rocódromo. En su favor hay que decir que el pobre hombre se mostró firme en sus itenciones alpinas y afirmó que su lesión en el dedo era sólo dolorosa, y que él había aprendido, con el paso del tiempo (y los golpes de la vida, como dice la canción) “a soportar con entereza el dolor físico”.


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