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ACTUALIDAD | PERFILES | 07 de Marzo de 2002

Edward Whymper: Grabado en la memoria

Por Angela Benavides  | 
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Producto ejemplar de la Inglaterra victoriana, este artista y aventurero del XIX consiguió su lugar en la historia del Arte gracias a sus magníficos grabados, y en la del Alpinismo por innumerables primeras alpinas, entre ellas la trágica conquista del Cervino en 1865.

 
El artista y montañero Edward Whimper 

Ya ha llovido desde entonces. Whymper representa una época crucial en la historia del alpinismo que transcurrió antes incluso de que este noble deporte se conociera como tal. La historia de su vida es la historia de un entorno particular: el de la Inglaterra victoriana, con sus valores y sus tradiciones, que le da un carácter especial a sus ascensiones y viajes.

En el siglo XXI, en plena vorágine de la escalada deportiva y las expediciones con tecnóloga punta, resulta difícil retrotraerse a la época de Whymper. Por entonces, Hillary y Mallory ni siquiera habían nacido. Los Himalayas eran escenario de guerrillas más que de expediciones, y la vida en los Alpes se concentraba en los valles, huyendo de las inhóspitas cumbres. La conquista del Mont Blanc había sido poco más que el empeño de un loco (si Saussure hubiera sido inglés, se habría dicho “un excéntrico”). Y, sin embargo, ¿No es curioso que el conquistador del Matterhorn (el mítico Cervino entre Italia y Suiza) y el del Chimborazo (el techo de Ecuador) sean la misma persona? ¿Y que esa persona sea un experto... en grabados?

 
El cervino, tal como se ve en un grabado de la época 

Por entonces, la aventura no estaba en conquistar las alturas, sino en llenar los grandes espacios en blanco que salpicaban los mapas, a la mayor gloria de su graciosa majestad, la reina Victoria. Porque en aquellos años del colonialismo, ninguna nación podía hacer sombra al orgulloso Imperio Británico. Era la época de los grandes exploradores del África misteriosa, de Livingstone y Stanley, del asentamiento a sangre y fuego en la India y Asia Central. Los tiempos de la guerra de los Boers en Sudáfrica, y de Crimea en Anatolia. Los tiempos de Ruyard Kipling y los grandes viajeros. En los jóvenes Estados Unidos, la fiebre del oro de 1949 fue seguida por la guerra de Secesión. En Europa, la dura revolución industrial tiene su respuesta en el continente con las revoluciones de 1830 y 1848.

Se trata, en fin, de un periodo fascinante de la Historia, donde grandes y terribles acontecimientos se sucedían uno tras otro. Y, en medio de la vorágine, los ingleses seguían fieles a su té de las cinco, a las charlas de club, a los escándalos sexuales extendidos en voz baja y a su proverbial flema, aunque llevasen en la ropa el olor de la pólvora de Afganistán, o de la sangre de la última batalla contra los Matabeles de la futura Rodhesia.

 
Eso sí, ante todo "God Save the Queen" 

Edward Whymper, en principio, no era un aventurero ni un militar. Nacido y criado en el –más bien tétrico- Londres de la Revolución Industrial, Charles Dickens y Jack el Destripador, él era un artista. Un grabador, hijo de grabador y heredero por tanto del oficio familiar, en el que entró como aprendiz a los catorce años. Sus hábiles manos demostraron desde el principio un talento especial para recrear paisajes en grabados de madera, que luego se imprimían. Por eso, recibió del impresor William Longman el encargo de viajar a Suiza y Francia, para dibujar y grabar diferentes paisajes de los Alpes. Corría el año 1860 y Whymper tenía 20 años. Su trabajo, sin embargo, se convirtió en una revelación. Aunque fuera producto del XIX y de la Gran Bretaña, su obsesión por la montaña no se diferencia mucho de la que demostrarían más tarde George Mallory, Eric Shipton o Reinhold Messner.

Whymper cumplió bien con su tarea: reprodujo edificios y paisajes alpinos. Pero además se empeño en subir, en alcanzar las cumbres que veía. Primero, ascendió el Pelvoux y la Barre des Ecrins (4.103 m.) en los Alpes del Delfinado. Luego se atrevería con las afiladas agujas del macizo del Mont Blanc. Como sus grabados eran un éxito en sus islas natales, recibía encargos continuos que le permitían vivir entre montañas, y dedicarse plenamente a ellas. Estas primeras ascensiones, en aquellos tiempos, más que un triunfo alpinístico constituían una especie de temeridad. Quienes hoy escalan con dos piolets el bello corredor que lleva su nombre y asciende recto y franco hasta la Aiguille Verte, o la pared hasta la Punta Whymper de las Jorasses, se echarían las manos a la cabeza si tuvieran que realizar la ascensión con la ropa y el material de aquellos años. Cada paso suponía un riesgo cierto de caída. Cada espolón de roca ocultaba un misterio. Whymper jugaba a un juego peligroso, y lo sabía, como queda reflejado en sus escritos:
“ Escala si puedes, pero recuerda que el valor y la fuerza no son nada sin prudencia, y que una negligencia momentánea puede destruir la felicidad de toda una vida. No hagas nada con prisas; mira bien cada paso; y, desde el principio, piensa en cuál puede ser el final”.


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