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ACTUALIDAD | PERFILES | 18 de Marzo de 2002

Robert F. Scott: El honor, la derrota y el fin del mundo (I)

Por Angela Benavides  | 
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Robert F. Scott representa como pocos la triste historia, tan humana, de la lucha por el triunfo y de la dignidad en el fracaso: la gloria que Amudsen le negó en la carrera al Polo Sur, llegaría con su muerte. Cuando no se puede ser conquistador, sólo queda ser mártir.

1ª parte: EXPEDICIÓN DEL DISCOVERY: LA LECCIÓN DEL HIELO


La expedición del Discovery le ataría para siempre a la Antártida y daría a conocer su compleja personalidad, que provocó corrientes encontradas: odiado por unos y admirado por otros, el caballero de la armada fue todo un producto de su tiempo.

 
Robert F. Scott 

Rober Falcon Scott, hijo de buena familia, tuvo una infancia feliz en la casa de Outlands, una mansión con jardines, invernaderos, pavos reales y un pequeño arrollo en la parte trasera de la finca. Tuvo unos padres comprensivos y cariñosos, cuatro hermanos con los que jugar. Careció de problemas económicos o profesionales. Era debilucho, soñador, odiaba la sangre y ver sufrir a los animales. Con esos antecedentes, ¿en qué parte de su alma se escondía el Capitán Scott, el almirante del Discovery, el mártir de la helada Antártida que guardó la disciplina hasta sus últimos momentos?

Donde fuera que se ocultase esa fortaleza, salió a relucir en la marina. Robert Scott, a quien todo el mundo llamaba Con, embarcó como oficial de grado medio a los 13 años, y sirvió dos años bajo condiciones muy duras (los oficiales de grado medio eran estudiantes con superiores que les enseñaban y entrenaban, y debían realizar tareas duras y peligrosas para entender en el futuro el punto de vista de los que están abajo en la cadena de mando) que anularon de su personalidad las debilidades del niño y las dudas del adolescente. Con sirvió con entusiasmo en varios barcos y, cuando contaba con 18 años, su tesón e inteligencia impresionaron al geógrafo Sir Clements Markham que, sin Scott saberlo, le designó para comandar una futura expedición a la Antártida.

 
El equipo de los expedicionarios aseguraba congelaciones cada vez que emprendieron travesías en trineo desde el barco 

Entretanto, Con estudiaba, cambiaba de barco, cruzaba los siete mares, y ascendía de graduación. Con 25 años, recibió una sorprendente noticia: su familia se hallaba en la bancarota y que, tanto sus hermanas como su padre de 63 años, habían tenido que ponerse a trabajar y dejar la gran casa familiar. Cuando el padre murió, las dificultades derivaron en la miseria más total. El mismo Robert y su hermano Archie tenían que mantener a toda la familia con sus magras pagas de marinos. Con no podía permitirse ni un día libre, ni un vaso de vino, ni mucho menos conocer a alguna chica. Era pobre como una rata. La muerte súbita de Archie no fue precisamente un consuelo. Con el tiempo se hacía cada vez más reservado y serio. Aún no podía oír la llamada del Polo. Hasta que volvió a encontrarse con Clements, y éste le habló del proyecto de organizar una expedición al continente helado. Scott confesaría que la perspectiva de hielos eternos y exploraciones no le atrajo demasiado, aunque sí la posibilidad de descubrir nuevos horizontes como marino.

Quien sí soñaba, y sin parar , con la Antártida, era Sir clements Markham, que movió cielo y tierra para conseguir financiar una empresa de esa magnitud. Presidente de la Royal Geographic Society, no dudó en unirse a la Royal Society (de caracer más científico y rival secular) para conseguir fondos, además de insistir ante todos sus amigos ricos. Le preocupaba la idea de que otra nación pudiera adelantárseles con una expedición paralela. Al fin, la lucha dio sus frutos y las donaciones, ayudas del gobierno y demás fondos empezaron a llegar en 1899. Las dos grandes sociedades comenzaron a planear la expedición, a estudiar la compra de un barco y a seleccionar al equipo expedicionario. A pesar de la oposición de los científicos de la Royal Society, Robert F. Scott fue designado comandante de la expedición, que partiría en 1901 a bordo de un navío con nombre de leyenda: el Discovery.

La expedición del Discovery: 1901-1904

En abril de 1901 levó anclas el Discovery, una carísima maravilla de la ingeniería naval construido en las mejores maderas (el metal no hubiera aguantado al presión del hielo) y sobrecargado con toneladas de comida selecta y cientos de galones de alcohol, de la que la tripulación daba demasiado buena cuenta cada vez que tocaban puerto. Muchos de los tripulantes que no fueron despedidos en Ciudad de Cabo por borrachos, se dieron de bruces con el matrimonio en cuanto llegaron a Nueva Zelanda, tierra escasa en varones casaderos. El viaje estaba siendo más largo de lo previsto y, cuando al fin entraron en el Círculo Polar Antártico, explorando por primera vez la que el Capitán bautizaría como Tierra del Rey Eduardo VII, se les echaba encima el invierno . Anclaron el Discovery en el hielo y construyeron una base junto a la costa. Scott, que había dejado bien claro que todo el mando recaería sobre él, hasta el punto de haber hecho volver desde Sudáfrica al director científico de la expedición, decidió que harían pequeñas ‘excursiones’ para probar el material, hasta que llegara de nuevo el sol. Eso les dio tiempo a conocerse mejor, y a aprender algunas durísimas lecciones sobre esa tierra helada de la que tan poco sabían. Comprobaron por dura experiencia que manejar un trineo de perros no es fácil, que las distancias en las extensiones heladas engañan, y que una ventisca súbita puede congelar miembros y caras en pocos minutos. Una prueba seria para el variopinto grupo que formaba el equipo expedicionario:

 
Izda. a dcha.: Armitage, Mulock, Shackleton, Wilson, Skelton, Scott, Royds, Koettlitz, Bernacchi y Ferrar a bordo del Discovery 

Albert Armitage, piloto y segundo en el mando. Marino mercante y participante en una expedición anterior al Artico.

Reginald Koettlitz, médico en la expedición en la que había participado Armitage y jefe médico de la del Discovery. Markham lo describe como “un buen hombre, pero demasiado corto de sentido común”

Edward A. Willson, cirujano ayudante. Recién licenciado como médico, amante de los pájaros y las acuarelas, y con una salud tan débil (era tuberculoso) que fue suspendido en los exámenes médicos dos veces, hasta que Scott insistió en que lo aceptasen. Wilson dijo: “sé que esta expedición va a ser mi cura o mi muerte, y he decidido que sea mi cura”. Sería uno de los grandes hallazgos de la expedición, y sus pinturas y reflexiones adquirirían inestimable valor en el futuro.

Los oficiales navales eran Charles Royds (teniente primero), Michael Barne (segundo teniente naval) y Reginald Skelton (ingeniero jefe).

Los científicos eran el biólogo marino Thomas Vere Hodgson (“demasiado joven para ser tan calvo, pero saludable por lo demás”), el geólogo Hartley Ferrar (“Demasiado joven y tirando a vago, pero se espera que se convierta en un hombre a lo largo del viaje”) y el físico Louis Bernacchi (que a pesar de sus 25 años , se había criado en una isla desierta y tenía experiencia en otra expedición antártica, por lo que parecía “haber nacido adulto, como si nunca hubiera sido un niño”).


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