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ACTUALIDAD | REPORTAJES | 16 de Mayo de 2002

Sierra de Béjar: La paradoja de la soledad y las estaciones de esquí

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Terminada la temporada de esquí, el autor repasa los pormenores de una diminuta estación de esquí, polémica en el momento de su creación, y que se ubica precisamente en una de las serranías menos ‘urbanizadas’ del centro peninsular

Foto: Manuel García 
Paisaje en la Covatilla 

Cuando alguien menciona la palabra “Salamanca”, lo primero que de manera común invade nuestras cabezas es la imagen de universidades, catedrales, toros e historia, mucha historia. Si te hablan de montañas nevadas, de parajes vestidos de bosques impenetrables, y de una estación de esquí, es extraño pensar en algún sitio a 60 kilómetros de la vieja villa bañada por el Tormes. Sin embargo, ese lugar existe: le llaman la Sierra de Béjar.

La localidad que da nombre a la Sierra, Béjar, antiguo enclave de la industria textil actualmente decadente, tiene ese aire intemporal característico de una ciudad castellana paradójicamente olvidada por el turismo. Dicho despiste salva, para bien o para mal, y por el momento, a Béjar de ese proceso de “disneylandización” que sufren o gozan, como se quiera ver, tantos fascinantes lugares en todo el planeta que han cambiado la realidad que cultivó las ensoñaciones de los viajeros, por una visita guiada a través de sus encantos embotellados y disecados por la industria turística para su masivo consumo. Nada en Béjar está diseñado; simplemente esta ahí.

Huellas de romanos y reconquistadores en la “antigua”, barrio de herencia judía que contiene casas serranas sostenidas por vigas de madera, habitado, no por artistas varios, sino por familias locales y obreras que le dan ese poso añejo que se respira por sus calles. En esta localidad se rinde un auténtico culto a los bares, que pueblan sus rincones, decorados con partidas de mus y comida de primera, y donde se puede descansar a gusto después de deambular por los parajes poblados de frondosos bosques que la rodean.

Foto: Manuel García 
Vista de Béjar 

De Béjar salgo por la comarcal C-500 con dirección a Barco de Ávila mientras, a mi derecha, me sigue constantemente la imponente imagen de la sierra desde el sur, horizonte que corona el Caviltero, la segunda cumbre más alta de esta sierra con 2400 respetables metros, a la que se accede desde una plataforma de arena y polvo conocida como “El Travieso” en una suave, pero casi seguro solitaria, ascensión de 700 metros a través de un angosto camino guiado por monolitos de piedra dispuestos en forma piramidal, toda una reliquia montañera. Detrás del Caviltero, y reservadas sólo para los ojos del caminante que holle su cima, se encuentran las Lagunas del Trampal, dos oscuros ibones, primos hermanos de los de Gredos, vigilados por la solemne mirada de la Ceja, granítica pared de 2425 Metros, que se yergue con orgullo como la más alta de la Sierra.

Dejando atrás La Hoya y Navacarros, dos minúsculas pero pintorescas poblaciones, cojo el desvío señalizado y pongo rumbo a la estación de esquí de “La Sierra de Bejar-La Covatilla”. Voy por encima de una nueva carretera plagada de curvas y escoltada por un guarda raíles de madera que la dota de un cierto aire bohemio. La carretera, que se construyó sobre el trazado de una antigua pista forestal abierta a pico y pala en 1977 por el Grupo Bejarano de Montaña, asciende vertiginosamente y me eleva sobre la meseta salmantina hasta alcanzar el Llano de la Covatilla un ancho collado plagado de piornos, pastos cervunales y un extraño encanto, que es la antesala de la estación que ya se vislumbra a lo lejos.

Estaciono el coche en un pequeño parking asfaltado de 300 plazas y me encamino hacia una de los dos únicos edificios existentes, un restaurante-cafetería, que aúna una serie de servicios como el alquiler de esquís o la venta de material de montaña, estoy a 2.000m. de altura. La otra construcción es una caseta de hormigón destinada para la escuela de esquí y las oficinas de la estación, que no puede presumir, como su “hermano”, de bailar al son del entorno. En la terraza del restaurante, un agraciado mirador de madera, me espera José White, el director de la estación, junto a el cojo el único telesilla de la estación, un cuatriplaza de 1230 metros de longitud que salva un desnivel de 287 metros.


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