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ACTUALIDAD | REPORTAJES | 27 de Mayo de 2002

Escaladores de película

Por Angela Benavides  | 
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No hay demasiados ejemplos, fuera del genero documental, de cine de montaña, pero algunos contienen escenas memorables... para bien y para mal. Los montañeros deseamos y tememos, al mismo tiempo, ver unidas las palabras cine y montaña.

 
"Grito de Piedra" muestra el conflicto entre los escaladores clásicos y los locos de la dificultad extrema 

No queremos tratar en este artículo el cine de montaña, hecho en la montaña, por montañeros. No vamos a repasar las escenas rayadas y en blanco y negro de los primeros cineastas franceses, ni las epopeyas de Trenker. La historia de la montaña en el celuloide mercería un capítulo aparte, ya que tal vez fue en los primeros tiempos del séptimo arte cuando se registraron imágenes y testimonios más auténticos, y que supusieron el precedente de la imagen épica y de superación que ha inspirado la montaña, aunque luego ésta fuera adulterándose hasta convertirse en una especie de juego con la muerte. Ya desde los años cuarenta se empieza a mostrar la montaña como un lugar bello y terrible donde la gente muere de formas horribles. Sin embargo, una cosa es la tragedia en “Le drame du Mont Cervin”, donde Trenker refleja la narración de E. Whymper, y otra cosa es llegar a situaciones tan patéticas como improbables, cuyo último ejemplo hemos podido ver (y mira que nos advirtieron), en “Limite Vertical”, hace un año.

 
Carteles de "The Mountain", "Siete Años en el Tíbet" y "Cliffhanger" ("Maximo Riesgo") 

Sin embargo, y por mucho que pese, la imagen que gran parte del público tiene de las montañas se parece más a la de ese K-2 iluminado al calor de las llamas de la nitroglicerina, que la de sufridos alpinistas, sucios y despeinados, que ascienden laderas a paso de tortuga. Para fastidio de quien se ha pasado años ‘subiendo cuestas’, las preguntas del resto del mundo van más bien hacia aspectos tan poco tenidos en cuenta por los propios alpinistas como encuentros con el Yeti, muertes masivas bajo avalanchas que arrasan cordilleras enteras y heróicos sacrificios (se supone que, si te caes, debes cortar la cuerda que te une a tu compañero con una navajilla suiza, y dejarte despeñar).

¿Sorprendente? No tanto, si tenemos en cuenta cómo han evolucionado, y a qué, los tratamientos de la montaña en el ‘gran cine’, con el que nos referimos al cine comercial dirigido a un publico masivo y destinado a obtener una gran rentabilidad. Este tipo de películas, en las que la montaña es generalmente una excusa para liberar instintos primarios, presenta a escaladores y alpinistas como unos tipos generalmente antisociales o atormentados por terribles fantasmas del pasado. La conclusión es que los montañeros se echan las manos a la cabeza... pero a los actores les encanta.

 
Clint Eastwood, en una escena de "The Eiger Sanction" 

Les gusta, o al menos eso dicen ellos de cara a la galería. Joseph Fiennes (sí, aquel Shackespeare enamorado de la Palthrow) representa a un escalador un tanto turbio –y tórrido- además de presunto homicida –también es casualidad- en su nuevo thriller “Killing me Softly”. Según comentó a la prensa especializada, recibió un curso de tres meses de escalada en roca para ‘meterse en el papel’, fruto de lo cual descubrió “esa extraña afición, a menudo solitaria, que se debate entre el miedo más atroz y momentos exultantes”. Realmente, sería interesante comprobar dónde exactamente dio su curso de escalada, y cuáles eran los contenidos didácticos, sobre todo teniendo en cuenta que sus profesores (no citados con nombres propios), se apresuraron a asegurar e que Joseph había sido “el mejor alumno que habían tenido en mucho tiempo”.

No tan trascendente, aunque sí, en apariencia, más sincero, fue Brad Pitt hace unos años cuando, recién comenzado el rodaje de “Siete Años en el Tíbet” (aquella película de Jean Jacques Annaud que, realmente, parece durar siete años), comentó que le había fascinado el mundo de la montaña, y que tal vez había descubierto una afición para toda la vida. También se deshizo en halagos hacia Heinrich Harrer, a quien interpreta en el film y con quien se entrevistó para documentarse... semanas antes de que un periódico sacase a la luz la pasada pertenencia del escalador austriaco al partido Nazi. Harrer, autor de la magnífica “La araña Blanca” sobre la ascensión a la Norte del Eiger y de la novela que da nombre a la película, trató de defenderse, pero no le sirvió de mucho. La taquilla sufrió, no se sabe si por el pasado político del protagonista (que mantiene su aspecto angelical tanto como su peinado a pesar de las penalidades) o por su excesivo metraje. Lo cierto es que nadie volvió a hablar de Harrer, y que el amigo Brad jamás ha sido visto en ningún paraje montañoso (para mal de muchas, es de suponer).

La película fue rodada en las Rocosas, simulando el Nanga Parbat y en Argentina, para la parte que transcurre en las altiplanicies del Tíbet y la prohibida Lhasa. Hay que decir que la ambientación está bastante cuidada y las escenas de escalada, al principio, no son demasiado terribles –si olvidamos, por supuesto, la altitud y la morfología del Nanga-, aunque el paisaje se anula a favor de valores épicos y argumentales.

 
El joven Stephen Glowacz, con su "partenaire" en la obra de Werner Herzog 

El Escalador Accidental

Realmente, “Siete años en el Tibet” no es una película de montaña, aunque el protagonista sea un alpinista y la acción transcurra junto al Himalaya. No obstante, no hace falta que el hilo argumental sea el bello (y sufrido) arte del alpinismo para hacer adeptos. Es más, a veces ocurre todo lo contrario: por ejemplo, si el escalador es un héroe de acción, dedicado a pasatiempos mucho más interesantes como desmantelar redes terroristas, seducir bellas señoritas y vencer en buena lid a villanos megalómanos siempre empeñados en la absurda tarea de conquistar el mundo, aquello de escalar empieza a sonar como algo bastante atractivo para muchos legos. Un ejemplo palpable fue “Misión Imposible 2”. Al principio de la película, en una escena totalmente accesoria, Tom Cruise luce bíceps y hace publicidad de una conocida marca de gafas en la roca caliente de Utah. Olvidemos su inmodestia al declarar a los cuatro vientos que no usó especialistas para rodar esas vertiginosas escenas (suponemos que el arnés y el ‘top rope’ que los verdaderos especialistas se encargaron de ‘borrar’ informáticamente de la copia final no cuentan, ni tampoco la distancia real que separaba al aguerrido muchachote del suelo). Lo significativo fue que, tras el estreno de la ‘espectacular secuela de un remake’-pero, eso sí, entretenida-, las escuelas de escalada y los rocódromos de Estados Unidos vieron aumentar su clientela de forma espectacular.

Los avispados dueños de gimnasios, plafones y empresas de aventura aprendieron entonces la lección y ahora planean hacer su agosto en mayo con la llegada a las pantallas del mejor escalador de la historia del cine: Spiderman. En diversas escuelas se ven slogans del tipo, “Tú también puedes ser como Spiderman” “Subirás por las paredes con la facilidad de una araña” y memeces por el estilo. En fin, la cosa es que la gente, al menos, pague la cuota de ingreso. Ya habrá tiempo luego para descubrir que ascender rascacielos recubiertos de cristales no es tan sencillo, que ninguna marca ha sacado aun al mercado dispositivos lanza-redes-pegajosas-aprobados-por-la-UIAA y que, definitivamente, no se fabrican mallas de escalada con capucha (y que, además, ya no se llevan nada). Al menos, es posible que alguno de los chavales admirados por el héroe Marvel, capaz de recorrer Nueva York sin tocar el suelo ni pagar un taxi (a pesar de la súbita desaparición de las torres Gemelas del tráiler), se lo tome en serio y se aficione. Tal vez Dave Graham empezara así.


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