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ACTUALIDAD | NOTICIAS | 10 de Junio de 2002

El K-2 pasa por el Broad Peak

Por Arancha Vega Rubio  | 

El Chogori, la segunda montaña más alta del mundo, ha visto reducido casi a la mitad el número de expediciones extranjeras que la eligen como escenario en el que llevar a cabo sus ascensiones.

Nuestro enviado especial, Óscar Gogorza.Óscar Gogorza
Enviado especial de barrabes.com
Karakorum

 
Iñaki Otxoa, líder de la expedición de Himalayan Guides al Chogori, durante la expedición del 2000 al Everest. 

El tiempo no pasa en Skardu, dicen los que ya han estado. La aldea pakistaní es la antesala del Karakorum, un auténtico oasis al pie de las montañas y regado por el Indo. Un lugar que sigue ajeno al trasiego de las expediciones occidentales que por aquí paran aunque parte de sus habitantes se beneficien de su paso “Este año sólo hay 18 expediciones, lo normal es que haya 30. Es culpa de la mala propaganda generada por el conflicto con India”, cuenta el encargado del libro de registro del aeropuerto de Skardu. Su vista señala la pista de aterrizaje, los cinco cazas plantados en una esquina: una imagen inusual, pese a que apenas medio kilómetro más lejos se encuentra la base aérea militar de Skardu.

Imposible tomar fotos o siquiera pensar en ello. Los militares vigilan de cerca el tránsito de los pasajeros al autobús que conduce a la modesta terminal. “No va a pasar nada. Esto esta tan tranquilo como siempre, pero los americanos y los europeos a veces se asustan con estas cosas”, sonríe Salman, un guía local. En efecto, las agencias pakistaníes han registrado estas últimas semanas numerosas cancelaciones de expediciones, pero sobre todo de grupos de senderistas. El trekking vende menos en tiempos de guerra. Pese a todo, el lema impreso a las puertas de la base aérea hace desear que nada ocurra, que el tiempo siga suspendido en Skardu: “Si no regresamos de este vuelo, decirles que morimos hoy para que tuvieran un mañana”.

Los habitantes de Skardu, chiítas en su mayoría, siguen aferrados a sus tradiciones religiosas. De hecho, es una ciudad sin color, donde sólo los hombres se pasean arriba y abajo por sus calles. No hay rastro de mujer alguna, un shock para la retina desacostumbrada. Están todas en sus casas, al abrigo de miradas que sus maridos podrían juzgar hostiles. “No salen porque tienen mucho que hacer en casa”, resume Salman, aunque admite que las mentalidades del lugar empiezan a ensancharse tímidamente. Demasiado tímidamente.

 
Una de las muchas torres que existen junto a Skardu y que apercibimos ayer realizando una marcha. 

El vuelo nos ha evitado 30 horas insoportables de autobús y nos ha conducido directamente al muy apropiado motel K-2, regentado por Ashraf, el primer pakistaní (Hunza) que pisó el K 2. Su establecimiento, colgado sobre el Indo, es un lujo para el lugar. Ashraf pisó la cima del K-2 en 1977, trabajando para la expedición japonesa que firmó la segunda ascensión al gigante del Karakorum, 23 años después de su conquista a manos de los italianos Lacedelli y Compagnoni. El gesto le mereció un lugar en el parlamento de su país, pero Ashraf se muestra mucho mas orgulloso de su diploma de ingeniero: “He tenido la suerte de poder dedicar la mitad de mi vida a trabajar y la otra a mi pasión”.

En el motel K-2, se evita hablar demasiado de la mítica montaña, tan omnipresente es su presencia. Las paredes del lugar conservan fotos, firmas y observaciones de todos los que por aquí pasaron camino del K-2, pero también de sus vecinos GI, G-II, Broad Peak y de las torres del Trango. Lo que sí parece claro es que al menos la mitad de las expediciones citadas con el K-2 tratarán primero de pisar la cima del Broad Peak. Carlos Soria, Jorge Palacios y Carlos Suárez caminan ya hacia el Broad Peak, donde ya se encuentra el grupo de Oscar Cadiach. La expedición de Himalayan Guides decidió ayer hacer lo mismo, aunque sólo instalará un campo base en el K-2 para trasladarse, una vez aclimatados, al Broad Peak y tratar de escalarlo en estilo alpino. Iñaki Otxoa de Olza, Christine Boskoff y Henry Todd ya han escalado este último, pero el navarro no tiene ningún problema en repetir: “En 1997, Carlos Pauner y yo nos quedamos en la antecima, apenas 10 metros de desnivel por debajo de la principal. Llegamos a ese punto sólo seis días después de montar el campo base y ya no lo intentamos más. Puede ser interesante echar mano del Broad si el mal tiempo cubre el K 2. Habrá que ir viendo cómo se presenta junio”.

De momento, el campo base tiene, según los guías locales, bastante nieve acumulada: una mala noticia para Jordi Corominas, Jordi Tosas y Mikel Zabalza, que tendrán que medirse con las cargadas laderas de la complicada ruta que abrieron los polacos Kukuzcka y Pietrowski en 1986. Junto a estos tres, el campo base conoce la visita de una expedición japonesa y de otra tibetana. Kondo Kazuyosi, de 60 años, lidera el grupo japonés que atacará el K-2 desde el espolón de los Abruzos. Kazuyosi ha escalado cinco ochomiles, todos después de cumplir 50 años. “Estoy muy orgulloso de poder escalar a mi edad. Salvo el Everest, los he escalado todos sin oxígeno, pero para el K-2 lo pienso usar”, asegura Kazuyosi, quien preparará su ataque al K-2 en el G-II. El grupo tibetano es “muy fuerte” según Iñaki Otxoa de Olza, y tiene un acuerdo de cooperación con Himalayan Guides: oxígeno a cambio de compartir las cuerdas fijas. Una excelente noticia para nosotros.

8-6-2002
FUEGO EN LAS CALLES DE ISLAMABAD

Hay fuego en las calles de Islamabad, la capital de Pakistán. Pero esto no tiene nada que ver con la guerra que viene insinuándose estas últimas semanas desde la siempre caliente Cachemira. Peta Watts, Iñaki y el sherpa Padawa sobre el oasis de Skardu

Las calles de Islamabad se fríen: 45 grados ayer al mediodía, record que hoy mismo puede ser superado. El agua de las piscinas descubiertas de los hoteles apenas refresca y recuerda más a un baño turco que a una zambullida de placer.
Los turistas siguen siéndolo en Pakistán, aunque se les aconseje no excederse en sus visitas turísticas y tengan que someterse al detector de metales a la entrada de los mejores hoteles. Sólo este tipo de detalles remite a los escarceos prebélicos entre indios y pakistaníes. Las pistas del Aeropuerto Nacional de Islamabad están protegidas por nichos de ametralladoras y adornadas por algún que otro caza, aunque no se aprecia la tensión que precede a las guerras.

No, a pie de avión, la única agresividad palpable procede del cielo, de un calor sofocante que le hace a uno sentirse como si tuviese la turbina del aparato encendida junto a la cabeza. "Las cosas se han relajado mucho estos últimos días", señala Naikman Karim, de la agencia Adventure Tours.

Carlos Soria ha sido el primer damnificado por la proverbial serenidad local. El veterano escalador madrileño (63 anos) se ha pasado los últimos cinco días reclamando un par de bidones con todo su material de altura perdidos en algún lugar entre Kathmandu e Islamabad. Ayer mismo, renunció a sus pertenencias y encargó un equipo nuevo a Luis Fraga, quien también se ha citado este año con el K-2 aunque todavía sigue en Madrid. "Los bidones aparecerán en cuanto me marche", profetizó Soria. Los bidones aparecieron, efectivamente, por la mañana, justo cuando Soria alcanzaba la aldea de Skardu.

Nuestro grupo vuela mañana hacia esa aldea, a 2.800 metros sobre el nivel del mar: un breve viaje que nos ahorrará un largo y peligroso viaje por carretera y que nos extraerá del horno de la capital. Entre el 15 y el 18 de junio, todas las expediciones alcanzarán el campo base del K-2. "Es un paso más para cumplir el reto de los tres grandes que ninguna mujer ha alcanzado: Everest, Kangchenjunga y K-2", se ríe la catalana Araceli Segarra, más serena y menos presionada que nunca, según admite. No va ser la única mujer al pie del coloso del Karakorum. Con nuestra expedición de Himalayan Guides, para la que trabaja Inaki Otxoa de Olza, viajan la estadounidense Christine Boskoff y la inglesa Peta Watts. La primera es la escaladora viva con más ochomiles en su currículo (seis) mientras que la segunda, socia de Henry Todd, escaló hace un año el Lhotse. No vive ya ninguna de las cinco mujeres que escalaron el K 2: Lilianne Barrard, Julie Tullis y Alison Heargraves desaparecieron durante el descenso. El destino se cruzó en otro lugar en el caso de Chantal Maudit y de Wanda Rutkiewicz, respectivamente fallecidas en el Dhaulagiri y en el Kangchenjunga.

Oscar Gogorza.


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