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ACTUALIDAD | ENTREVISTAS | 20 de Junio de 2002

Mikel Álvarez: Una historia de siete cumbres

Por Angela Benavides  | 
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Este bilbaíno afincado en Navarra consiguió recientemente ascender las Siete Cumbres. Sin embargo, hablando con el , descubrimos una trayectoria vital muy diferente de la del alpinista al uso, y un punto de vista diferente sobre las montañas y los montañeros.

 
Mikel Álvarez 

Siete cumbres, siete viajes, siete rincones del planeta... parece el sueño de toda una vida.
Bueno, no diría yo tanto, sobre todo teniendo en cuenta que llevo haciendo montaña en serio apenas cinco años.

¿Cómo?
Lo que oyes.

Hombre, algo en Pirineos o Alpes habrías hecho...
Pues no. Ten en cuenta que llevo trabajando toda la vida, sin vacaciones ni fines de semana. Durante los meses fríos, tengo un puesto de castañas en el centro de Pamplona y, durante el verano, voy recorriendo pueblos y ciudades en fiestas para promocionar productos del País Vasco. Como comprenderás, ese trabajo no deja tiempo para salir a la montaña muy a menudo. Además, tengo tres hijos que, para quien me lo pregunta, siempre digo que han sido las tres "cumbres" más importantes que he conseguido.

Es comprensible pero, entonces, ¿Cómo es que en tan poco tiempo has conseguido las siete cumbres? ¿Es que tu primera ascensión fue a una de ellas?
Pues prácticamente sí. Cuando cumplí cuarenta años, con el régimen de trabajo algo más estabilizado, decidí que quería, de una vez, hacer algo para mí mismo. Y entonces, por casualidad, salió la idea de unirme a una expedición al Aconcagua. Y me apunté.

Sin experiencia en altura ni en terreno glaciar.
Nunca había pasado de los tres mil metros de altura. Experiencia en montaña, bueno, recuerdo que cuando era crío mi padre me llevaba al monte, no muy lejos de Bilbao. Lo que ocurre es que por mi trabajo estoy acostumbrado al ejercicio físico, y también a pasar un poco de frío, así que decidí probar, a ver que pasaba.

¿Y qué pasó?
Pasó que llegué a la cumbre, aunque bastante fastidiado, te advierto. El periodo de aclimatación fue demasiado rápido para mí, y cada vez que subía me ponía fatal. En cambio, en cuanto perdía un poco de altura, me recuperaba con mayor rapidez que mis compañeros. Por eso me decidí a intentar la cumbre, a pesar de que durante la subida vomité y me quedé más débil aún de lo que ya estaba. Pero llegué arriba.

 
Mikel Álvarez durante el ascenso al Monte Vinson 

¿Fue allí arriba donde decidiste emprender el proyecto de las siete cumbres?
No, fue más bien a la vuelta. Leí un par de libros sobre el tema y pensé que, ya que tenia una de las siete, sería bonito intentarlo. Era aquello que quería hacer por mí y para mí. En principio era solo una idea difusa, pero ese mismo mes de mayo subí con un par de amiguetes al Mont Blanc, y vi que no tenía ningún problema, que iba fuerte y seguro, y que aquello me resultaba bastante factible. Así que, con esa inyección de moral, me lo tomé en serio y me lancé a por ello.

Entonces, ¿cuál fue la segunda de las siete?
El Elbrus. Me fui solo con un guía ruso, y con un chico de Irún que se apuntó a ultima hora. Lo que me sorprendió fue, además del tremendo desnivel que tuvimos que superar (el refugio acababa de quemarse), el frío. Allí no vas con mono de plumas como en el Himalaya, pero la temperatura no es mucho más suave que en los ochomiles.

Preparación para la tercera Cumbre, supongo.
No, preparación para el Cho-Oyu. Decidí que tenia que probar un ochomil, y escogí el Cho Oyu. Por entonces yo hacía algo de footing y daba paseos con la mujer por el Pirineo navarro, pero pensé que estaba preparado para una gran montaña.

¿Y no te parece algo inconsciente?
Ahora sí, lo aprendí por experiencia. No es que me fallaran las fuerzas, pero aquello del cho-Oyu fe amargo para mí, descubrí la cara oscura de la montaña... Y de los montañeros.

¿Qué ocurrió?
Bueno, varias cosas. Pero sobre todo, ocurrió que se perdió un miembro de la expedición durante el asalto a cumbre. El guía dijo que estaba muerto, sin duda, pero dos días más tarde vimos al supuesto cadáver que llegaba por sus propios medios al Campo Base. Eso sí, perdió nueve dedos. Lo que no sé es como no perdió también la vida. Es algo de lo que, sinceramente, prefiero no dar más detalles.

¿Y tú?
Yo decidí darme la vuelta a 7.900 metros. No fue por falta de fuerzas, realmente, fue más bien por un mal presentimiento, algo difícil de explicar, pero que supongo que tenía mucho que ver con una expedición destinada a salir mal desde el principio. Regresé al vivac a 7.500, donde pasé mucho frío, por cierto, y luego bajé hasta el Base.

 
Pese a su limitada experiencia, el alpinista cuenta con las Siete Cumbres y un intento al Cho Oyu 

¿Aquella mala experiencia influyó en tu trayectoria en la montaña?
Bueno, aquello, de momento, me convenció de que a un ochomil no se puede ir sin un entrenamiento serio, y también de que en grandes alturas, a veces, la solidaridad brilla por su ausencia. Pero tampoco quería que aquello me apartase de la montaña así que, aprovechando el esfuerzo, me fui a subir el Cervino.

¿Solo?
No, qué va, contraté a un guía oficial de Zermatt. Otro que me enseño otro de los aspectos menos heroicos de la montaña. Lo de los guías del Cervino es una historia aparte. Me da la impresión de que el tío pretendía llevarme corriendo a todas partes para, a la mínima muestra de debilidad por mi parte, tuviera la excusa para darse la vuelta (y cobrar lo mismo claro). El resultado es que hice el Cervino en poco mas de tres horas. Esa gente, además, sube corriendo y antes que nadie para que los que van por libre no les sigan.

Bueno, parece que la "mala compañía" te persigue en las montañas...
En fin, no siempre. Tras eso, me fuy a Tanzania, a ascender el Kilimanjaro. Fui con mi mujer, disfruté muchísimo del viaje, la ascensión me pareció un paseo, y me sirvió, digamos, para quitarme el estrés. Era el descenso que necesitaba antes de empezar en serio para prepararme para la montaña más seria de todas.


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