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ACTUALIDAD | PERFILES | 27 de Junio de 2002

Patrick Berhault: “savoir faire”

Por Angela Benavides  | 
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Escalador de octavo grado, aperturista, casi una leyenda del free-climbing, Berhault ha conseguido, sin hacer ruido, algo muy difícil en alpinismo: la admiración unánime de sus colegas, y una travesía alpina sin precedentes por su pureza.

 
Patrick Berhault 

No tenía que demostrar nada recorriendo los Alpes, sin usar medios motorizados y pasando por las grandes paredes más importantes, desde Eslovenia hasta su Francia Natal. No tenía que contentar a posesivos patrocinadores ni deseaba ver su nombre impreso en revistas especializadas. No quería filmar un documental que fomentase el consumo de ‘adrenalina’. Según refleja en la película que siguió a su enorme travesía del arco alpino, no parecía desear más que disfrutar de la montaña que amaba, enseñar a su hijo lo que las cumbres de los Alpes significaban para él, y volver a escalar con viejos amigos.

No le hacía falta demostrar nada, por una razón muy sencilla: Patrick Berhault ya era una leyenda. Su nombre está unido al del termino “Free climbing”, esa fiebre que se apoderó en los años setenta de las paredes calizas del Verdón y que desde allí se extendió a todas las escuelas de escalada de Europa. Se trataba de aplicar los criterios de la escalada libre yosemítica, británica y alpina, a las paredes de alta dificultad. El más difícil todavía, pasado a limpio, sin ayuda, sin chapas, sin trampa ni cartón.

Él mismo y Patric Edlinger marcaron la pauta, se convirtieron en héroes de toda una generación de jóvenes escaladores. El rubio Edlinger y el moreno Berhault se convirtieron en la cordada de referencia. Sus aperturas en libre marcaban el baremo de la dificultad, el reto a conseguir. Lo de antes dejó de contar.

 
Patrick fue uno de los abanderados del free climbing de los "70 

Edlinger siguió su línea recta, desplome arriba, y publicó libros, dio conferencias, concedió entrevistas, se hizo muy famoso. Aún sigue en ello. No así el otro Patrick, el joven oscuro y tímido, que un día pareció sentirse encerrado entre los muros del Verdón, y se volvió a mirar a las altivas agujas de los Alpes. Sin decir nada, recogió sus pies de gato, y añadió a su equipo un par de piolets, unos crampones, unas rígidas botas de plástico (sin olvidar tampoco su hipopótamo de peluche que le acompaña a todas partes) y se dirigió con pasos tranquilos hacia los glaciares. De pronto, su nombre atrajo la atención de otro público, el seguidor acérrimo del gran alpinismo. Encadenó aperturas e invernales en los Ecrins y en el Macizo del Mont Blanc. Sació su sed de grandes espacios y naturaleza pura con el hielo y la piedra de las grandes caras norte alpinas. Tras tantos días pasados sobre la roca caliente, dio un vuelco a su actividad especializándose en invernales, como la travesía de todo el macizo del Mont Blanc en invierno por sus caras norte, o varias primeras realizadas durante esta estación.

Pero desde las cimas de los Alpes, vió algo que no le gustó: ruido de estaciones y teleféricos que perturbaban el silencio y el paisaje. Sólo entonces alternó sus escaladas con acciones de reivindicación, rompiendo su voto de discreción y anonimato. Una de sus ideas más sonadas fue la de acampar en pleno centro de París, bajo la sede de la Asociación de estaciones de Esquí, para protestar contra las obras que dañaban el Parque Nacional de la Vanoise. En la misma línea, fue garante de Mountain Wilderness entre 1990 y 1996.

Fue Patrick Gabarrou quien encontró el apodo perfecto para él, y que luego recogería la prensa de montaña: “L’excellence discrète”.

 
Berhault, con Edlinger y Humar durante la travesía transalpina 

Además, optó por la educación responsable, y se hizo Guía de alta montaña, miembro del GHM (Grupo de alta montaña) francés y profesor del ENSA (Escuela nacional de esquí y alpinismo). Además, era la manera más coherente con sus principios de ganarse la vida (y que mantiene en la actualidad).

Así fue pasando el tiempo. Las actividades más destacadas de Patrick eran recogidas por medios especializados, pero por lo demás la vida seguía su curso. Pasaban los años y de pronto, en octubre del año 2000, hizo público un proyecto que sorprendió a propios y extraños, e incluso despertó el escepticismo de unos cuantos.

23 de octubre de 2000: Patrick Berhault, príncipe de las hazañas invernales, de 44 años, pretendía recorrer, en una única etapa- y sin medios mecánicos - los 1200 kilómetros (en línea recta) del arco Alpino, pasando por la cumbre de 22 cumbres míticas, a las que ascendería por las vías históricas del alpinismo.


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