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ACTUALIDAD | REPORTAJES | 01 de Julio de 2002

Donde los límites normales no cuentan

Por José Ramón Callén Rodríguez  | 
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El apelativo mágico: “Finisher”. La idea de todo competidor: “Terminar. Cueste lo que cueste”. Las distancias: 3.800 metros nadando, 180 kilómetros en bici y la maratón (42,195 kilómetros) corriendo. Un objetivo común: “Llegar a la meta”. El sueño de cada triatleta: “Ser un Ironman”.

 

25 de mayo del 2002. Playa de Puerto del Carmen, en la isla de Lanzarote. Amanece. Aguas calmadas. Cielo tapado. Temperatura agradable. Faltan pocos minutos para las siete de la mañana y sin embargo para ochocientos triatletas (masculinos y femeninos), hace horas que comenzó el día. Pero no un día cualquiera, no. Un día en el que afrontan el gran reto. En el que tendrán que ponerse a prueba. Les espera la competición de un día, más dura del Mundo. Y lo saben. Es el Ironman. Por eso, entre toda aquella multitud, acompañada como en una peregrinación hacia la playa por gran cantidad de personas queridas y de espectadores, no se oye sino el murmullo del mar, que parece estar llamando a los triatletas para ofrecer sus aguas saladas y azules a todos aquellos que se atrevan a surcar los 3.800 metros a nado.

Concentración. Así se resume lo que pasa por todas aquellas cabezas, tapadas por los gorros de látex, donde se puede ver pintado el dorsal de cada triatleta. Concentración para saber sacar lo mejor de uno mismo durante las horas siguientes. Durante horas que han sido meticulosamente planificadas y previstas durante todos los meses anteriores. Entrenamiento tras entrenamiento, cada uno de los que comenzarán la prueba, han estado “probándose a si mismos”. Probando su espíritu de superación, de convicción en sus ideas. Probando su capacidad para conseguir un objetivo que sólo parece reservado a unos pocos. Probándose diariamente. Probándose para ver acercarse esta fecha mientras vas descontando días en el calendario. Todos saben el largo camino hasta el Ironman. Ahora necesitan toda su concentración para convertir ese largo camino, en un recorrido que les llevará a la soñada línea de meta.

Pero para eso falta mucho. Por el momento, mientras se acercan a la playa con sus trajes de neopreno, que visten debido a la baja temperatura del agua, han de centrarse en buscar en su interior lo mejor de sí mismos. Sólo así se puede superar “el gran triatlón”. Y es que saben que nadie les va a ayudar a nadar, pedalear o correr. En cada brazada, en cada pedalada y en cada zancada, su esfuerzo ha de venir de dentro. En “la isla del fuego”, eres tú contra ti mismo.

 

El “speaker” va descontando los pocos segundos que quedan hasta que la bocina suene y rompa el silencio que hasta ese momento se escuchaba. Silencio tan sólo tapado en los últimos instantes, por los aplausos y los gritos de ánimo de todos los que han acudido a ver la prueba. ¡Y ahí está!. La señal que pone en movimiento al casi millar de triatletas. El último pensamiento antes de comenzar se une con el primero después de que el mar te engulla. Piensas el motivo por el que te encuentras aquí. La razón que moverá tus brazos y tus piernas. Tu fin. La respuesta es sencilla, pero aplastante. Estás en Lanzarote para ser un “finisher”.

Poco a poco te quieres hacer amigo del mar. Primero notas la baja temperatura de sus aguas, para preocuparte a continuación de buscar tu lugar en todo aquel cúmulo de brazadas que suponen ochocientos triatletas nadando al mismo tiempo. Sabes lo que te espera. Has de ser consciente cada metro de que tu paciencia ha de ser más grande que tus ganas por terminar. De ello depende cruzar la línea de meta. Un ritmo demasiado exigente, puede suponer horas después, un final no deseado. Has de saber controlarte en cada momento. Has de ser frío y calculador, y al mismo tiempo, has de mantener viva la llama que te mueve hacia tu sueño.

Desde que pones tu crono en marcha han pasado unos pocos minutos, pero ya te sientes parte del Océano Atlántico. Oyes tus brazadas, el sonido del agua y el resto de competidores a tu alrededor. Pero lo que más escuchas son tus pensamientos. Pensamientos que revisan tu cuerpo en busca de buenas sensaciones. Quieres tener buenas sensaciones para convencerte de que puedes lograrlo. Te quieres sentir bien. Lo necesitas. Tus músculos ya están calientes y tu respiración se acompasa con tus movimientos. Tratas de alargar cada brazada en el agua, de aprovechar cada gota que contacta con tus manos. Mientras, te vas acercando al final de la primera de las dos vueltas que debes dar al circuito a nado. Y entre una y otra, sales unos metros a la playa para girar en el punto de vuelta y volver a entrar. Y allí tienes a la gran masa de gente, gritando y animando como posesos. Pero de entre todo el gentío, sólo buscas oír la voz de aquella persona que quieres, que te acompaña, para girarte y verla cómo te anima, cómo te da fuerzas con un gesto, con una sonrisa. Esos pequeños, pero grandes detalles, te ayudan. ¡Vaya si te ayudan!.

Vuelves al agua para completar la segunda parte del recorrido a nado. Parece como si hubieses nadado en ese mismo lugar toda tu vida. Ya nada te es extraño. Y no dejas de pensar y pensar. ¡Estás en el Ironman!. Te sientes privilegiado. Y mientras te dispones mentalmente a abordar los 180 kilómetros en bici, el mar, nostálgico, se va despidiendo de cada triatleta que abandona sus aguas. Hasta dentro de un año, esa playa de Lanzarote, no acogerá otro Ironman. Será larga la espera.

Subes hacia los boxes mientras te desprendes parcialmente del traje de neopreno. Las pulsaciones se aceleran y ya tienes la mente en el siguiente segmento. Pero antes, cambias tu vestuario mientras los voluntarios de la prueba, te embadurnan de crema solar protectora. Entre todo el tumulto, tratas de buscar calma interior, para no dejarte ni un detalle. Dejas tu traje de neopreno, tus gafas acuáticas y tu gorro, y sales dispuesto a recoger tu bici. Mientras, buscas con la mirada esa silueta mágica de la persona que está allí por ti. Cuando la encuentras, tratas de acercarte para siquiera contactar con su mano, y si eres afortunado, recibir el calor de un leve beso que te dé energía para lo que te queda. Decidido, subes sobre tu máquina de dos ruedas, esa junto con la que has pasado el mayor número de horas de tus entrenamientos durante los últimos meses. Junto con la que has disfrutado y con la que has sufrido. Pero al fin y al cabo, la bici que se aliará contigo para cubrir 180 kilómetros inolvidables.

 

Al igual que en la natación, buscas enseguida sensaciones agradables que te refuercen, esta vez sobre las dos ruedas. Comienzas a comer y beber. Sabes que si no lo haces correctamente, no tienes nada que hacer. El Ironman exige más que entrenamiento. Exige una forma de vida sana, con una alimentación cuidada, horas de sueño adecuadas y en definitiva, una gran constancia en lo que actualmente se llama “entrenamiento invisible”. Has de buscar el equilibrio. El triatleta lo ha de llevar presente en todo momento. Equilibrio en la prueba y en los entrenamientos para dominar tres especialidades totalmente diferentes, sin descuidar ninguna de ellas, y equilibrio en la vida, en el día a día, para que todo ello conforme lo que algunos llamamos una verdadera “filosofía de vida”. No se puede entender de otra forma todo lo que se puede apreciar los días anteriores a la competición. En la “fiesta de la pasta”, una cena que reúne a los participantes en torno a la gran aportación de Italia a la alimentación, mires donde mires, sólo encuentras brazos, piernas y cuerpos “esculpidos” a base de entrenar. De entrenar y cuidarse. Deportistas con una cultura deportiva grande. Que saben apreciar el esfuerzo propio y el de los demás. Saben realmente qué quiere decir la palabra deporte.

El día previo a la prueba se realiza la facturación de las bicicletas. Momento en el que cada triatleta ha de dejar su máquina en su zona correspondiente de los boxes. Ochocientas bicicletas bien alineadas y ordenadas suponen el mejor escaparate de lo que actualmente es la tecnología y la ciencia al servicio del deporte. Es todo un espectáculo digno de admirar. Bicis que podrían estar incluidas en cualquier película futurista de Hollywood. Ligereza y aerodinámica. Esas son las dos palabras claves de la bici de un triatleta. Mover una máquina demasiado pesada u ofrecer demasiada oposición al viento, puede ser un castigo para las piernas tan grave como para no poder completar el último sector del Ironman. Pero no queda allí el fascinante mundo de la bici en el triatlón. Se ha de comer y beber mucho a lo largo de 180 kilómetros, y para ello, las bicicletas se convierten en “restaurantes móviles”, llenos de barritas energéticas adheridas al cuadro, y con portabidones donde acumular la mayor cantidad de agua o bebida energética posible.

Comer y beber correctamente puede marcar la diferencia entre terminar o no lograr llegar a la meta. Se pueden llegar a perder entre 8.000 y 10.000 calorías, y claro está, hay que ir reponiéndolas para mantener el esfuerzo. Pero no de cualquier manera. El tipo de comida (normalmente barritas energéticas) y el tipo de bebida (agua o agua con electrolitos y carbohidratos), los has de haber probado durante tus entrenamientos previos, para conseguir que el organismo se acostumbre a lo que será su energía durante el día clave. Hasta allí llega la preparación para el Ironman. No hay espacio para la improvisación. Todo controlado. Una vez más, el secreto está en el equilibrio.


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