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ACTUALIDAD | REPORTAJES | 19 de Julio de 2002

Groenlandia: Donde nace el hielo

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La mayor isla del planeta posee un enorme inlandis en su interior, una porción descomunal de hielo de mas de 2.000.000 de km2, restos de las ultimas glaciaciones que llegan a tener mas de 3.000 metros de grosor. Pocos lugares del mundo impresionan tanto como ese gigantesco desierto helado.

Foto: José Mijares 

No se cuando nació en mi la idea de cruzar Groenlandia en esquís, pero si sé que antes de eso me había propuesto escalar algunas montañas "frías". Dos viajes a la cima del Denali me dieron la idea de lo que era arrastrar equipo y comida con esquís, y el cruce de la Laponia sueca de norte a sur ,el pasado marzo, -donde recorrí 450 Km. también con esquís y pulka- terminaron de prepararme para lo que se avecinaba.

Había que buscar compañeros y, de los cuatro que en principio nos habíamos propuesto tal aventura, se fueron descolgando del proyecto dos que, por diferentes motivos, no pudieron estar presentes en Groenlandia: mis queridos amigos Heber Orona y Jaime Viñals, a quienes eché de menos. Así que al final, el escritor y guía de montaña catalán Carles Gel y yo salimos a principios de mayo rumbo a Groenlandia. Atrás quedaban meses de preparativos burocráticos que preceden tales expediciones deportivas, en este caso con ayuda de otros amigos: Sjur Mordre y Tore Stenseng, quienes se encargaron de bregar con el centro polar Danés -los encargados de dar el permiso, después de pagar un seguro en caso de rescate que junto con una radio-baliza son imprescindibles para poner un pie en el hielo-.

Foto: José Mijares 

Sondre-Stromfjord, en la costa del oeste groenlandesa, es una desabrida población con unos bellísimos alrededores y nuestro punto de salida. El 10 de mayo después de que un vehículo 4x4 nos dejara a 500 metros de donde nace el hielo, soltamos amarras y empezamos a subir lentamente una rampas interminables que, solamente cientos de kilómetros más tarde, alcanzarían los 2.500 metros, el techo de nuestra travesía.Durante 10 jornadas no hizo otra cosa que brillar el sol 19 horas al día para dejar a la vista, especialmente al anochecer, un horizonte enorme donde nosotros éramos su único relieve. Los días consistían en caminar desde las nueve de la mañana a las seis de la tarde; al menos, así eran nuestras jornadas al principio, intercaladas con breves paradas para beber, comer y comentar el entorno de una belleza difícil de explicar. Ese horizonte inmenso donde solo luchas contra ti mismo, ningún punto al que acercarse, ninguna idea de si subes, llaneas o bajas ni siquiera de lo que avanzas si no fuera por los instrumentos de navegación y el esperado punto en el mapa que cada noche marcamos para ver donde “estábamos”. Las cocinas afuera rugiendo mientras obtenemos agua y calentamos la comida es casi el único ruido además de nuestros jadeos y el repiqueteo monótono de los brancales que emiten señales agudas a cada paso por el hielo, o las tablas al romper la costra sobre la nieve fresca. Horas interminables donde esperas ansioso que el GPS muestre el kilometraje, nunca menos de 20 Km. por jornada si era posible, forzados por el reloj para llegar al campamento a la hora prevista y descansar.

Foto: José Mijares 

La base Americana DYE 2, a 181 Km. del inicio de la travesía, constituía nuestro punto de no retorno. Se trata de un lugar en desuso, un descomunal mamotreto en mitad de la nada, visible a mas de 30 Km. que inspiraba un miedo infantil a medida que nos acercábamos a cuya única ocupación es mantener una pista de aterrizaje. Como una zanahoria, el DYE 2 sirvió para que nosotros ese día hiciéramos una etapa interminable de mas de 30 Km., y la recompensa fue una sopa caliente en la tienda de la simpática pareja americana. Además, pudimos utilizar una tienda grande de la base en vez de la nuestra, lo cual fue un error, porque en tal frigorífico tuvimos a buen seguro mucho mas frío que en nuestra pequeña guarida. Pero ¡cómo íbamos a rechazar semejante hospitalidad!


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