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ACTUALIDAD | PERFILES | 30 de Julio de 2002

Fritz Wiessner y Dudley Wolfe ¿Crimen o Castigo?

Por Angela Benavides  | 
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El primer intento de ascensión al K2, estuvo a punto de ser un éxito sin precendentes, pero acabó en tragedia. Hubo cuatro muertos, acusaciones cruzadas, investigaciones del FBI... 63 años más tarde, los huesos de la víctima han salido del glaciar para airear la polémica.

 
La expedición de Wiessner instaló nueve campamentos de alturas. 

Efectivamente, el glaciar Godwing Austen se convirtió en la inesperada tumba del multimillonario americano Dudley Wolfe. Nadie imaginó que moriría a 7.500 metros de altura, durante la primera expedición al K2 que tuvo visos de alcanzar la cumbre de la segunda montaña más alta del mundo. De hecho, nadie terminó de entender muy bien qué hacía allí. El excéntrico Wolfe, rico y mujeriego, esquiador de competición, navegante, no tenia sin embargo gran experiencia como montañero. Ni por qué el jefe de la expedición, Fritz Wiessner, uno de los mejores alpinistas del momento, no pudo rescatarle. Unos hablaron de la inconsciencia del primero; otros, de ineptitud del segundo... Entre acusaciones cruzadas, se oyó la palabra ‘asesinato’. Y, en un ambiente de opinión zarandeado por los vientos de guerra, con una víctima norteamericana y un acusado alemán, la noticia cayó como una bomba. Corría el año 1939.

 
Un a cruz en campo base del K2 recuerda al desaparecido Wolfe. 

Julio de 2002. La expedición al K2 liderada por Araceli Segarra, a quien acompañan dos cámaras de National Geographic, encargados de rodar un documental sobre las mujeres y el K2 (resaltando el hecho de que ninguna de las cinco féminas que ha llegado a su cumbre ha vivido mucho tiempo para contarlo, y que la catalana Segarra marcha dispuesta a ignorar la maldición) encuentran par de huesos y unos restos. Algo tristemente común en los ochomiles. Los huesos –un fémur y part de una pelvis- se encuentran junto a un util de cocina (según ellos anterior al 47) un resto de pantalón con una etiqueta de Cambrigde y, finalmente, la prueba irrefutable, a su juicio. Una manopla en la que está escrito el apellido del estadounidense. Los restos son, pues, de Dudley Wolfe, muerto en 1939 a los 44 años.

El mérito de este hecho no es la aparición del cadáver. Sus huesos no resuelven el misterio, que quedó aclarado –se supone- tras cientos de testimonios y preguntas, sesenta años atrás. No hay dudad de que Wolfe nunca hizo cumbre. No fue la primera y única víctima, ya que tres sherpas murieron intentando rescatarle. Pero tras sus tristes huesos congelados hay una curiosa historia, que nos dice mucho de las grandes expediciones de entonces y de ahora, demostrando que los intereses, las exigencias del ego, el hambre de noticias y tragedias, la fina línea que separa la valentía de la inconsciencia, y al loco del héroe, las mismas cosas siguen moviendo hoy, como entonces, a un puñado de inadaptados o de superhombres -según se mire- que se lanzan de cabeza contra la más terrible de las montañas, en mitad de la ventisca. Esta es la historia de Wiessner, el alpinista; Wolfe, el millonario; Pasang Dawa Lama, el monje nepalí y el Chogori, la ‘montaña salvaje’...

 
Fritz Wiessner 

Fritz Wiessner, alemán nacido con el siglo XX, era ya una leyenda antes de irse para siempre a los estados unidos y cambiar su nacionalidad. Había subido todos los cuatromiles de los Alpes, forzado vías de roca y hielo que le hicieron precursor del sexto grado, demostrado a propios y extraños que su técnica era tan depurada, que nada parecía tener dificultad para el. Luego, en Estados Unidos, con cientos de montañas inexploradas, se dedicó a las aperturas. Otros escaladores, simplemente, ni trataban de seguirle. A finales de los años treinta, el final de la crisis y los vientos de guerra propician que los héroes salgan a la luz. Irvine y Mallory han desaparecido en el Everest. Ninguno de los grandes ochomiles, las catorce montañas más altas del mundo, ha sido conquistado.,. Parece que el Everest debería ser de los ingleses. Sin embargo, en la solitaria frontera de China y Cachemira, se alza una pirámide de hielo aún más terrible, aún más dificil. El K2, que los locales llaman Chogori, la segunda montaña más alta del mundo. Varios exploradores han recorrido sus glaciares y la han medido, pero nadie se ha atrevido a emprender su ascensión, hasta el año anterior, en que otros estadounidenses han fracasado. Para Wiessner, lanzarse a la conquista del Chogori es todo lo que podría desear. Wiessner, nacido en Dresde pero residente en los Estados Unidos, que ha escalado todos los cuatromiles de los Alpes y ha abierto infinidad de nuevas vías, siempre evitando los medios artificiales. Pero también es una empresa muy cara Sabe que si alguien es capaz de poner una bandera en la cumbre, es él, pero necesita fondos. Ése es Fritz Wiessner.

 
Instantánea del K2 en 1939. 

Dudley Wolfe es un vividor, un millonario amante de las mujeres y de las regatas a vela. Su única experiencia en la montaña fue más bien como esquiador. Tan alejado del tema, parece sorprendente hasta qué punto le fascina el proyecto del K-2. Hay quien dice que pretendía impresionar a su exmujer. O alimentar su ego. Lo cierto es que insistió, insistió, y al final convenció a Wiessner de que le incluyera en el equipo. Los argumentos pueden resultar muy convincentes si llevan muchos ceros. Wolfe se convirtió en miembro patrocinador de la expedición al K-2, el socio capitalista. Lo cierto es que, experto o no, sí tuvo los redaños suficientes para seguir a Wiessner por encima de los siete mil metros. Los otros tres expedicionarios eran unos jovencitos de poco más de veinte años, inexpertos, que se dieron la vuelta en cuanto comenzaron a sufrir los efectos de la altitud y que lo único que querían era volver a casa, lejos de aquella gran montaña que les aterraba. Wolfe llegó hasta el campo VIII, justo debajo del cuello de botella, donde se dispuso a esperar a Wiessner , que había salido con ganas de cumbre. La teoría por entonces dictaba que había que subir todo lo posible, y luego permanecer en altura muchos días para aclimatarse. -costaría unos años, unos cuantos edemas, muchas congelaciones y un puñado de muertos darse cuenta de que aquella, tal vez, no era la mejor opción-. Ese era Dudley Wolfe.

¿Y el lama? ¿Qué hace un devoto budista en tierra de musulmanes? Pasang Dawa era sherpa, un habitante del valle del Khumbu, nacido y crecido a los pies del Everest y, por tanto, aclimatado desde su nacimiento a la alta montaña. Todas las expediciones de la época, fuera cual fuera el rincón de los himalayas que pretendía recorrer, contrataban porteadores sherpas en Darleejing. Nadie como los pequeños hombres de sonrisa perpetua, piel de cuero y fortaleza inusitada, para acompañar a los montañeros. Pasang Dawa acompañó, efectivamente, a Wiessner hasta la increíble cota, para la época, de 8.473 metros. Eso significa, pasado el Cuello del Botella de la ruta de los abruzos, cuando sólo las lomas finales les separaban de la cumbre. Y es que el Lama no le temía a la altura, a los seracs ni a los aludes. Pero sí a los demonios que pueblan las cumbres y que salen cuando cae la noche...

 
Los restos de Wolfe han aparecido en verano de 2002, cuando ninguna expedición a conseguido hollar la cumbre. 

Wiessner, organizado e integro, consiguió montar una expedición que habría sido envidiable incluso hoy día: nueve campos de altura perfectamente equipados hasta los 8.000 metros, y sin una sola botella de oxígeno. Integrista de la escalada ‘by fair means’, con tal de evitar los medios artificiales, se negó incluso a llevar una radio. Ésa sería su perdición. Los inexpertos mozos que le acompañaron, literalmente, no se atrevieron a permanecer más allá del Campo Base. No soportaron la altitud ni, probablemente, la imponente facha del K2 sobre sus cabezas. Como los de arriba no podían comunicar con ellos, fueron dejando pasar los días, hasta que empezaron a preocuparle. Entre ellos se contagiaron la angustia, y uno de ellos tomó una decisión que más tarde se probaría como una estupidez que costaría las cuatro primeras víctimas de la montaña asesina del Baltoro. Ordenó a los sherpas que desmantelasen los campos de altura, empezando por lo más valioso (los hornillos y los sacos de plumón), para repatriarlo. Había dado por muertos a los que habían seguido hacia arriba.


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