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ACTUALIDAD | PERFILES | 10 de Octubre de 2002

Shackleton y un barco llamado "Resistencia". (II)

Por Angela Benavides  | 
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El nombre de Shackleton estará siempre ligado al de Endurance, y al de la Antártida; su aventura fue tan intensa, que el resto de su vida quedó vacía de sentido. En esta segunda parte se muestra la caída del héroe. O no?

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South Georgia (Georgia del Sur), sobre el mapa. 

Muchos grandes aventureros son capaces de superar todos los obstáculos en sus exploraciones, menos uno: el trauma de regresar a casa, y a la rutina. Ese fue el caso de Shackleton. Traicionado por su salud, se dejó llevar por el alcohol para mitigar dolores y vacíos, y por una última esperanza, cumplida in extremis: volver al hielo de los confines del mundo. Convertido en un héroe para la posteridad, no es muy común que sus admiradores y biógrafos hablen de esta última etapa de su vida; el final debe ser feliz, y por tanto la historia de Ernest Shackleton parece terminar preguntando al encargado de la estación ballenera de South Georgia si, después de más de dos años de penurias, famélico y cubierto de harapos, le reconocía.

Pero también es importante estudiar este –supuesto- reverso de su personalidad, porque es lo que hace del británico un ser humano, con sus contradicciones y sus miedos, con su angustia y vacío una vez que la fuerza de voluntad y el instinto de supervivencia dejan de funcionar como un motor prodigioso, y que, de pronto, tiene que enfrentarse con un enemigo al que no es posible vencer.

 
02.La aventura del endurance ha sido recientemente llevada al cine, en forma de documental. 

Antes de describir los últimos años de Shackleton, conviene dejar algo muy claro: existen muy pocas biografías donde se muestre a alguien tan admirado por quienes trabajan con el. Todo el mundo le llamaba ‘boss’ (jefe), desde la Antártida hasta Rusia o Sudamérica. Y todo el que estuvo bajo su mando o trabajando con el, le defendería hasta el último momento. En los largos meses perdidos en el hielo, no sólo no perdió un solo hombre, sino que jamás perdió la calma ni el buen humor. Por eso ninguno de sus compañeros le olvidó ni le retiró su apoyo. En parte, su firmeza contribuiría a que todos salieran vivos de aquello. Eso, más que la increíble travesía por el océano congelado, hace de él un hombre extraordinario. Y le deja fuera de polémicas y dudas; su forma de encarar la última etapa, no puede verse sino manteniendo esa perspectiva.

La vuelta a casa de Ernest Shackleton, a pesar de la enorme expectación que levantó la increíble aventura del Endurance, no fue tal como él había esperado. Nunca consiguió centrar su vida en la ‘civilización’, sobre todo teniendo en cuenta que desembarcó en una Europa dedicada por completo a destrozarse a sí misma en la Gran Guerra.

 
“Aquí es donde mi vida ha sido realmente mía” 

Muchos de los tripulantes del Endurance cambiaron las travesías expedicionarias por las maniobras de guerra naval. Resultó una amarga ironía que algunos de los supervivientes del invierno antártico volaran en pedazos poco después, víctimas de los torpedos de submarinos alemanes y de los bombardeos. Shacketon también intentó ser enviado a la batalla, pero no consentía someterse al examen médico de rigor. Entonces nadie entendió su manía; sólo el sabía que tenía que guardar a toda costa un secreto: el corazón le estaba fallando.

Rechazado para muchos frentes de guerra, tampoco fue de gran ayuda que finalmente fuera enviado, durante unos meses, a vigilar la propaganda de guerra aliada en Argentina y Chile. Después consiguió entrar en la Northern Exploration Company, y bajo bandera británica cruzó por primera vez el Circulo Polar ártico, rumbo a las Spitzbergen. En la localidad noruega de Tromso, cayó súbitamente enfermo. Mcllroy, que le acompañaba, creyó ver los síntomas de un ataque cardiaco, pero el capitán se negó a ser examinado. Es más, logró ser destinado a la campaña de Rusia; la verdad es que era muy difícil encontrar tropas que pudieran enviar allí, y el estado de salud del Capitán dejó de ser importante para los mandos. Esa fue la primera vez que Shackleton se encontró sobre la banquisa del Ártico, en un trineo, y escribió a su hijo lo feliz que se sentía entre la extraña belleza, que tanto le recordaba al gran Sur, del otro extremo del planeta. Casi nada más llegar se firmó el armisticio que puso fin a la guerra, pero en Rusia aún había que luchar; ahora, contra los bolcheviques. Sin embargo, Shackleton, relegado a las oficinas, tenía poco trabajo. No se sentía demasiado bien, según contaba a su mujer por carta, y hasta el mismo se dio cuenta de que estaba empezando a beber demasiado.

Pronto fue desmovilizado y devuelto a Londres. Allí siguió encontrando una existencia vacía, y problemas económicos que no contribuían precisamente a mejorar su vida. Lo único que hacía era dar conferencias sobre la historia del Endurance, que, tras contarla tantas veces, le aburría lo indecible. Además, obtenía muy poco dinero de las audiencias cada vez menores que encontraba. Cuando puso comentarios a la película muda que había filmado Frank Hurley de la expedición, sentía que debía revivir lo que para todos era una heroicidad, pero que para el supuso el fin de sus sueños antárticos. No quería escribir un libro, pero lo hizo acuciado por las deudas, y cedió todos los derechos a algunos de sus antiguos ‘prestatarios’ en la famosa expedición, que no habían consentido olvidar la deuda. El libro, por cierto, se vendió muy bien y las críticas fueron unánimes, destacando la de Cherry-Garrard, uno de los supervivientes del viaje de Robert Scott, y autor él mismo del famoso “El Peor Viaje del Mundo”. Cherry-garrard insiste en que a Shackleton no se le puede llamar un perdedor (en el fondo, consideraba que Scot sí lo era, enfrentado a Amudsen) debido al coraje y la eficacia con la que consiguió poner a salvo a todos sus hombres. “Creo- decía- que Shacketon es el adecuado para sacarte de situaciones difíciles, llevando todo a cabo sin enervarse ni caer en el pánico”.


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