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ACTUALIDAD | REPORTAJES | 02 de Junio de 2003

El Otro Cincuentenario: la montaña de los nombres

Por Angela Benavides  | 
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La publicidad generada por el aniversario de la primera ascensión al Everest ha ensombrecido el hecho de que, pocos días más tarde, ese mismo 1953, Herman Buhl llegaba, en solitario y con una ascensión épica, a la cima de la que pronto sería conocida, entre otras denominaciones, como ‘la montaña asesina’: el Nanga Parbat.

 
Las palas superiores pueden ser problemáticas con exceso de nieve 

Nanga Parbat... La Diosa Desnuda, en sánscrito, es una montaña que ha recibido muchos otros nombres, y cada nombre es la primera frase de una historia. El 2003 se cumple el cincuenta aniversario de su primera ascensión, un hecho que pasará desapercibido para muchos, ante la avalancha de promoción en información que llega de otra montaña, casualmente, ascendida el mismo año, casualmente (por razones meteorológicas) unas semanas antes y, casualmente, más alta. La más alta de todas. La sombra de los casi nueve mil metros del Everest, y sus casi quinientos aspirantes a verse esta primavera en la cumbre, han ocultado la memoria y la celebración de este otro aniversario de ocho mil metros: la conquista del Nanga Parbat. Y, sin embargo, la casi increíble historia de su ascensión, las leyendas que ha inspirado, incluso su ubicación, hacen de ella una fuente literaria más atractiva que la de cualquier otro ochomil.

 
Remontando la chimenea Hinterstoiser 

Los bautismos del Nanga

Como decía, las circunstancias han llevado a los pequeños hombres a bautizar a esta enorme montaña (parece aún mas grande porque se alza aislada sobre profundos valles) con diferentes nombres. La claridad con que se muestra, inmaculadamente blanca, dando verde a los valles cercanos y caudal al Indo, al Askhore y al Hunza, aunque surja en mitad de un gran desierto, hacen adecuado su nombre sánscrito: la diosa desnuda. Del mismo modo, Diamir, el valle más poblado a sus pies, es también una denominación para el pico, y significa “el Rey de las montañas”.

Pero en los 50, no estaban las cosas para poesías; sobre todo si uno era alemán, y buscaba desesperadamente una manera de olvidar por un momento la derrota y el cargo de conciencia que dejó clavada la II guerra mundial en aquel Reich que había intentado sentar su imperio sobre la sangre y la conquista, para ser luego bombardeado, derrotado y humillado por unas condiciones muy duras. Llegar a la cima de esa mole antes que nadie, sería tal vez el milagro que necesitaban para que el nombre de Alemania no fue, al fin, asociado a la vergüenza. Alemanes habían sido los primeros en explorar las posibilidades de la montaña, alemanes eran quienes intentaban ascenderla cuando estalló la guerra, y alemanes debían ser los que, con todo acabado, llegaran hasta arriba Y así, fue. O mejor dicho, alemanes y austiacos. Pero, para el común de los aficionados a la montaña, o los lectores de prensa sorprendidos con el logro, el Nanga Parbat fue La montaña de los Alemanes.

 
La ruta normal del Nanga, visto desde Fairy Meadows 

Fue conquistada, sí, por un Herman Buhl en Solitario, que sin embargo no viviría mucho para disfrutar de recuerdos de gloria. Poco después moriría en el Chogolisa, después de haber sido protagonista de otra primera mundial a un ochomil: la del Broad Peak, en el Baltoro. Y Buhl fue el primero que consiguió llegar arriba y volver vivo para contarlo, ya que, desde los primeros intentos en el XIX, en vez de banderas en su cima, lo que consiguieron dejar los humanos fue un reguero de cadáveres en sus laderas. El Nanga Parbat fue, en 1.895, el primer ochomil que trató de ser ascendido, con consecuencias desastrosas: en aquella tentativa desapareció el británico A. F. Mummery, considerado el padre del alpinismo moderno. La diosa no perdonaba a quienes profanaban sus dominios. Durante el sigloXX, hubo una serie de muertes extrañas de personas relacionadas con la montaña; también desastres naturales, riadas y avalanchas con un número poco frecuente de víctimas; y un temible porcentaje de fallecimientos entre los que intentaban escalarla. Ninguna montaña ha sido tantas veces descrita y presentada como La Montaña Asesina. Todo lo referente a esa montaña, envuelta en el misterio y aislada en una región inhóspita revestía, sobre todo hasta su conquista, un halo de misterio similar al de la tumba de Tutankamón y la maldición de los faraones. Lo cierto es que el porcentaje de muertes perteneció a esta montaña, el más siniestro de los ochomiles, hasta que fue superado, con los años, por el Annapurna.


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