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ACTUALIDAD | NOTICIAS | 26 de Junio de 2003

Elena de Castro, Oriol Baró y Roger Ximenis casi son sepultados por un alud en Perú

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Por suerte, los tres se recuperan de sus lesiones en España, pero aún les cuesta creer lo que vivieron en el Campo Base del Copá, en la Cordillera Blanca de Perú, cuando literalmente media montaña se les vino encima.

www.uni-pau.fr 
Elena de Castro, escalando en la Roca Regina 

“A ver -explica Elena de Castro- cuando te vas de expedición a una gran montaña, puedes temer que se desencadene un alud en un paso expuesto de la vía, que se rompa un serac, o algo así... Pero no que se te caiga la pared encima cuando estás en el campo Base. Y nosotros que estábamos tan contentos justo debajo, mirando por donde iba la vía que queríamos abrir, repartiéndonos los largos...”

La pared en cuestión era la del Copá, en la Cordillera Blanca peruana. Allí pretendían abrir una nueva vía Oriól Baró, Roger Ximenis y Elena de Castro. Los tres forman parte del equipo nacional de Jóvenes Alpinistas de la FEDME, que desarrollaba en la cordillera andina su actividad final tras dos años formando parte de la promoción del Equipo.

Un desprendimiento barrió literalmente la base de la pared, y los tres expedicionarios se salvaron de milagro, saltando a unas rocas que les permitieron ganar algo de altura. Sin embargo, los tres resultaron heridos, y perdieron absolutamente todo el material, aunque consiguieron descender de la montaña por su propio pie.

www.uni-pau.fr 
El CB del Copá se encuentra en terreno de morrena glaciar 

Ahora, Elena se recupera en Zaragoza. Lleva un collarín en el cuello y reconoce que le esperan unas semanas de inmovilidad, antes de empezar con la recuperación. El accidente le ha obligado a buscar una paciencia “de la que ando más bien escasa –reconoce-“ y renunciar a un viaje a Yosemite que tenía previsto para verano. A cambio, reconoce que ahora puede celebrar dos cumpleaños. La historia de su experiencia la ha relatado en forma de carta dirigida al diario Heraldo de Aragón, la cual reproducimos a continuación íntegramente:

ELENA DE CASTRO | Esto es el final feliz de una historia escalofriante. Estoy rota y magullada por todos los lados, pero soy muy afortunada en poder relatarlo. No sé por qué y no sé ni cómo, son cosas que pasan quizás cada cientos de años, pero por algún motivo y razón, nosotros estábamos allí el día 14 de junio a las 5 de la tarde. Hacía frío y estábamos a punto de meternos en la tienda de campaña para descansar a fin de hacer un ataque a la tapia virgen que hasta ahora es la Sur del Copa en los Andes de Perú. Me sentía muy afortunada de ser los primeros en ascender esta pared por una vía que aparentemente prometía iba a resultar dura y muy interesante.

Pero allí mismo, a las cinco de la tarde mientras los últimos rayos de sol se escondían detrás de algún cerro, escuchamos el estruendo ensordecedor de más de 100 metros de placa de granito que se desprendían de la pared a unos 1.000 metros por encima de nosotros. Mi cuerpo quedó petrificado delante de semejante masa rocosa que volaba directamente hacia mí, arrastrando con ella toneladas de nieve y de hielo que estaban pegados a ella como un adhesivo viejo de una carpeta.

En el primer segundo me abandoné allí a la muerte segura e instantánea que me envolvía con el sonido y el estruendo de la fractura de hielo y roca. Sin embargo, los gritos de Roger detrás de mi diciendo: "¡venga Elena, corre!", me sacaron de mi estupidez temporal y me obligaron a mover mis piernas lo mas rápido que en un momento así se puede correr.

Habíamos plantado la tienda en la base de un espolón rocoso que nos evitaba la caída de hielo, que podría haber venido de los "seracs" que más a la izquierda de nosotros dominaban la ladera. El caso es que este espolón rocoso nos brindó la oportunidad de subir unos 15 metros por encima de donde se hallaba la tienda plantada, antes de que se hiciese demasiado vertical para seguir corriendo. Y allí, en un hueco tras una piedra que no tendría ni la mitad de mi volumen estaban los cuerpos de mis compañeros Roger y Oriol, tendidos y preparados para recibir lo que ni siquiera mi mente podía imaginar. Me coloqué en un salto en plancha entre Roger y la piedra, ya que yo subí la más lenta y sin tiempo a prepararme, cubriéndome la cabeza con los brazos.


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