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ACTUALIDAD | REPORTAJES | 24 de Enero de 2005

Orinoco, un viaje a tierras vírgenes

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Estaba en la consulta del dentista cuando se inició una de las aventuras más apasionantes de mi vida. En una de las revistas que había sobre la mesa de la sala de espera un titular llamó poderosamente mi atención: “Las últimas tierras vírgenes del planeta”. El reportaje hablaba sobre Venezuela, sus selvas, etnias indígenas, su fauna… En ese momento comenzó una larga labor de documentación que un año y medio después me llevaría, junto con mi hermano Andrés Biosca y mi amigo José Luis Álvarez, a navegar el Orinoco desde su nacimiento hasta su desembocadura.

Foto: Cristian Biosca 
El vehículo sería un kayak plegable 



Desde hacía años teníamos la idea de recorrer un río en kayak y el Orinoco estaba cargado de historia además de ofrecer un entorno natural único. A medida que avanzábamos en la labor de documentación crecían los problemas y las trabas, pero cada uno de los obstáculos no hacía sino confirmarnos que nuestro destino aún encerraba la magia de las aventuras clásicas.

Foto: Cristian Biosca 
Los enrevesados meandros triplicaban la distancia 

Llegar hasta el nacimiento del río, que para occidente descubriera Vicente Yánez Pinzón en el año 1500, requeriría del concurso de una pequeña avioneta que debería aterrizar en un claro de la selva en pleno Amazonas venezolano. No sería fácil pero sin duda resultaba emocionante. La única forma de transportar una embarcación en el reducido espacio de la cesnna 206 era llevar un kayak plegable.

Durante 18 meses nos entrenamos para afrontar la durísima prueba física que nos esperaba, contactamos con organismos públicos y privados en Venezuela, adquirimos el equipo, buscamos mapas… Y durante todo ese proceso hicimos buenos amigos, pues si hay algo que destacar del carácter de los venezolanos es su hospitalidad. Desde el primer momento nos sorprendió su disposición a ayudarnos sin esperar nada a cambio, algo que contrastaba con la información que recibíamos sobre peligros, sobornos y corrupción, que parecía ser la única oferta turística del país. Nada más lejos de la realidad. Sería muy fácil y seguramente interesante poder decir que nos enfrentamos a las pirañas y los cocodrilos, a la guerrilla colombiana y a otros peligros, pero el mayor riesgo de todo el viaje fue la presencia de mosquitos y las enfermedades que estos transmiten.

Foto: Cristian Biosca 
El aterrizaje puso los pelos de punta 

Vacunas y botiquín

Es fundamental, antes de un viaje de estas características, visitar el centro de vacunación internacional. El Alto Orinoco, además de sus múltiples atractivos, es una zona de Malaria, fiebre amarilla y parasitismo endémicos. La vacuna contra la fiebre amarilla debe administrarse con un par de meses de antelación al viaje. La quimioprofilaxis contra la malaria se ingiere mediante pastillas una semana antes de llegar al destino, durante el viaje y cuatro semanas después del mismo. Sus efectos secundarios son tantos y de tal magnitud que hay quien prefiere arriesgarse con la malaria, pues además tomarla no es garantía de escapar a la enfermedad. En cualquier caso hay que hacer lo posible por evitar ser picado por los mosquitos llevando repelentes y mosquiteras. En la práctica no hay forma de evitar ser picado por estos insectos. Lo más efectivo sin embargo es llevar el cuerpo lo más cubierto posible, utilizar repelentes continuamente (el más eficaz fue el Relec) y dormir siempre con mosquitera. A pesar de todo ello en sólo dos días a cada uno de nosotros nos había picado una media de 1.500 mosquitos.

Foto: Cristian Biosca 
La hospitalidad era la norma 

Otro elemento indispensable del equipo es un buen botiquín. En los centros de vacunación nos informarán de lo que no debe faltar en el mismo, a lo que deberemos añadir todo aquello que puede hacernos falta dependiendo de nuestros achaques personales. Nada estará de más en el botiquín, pues la anestesia y los puntos quirúrgicos que llevábamos y que en un principio nos parecieron exagerados, fue lo primero que usamos cuando José Luis Álvarez se corto en una pierna con un cuchillo y me vi en la necesidad de darle cuatro puntos sin ninguna experiencia previa.

Yanomamis

Foto: Cristian Biosca 
Fauna diversa 

Después de un aterrizaje que nos puso los pelos de punta en la pintoresca pista de Platanal, una aldea yanomami donde hay una misión, nos vimos rodeados por una treintena de indios que nos miraban entre curiosos y divertidos. El calor nos golpeó con fuerza robándonos las pocas energías que nos quedaban después del largo viaje desde la comodidad de nuestros hogares en España hasta aquel rincón de la selva. Afortunadamente los yanomamis nos ayudaron a transportar nuestros 140 kilos de equipaje hasta el poblado.

La primera noche en la selva nos regaló un cielo despejado que mostraba miles de estrellas y como sonido de fondo los gritos y gorjeos de los animales desde la espesura, además por supuesto de nuestros primeros cientos de picaduras de mosquito. Tres días después, y ya completamente acribillados por los zancudos y los puri-puris, pasaríamos otra noche de fiebre y diarreas no menos interesante.


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