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ACTUALIDAD | NOTICIAS | 27 de Septiembre de 2000

Descubierto en Benasque el cuerpo de un montañero muerto en 1954

Por Arancha Vega Rubio  | 

Unos montañeros de Madrid hallaron hace unos días, en las inmediaciones del Aneto, restos humanos y un carnet de identidad. Al parecer, se trata del cadáver de Joaquín López Valls, montañero muerto en un accidente en la pared norte del Margalida en 1954.

Foto: Antonio Griful 
Antonio Griful en plena búsqueda, descendiendo por la rimaya por la que cayó Joaquín Valls. Agosto 1.954 

Los restos humanos aparecidos hace apenas unos días en el valle de Salenques, una zona cercana al circo de Aigualluts, en Benasque, concuerdan, al parecer, con el cuerpo del alpinista Joaquín Valls, fallecido en la cara Norte del Margalida hace más de 40 años.

El montañero, que contaba 29 años de edad cuando ocurrió el accidente, formaba parte del Grupo Nacional de Alta Montaña y era profesor de la Escuela de Alta Montaña murió cuando la laja de granito a la que estaba sujeto se desprendió, precipitándose en el vacio.

Las labores de rescate, aunque infructuosas, se pusieron en marcha inmediatamente: montañeros de Cataluña y Aragón participaron activamente en la búsqueda del cuerpo del conocido y experto alpinista catalán.

A continuación reproducimos el artículo en que se daba a conocer el trágico suceso y las jornadas de rescate escrito por uno de los montañeros que participaron, hace 40 años, en la búsqueda de Joaquín Valls:

¡JOAQUÍN VALLS HA MUERTO!
Accidente en la pared Norte del Margalida

Una conferencia telefónica desde Senef nos enteró de tal noticia sin que las deficiencias acústicas de la misma dieran lugar a la esperanza de un mal entendido. Por lo poco que se pudo oir se hallaba con Ignacio Miró escalando la pared norte del pico Margalida cuando se desprendió un bloque de piedra de enormes dimensiones , arrastrándolo hacia el helero de dicho pico.

Pronto estuvimos reunidos unos cuantos de los que posteriormente saldríamos en su búsqueda, y pocas veces una noticia de tal índole nos impresionó tanto ni tan profundamente, ayudando a ello la falta de detalles concretos sobre la forma en que ocurrió el accidente.

Foto: Antonio Griful 
Alpinista frente a la pared Norte del Margalida 

Como debía hablarse con Miró a las cinco de la tarde a través de las emisoras de radio de la empresa ENHER, quedamos en encontrarnos todo el grupo de socorro a las cinco y media en el local del Centro equipados y listos para partir. Esto ocurría el jueves día 19 de agosto de 1954.

A la hora fijada nos hallábamos en nuestro local Ferrera, Peire, Andrés Pérez, Clúa, Puigcarbó y Griful, del C.E.C, y miembros todos ellos de la "Germandat de Sant Bernat" , y además Agustín Ventura, Jaime Venfrell y Jose María Balcells, del C.M.B., que como en anteriores ocasiones, nos prestó su total colaboración.

Se había hablado por radio con Miró, quien dio detalles del accidente que ocurrió de la siguiente forma: "El miércoles, con el alba, abandonaron la tienda que habían instalado en el valle de Salenques, dirigiéndose al collado del mismo nombre y flanqueando toda la base de la cresta se situaron al pie del pico Margalida. Se encordaron con doble cuerda de 9 mm, iniciando la escalada por la izquierda de un diedro adosado a la pared norte. Se alternaban como primeros a cada tirada de la cuerda, obligándoles la creciente dificultad de la roca al uso frecuente de clavijas con que aumentar su seguridad.

A unos 130 metros del punto en que iniciaron la escalada se hallaba Miró asegurando a Joaquín López, que se encontraba más arriba que él, separado por unos quince metros de cuerda, pasada por cuatro o cinco clavijas, cuando oyó que su compañero le gritaba: ¡cuidado!.

Foto: Antonio Griful 
Ignacio Miró señalando la rimaya en la que desapareció el montañero 

Seguidamente se desprendió una enorme placa de granito a la que estaba sujeto. Ignacio Miró se apretó contra la pared, sujetando con más fuerza las cuerdas, en espera de una sacudida que no se produjo. Oyó entretanto el estrépito del bloque al deshacerse a sus pies y el clásico olor de azufre que se desprendía. Cuando cesó de caer piedras, llamó repetidamente a su compañero, y como no obtuviera respuesta, fue recuperando con suavidad las cuerdas, llegándole los dos cabos, no rotos, sino perfectamente cortados por el bloque que se desprendió. Repasó los cabos de cuerda, los anudó y, con el máximo de precauciones, inició un angustioso descenso, pudiendo ver en el transcurso del mismo un zapato de su compañero, así como manchas de sangre en la roca.

Escaso como iba de material, tenía que procurar que no se trabaran las cuerdas, lo que era fácil teniendo en cuenta que las había anudado, debiendo abandonarlas por dicho motivo en el último rappel. Cuando llegó al pié de la pared hacía ya un rato que llovía y granizaba, y al no conseguir ver a su compañero ni oir ninguna contestación, llegó a la conclusión que se había caído en la rimaya. Se dirigió a la tienda que tenían instalada, donde pasó la noche solo, bajando al día siguiente a Senté, desde donde llamó a Barcelona, dando la noticia.

Dado el estar en su pleno la temporada de vacaciones, se encontraban fuera la casi totalidad de coches que hubiesen podido trasladarnos a Benasque, y a falta de ellos, utilizando el tren y taxi unos y el resto en motocicleta llegamos la madrugada del viernes. Después de los trámites legales, para los que recibimos toda clase de facilidades, salimos para la Renclusa, siendo el tiempo muy inseguro. Llegamos al refugio del Centro Excursionista de Cataluña alredeor de las dos, empezando una fuerte lluvia con acompañamiento de aparato eléctrico. Poco después se nos unió Miró, que venía de Pont de Suert, decidiendo de común acuerdo el salir hacia el lugar del accidente a primeras horas del día siguiente.

Hacia las cuatro salimos de la Renclusa. El tiempo, bastante bueno al principio, empezó a empeorar a medida que nos acercábamos al pié de la pared, permitiéndonos unicamente una visión total del lugar del accidente con tiempo despejado. Seguidamente la niebla invadió todo el valle y poco después empezó a caer granizo mezclado con nieve y agua. Nos calzamos los crampones y nos encordamos, dirigiéndonos un grupo a la rimaya que quedaba debajo de la línea de caída del cuerpo, lugar al que dedicamos especial atención. Entretanto fue reconocido el pie del glaciar y la base de la pared en una extensión que sobrepasaba en mucho la probable zona de caída.

Foto: Antonio Griful 
Uno de los integrantes del grupo de rescate en el interior de la rimaya 

En el mismo labio de la rimaya en que suponíamos había caído el cuerpo hallamos un pitón que Ignacio Miró identificó como uno de los que utilizaban, y unos metros más abajo, entre piedras de reciente caída, un rastro cuyas características, consultadas posteriormente con el señor médico de Benasque, comprobó la suposición de que el accidente sufrido por nuestro compañero había sido mortal en el acto.

Descendimos dos veces por la rimaya en unas condiciones atmosféricas cada vez peores. Penetramos dentro de la misma unos diez o doce metros , desde donde podíamos asomarnos por un agujero sobre una gran sala circular en cuya base pudimos comprobar, a pesar de la poca luz ambiente, varias angostas aberturas que se perdían más abajo. Además todo ello estaba cubierto por el granizo y nieve que había caído en los tres días transcurridos desde que ocurrió el accidente.

Desalentados por lo infructuoso de nuestros esfuerzos y ante un mayor empeoramiento del tiempo, ya que empezaban a caer rayos a lo largo de las crestas de Salenques y Tempestades, nos reunimos todos en al superficie del glaciar, decidiendo dar por terminada nuestra búsqueda y descender hasta Benasque, no sin rezar, antes de abandonar aquellos lugares, unas oraciones para el eterno descanso del alma de nuestro compañero, plegaria que, mezclada con el continuo fragor de los truenos nos recordaba aquello de que no "no siempre una oración fúnebre tuvo acompañamiento de semejante órgano".

Joaquín López Valls, que contaba 29 años de edad, además de ser miembro activo de nuestro C.A.D.E., formaba parte del Grupo Nacional de Alta Montaña y era profesor de la ENAM, Sección de Cataluña. Sus relevantes dotes le habían permitido realizar importantes escaladas en Montserrat, Picos de Europa y Pirineo, en donde contaba con la segunda ascensión a la pared Norte de la Pique Longue, en el macizo de Vignemale.

Antonio Griful
Agosto 1.954


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