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ACTUALIDAD | NOTICIAS | 09 de Marzo de 2007

Christian Ravier hace de las suyas en el Wadi Rum

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Estuvo en diciembre junto a Arnaud Guillaume en Jordania. Además de varias repeticiones, consiguieron abrir desde abajo, en 4 días, con ingenio y eficacia, una inverosímil vía en un mar de arena que teñía de rojo sus manos, gatos y equipo, leyendo perfectamente las posibilidades del Nassrani, esa pared blanda tan especial. “Les enfants de Don Quichotte”. 640 metros, ED+, 6c, A1. Ravier en estado puro, en esta ocasión en la arena jordana

Foto: Christian Ravier 
Christian y Arnaud, en la cima del Nassrani, tras completar la vía 

Si uno mira las fotos, puede ver como los pies de gato están totalmente teñidos de rojo. Muros de arena, extraplomos de arena, en los que entre los días 4 al 7 de diciembre Christian y Arnaud descubrieron el secreto del laberinto de esa parte del Nassrani, pared del Wadi Rum. Si uno mira el croquis, recuerda a vías antiguas, como la Rabadá-Navarro al FIRE, abiertas no sólo con técnica, sino con gran imaginación, serpenteando en busca tanto de las mínimas debilidades de la pared como de la roca que permita agarrarse sin que todo se venga abajo. En esta ocasión, tuvieron que clavar algo, en la arena, eso sí, y gestionar pasos en artificial, aunque sólo lo estrictamente indispensable.

Así nos describe Christian sus sensaciones durante la apertura de “Les Enfants de Don Quichotte”:

Foto: Chistian Ravier 
La vía serpentea descifrando el camino en la pared 

“Los hijos de Don Quijote

Habíamos regresado temprano. Una bonita vía, la Prech a las Vulcanic Towers, nos había hecho descubrir un rincón que no conocíamos, cerca de Wadi-Bach.

Las paredes occidentales de Rum están iluminadas ahora. Llegamos a la salida sur del pueblo, la que da al desierto. Allí, frente a la muralla de Nassrani, nos quedamos observando un buen rato. Cada vez que los prismáticos cambian de mano, se perfila un nuevo paso.

La zona arenosa sigue siendo problemática, pero quizás nos dejara pasar. Al contrario, la pared negra del principio, tiene menos relieves que los que recordábamos haber visto 3 años atrás.

Me gusta el enigma que supone la apertura de un itinerario. Aquí, ese enigma es enorme. ¿El mar de arena quizás no fuera más que un simple charco?

El primer día, tras ascender rápidamente el zócalo, la gran pared negra (aunque Arnaud la vea roja) nos espera. Gano al juego de la piedra, así que me toca abrir a mí. Cerca de 3 horas de progresión lenta por una roca muy frágil, a la vez que magnífica.

Foto: Christian Ravier 
Superando la arena extraplomada 

Al final, relativamente equipado, resulta un hermoso largo en libre. Arnaud sube, fijamos la cuerda, y bajamos. Desde que estamos en el Rum, las noches son frías…así que ahorraremos los vivacs en pared. Hemos previsto hacer uno, en lo que nos parece una bonita cornisa rocosa…será excelente.

Encontramos nuestra reunión y nuestros juguetes, abandonados el día anterior. Pasamos cerca de “Tea on the Moon”. Por una fisura se filtra aire caliente. Nos aseguramos con anillos de cuerda, la pared se empina. A mitad de tapia, esculturas de gres formando grandes vasos nos permiten salvar una zona lisa. El día transcurre rápidamente, demasiado rápidamente, y llegamos a “la Corona” de noche. El botones del Nassrani Palace enciende la luna para nosotros.

El día siguiente será muy sucio, nuestras manos teñidas de naranja. Estamos en el gran muro blanco, zona incierta hasta el último momento. Sin embargo, las buenas sorpresas se suceden: unos metros lisos nos acercan al cielo, y la pared de arena ya está por debajo nuestro. Relieves demasiado frágiles caen al vacío durante nuestro paso, ahora ya crepuscular, hasta que alcanzamos una cornisa rocosa pequeña. Allí tomamos una barrita, un vaso de agua y tabaco; nada de pasta, no nos sirve ningún botones del hotel. Pero a pesar de todo, nos han dejado encendida la luna.

Arnaud se despierta y gestiona una losa fina que nos coloca debajo de la última gorra. Su visera es agrietada, y una fisura inclinada nos indica la cima…tan solo hay que seguirla, a merced del viento.”

Christian Ravier


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