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ACTUALIDAD | NOTICIAS | 01 de Junio de 2000

Fiebre de cima

Por Arancha Vega Rubio  | 

El argentino Gustavo parece uno de tantos turistas que pululan por Kathmandú. Sólo su delgadez y su bronceado le delatan como un expedicionario, uno de los muchos candidatos a escalar el Everest que este año se ha quedado en aspirante.

Nuestro enviado especial, Óscar Gorgoza 

Óscar Gogorza
Enviado especial de barrabes.com
Campo Base Avanzado Norte del Everest, Tibet

Foto: Jose Luis Arriaga 

Gustavo es todo sonrisas y también el testigo directo de la epopeya sufrida por su compañero de expedición Juan Carlos González, un cántabro afincado en Vitoria que antes de abandonar su casa aseguró que regresaría con la cima en la mochila. No dijo que perdería varios dedos de ambas manos. Tampoco parece importarle en demasía: sonríe sin cesar, incluso mientras algún compañero le corta el filete o le rellena el vaso cenando en un restaurante de la capital nepalí que ayer abandonó camino del hospital de Zaragoza, el centro mejor dotado para tratar las congelaciones. Y sigue riéndose cuando el italiano Sergio Martini (el séptimo hombre que pisa los 14 ochomiles) le estrecha el antebrazo y le recuerda que todavía le quedan 13 ochomiles por hollar. "Tómatelo con calma", le pide. Aseguran que Juan Carlos, de 48 anos y aspecto de lo mas reposado, escondía una determinación obsesiva por observar las vistas desde lo alto del Everest. El día que alcanzó el campo 1 (7.000 m) junto con su compañero Gustavo apenas podía disimular su escepticismo ante las malas perspectivas climatológicas. El argentino hervía de ilusión a su lado. Juan Carlos, en cambio, miraba hacia la cima, esbozaba una mueca y puntuaba su apreciación personal con un lacónico "ya veremos".

Sólo se delató cuando aseguro que él mismo se pagaría los yaks para abandonar el campo base avanzado: su expedición partía tres días después y él pensaba quedarse en la montaña "hasta junio si hacia falta", decisión que no sentó muy bien entre sus acompañantes.

Daba igual, iba hacia arriba con tormenta, viento y un frío horrible. Y subió. Casi 15 horas de caminata enchufado al oxigeno artificial, una debililidad extrema en la cima que por poco le proporciona una caída libre de miles de metros y un caminar exhausto de regreso. "Me quedé dormido sin remedio y al despertarme notaba que se me helaban las manos. Pero no podía hacer nada al respecto", comenta entre bocado y bocado. Pero no deja de sonreir. Se le ve feliz mientras cuenta como buscó el trípode que presidía la cima del Everest, una pieza desaparecida desde hace dos años. Gustavo, que salió en búsqueda de su compañero, le daba por perdido cuando se asomó fuera de la tienda y se lo encontró sentado como un muñeco sobre una roca a menos de 50 metros de su lado.

"Estaba ido", comenta el argentino y tuvo que bajarlo con la ayuda de Mario y Silvio, dos italianos con los que compartía expedición y que tuvieron que sacar de sus bidones el material alpino para asegurar el rescate. La pareja italiana había renunciado dos días antes a la montaña y pretendían marcharse cuando supieron lo ocurrido. Víctima de la llamada "fiebre de cumbre", es decir, de esa ceguera que le impide a uno discernir entre ambición y riesgo, Juan Carlos sabia que transgredía todas las normas de prudencia alpina establecidas durante años. Solo esperaba sobrevivir a su obsesión. Por eso apenas parece prestar atención a sus dedos deformes, ennegrecidos o llenos de ampollas.

No parece ver que en breve habrán desaparecido y que deberá aprender a vivir de una forma diferente. No parece haber arrepentimiento alguno en sus gestos: tiene la cima. A su alrededor no se prodiga la envidia. La mayoría de los alpinistas se aliviaron al saberle vivo y los mismos se preguntaron en voz alta si merece la pena pagar tanto por algo. Todos se habían respondido días antes, en la arista bajo el segundo escalón, en el momento en el que decidieron dar media vuelta y prescindir de sus ambiciones.


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