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ACTUALIDAD | REPORTAJES | 30 de Abril de 2001

La primera ascensión del Petit Dru

Por Arancha Vega Rubio  | 

Solitaria, esta formidable pirámide de roca, flecha perfecta que abraza al sol poniente, se resistía...Cuando la historia del Dru comienza, todas las cimas más importantes habían sido ya ascendidas.

 
Visto desde Chamonix, el Drû se yergue vigilante sobre la Mer de Glace 

Después de una primera tentativa en 1.876 -y a pesar de haber conseguido alcanzar la cima norte el año anterior-, Jean Charlet Straton quiere volver a intentarlo: quiere hollar la cima principal, ponerse de pie sobre este pico tan característico. Está dispuesto a hacer todo lo necesario para conseguirlo, incluido el contratar el mismo a dos colegas guías. Después de mucho dudarlo, Prosper Payot y Frédéric Folliguet aceptan acompañarlo, él asegura que es posible encontrar una ruta, pero en el valle todo el mundo lo duda.

"El jueves 28 de Agosto, a las 4h. 30 min. de la mañana, salí de Chamonix en compañía de los dos guías Payot y Folliguet. Llevábamos algunos víveres, mantas para los campamentos, piolets y un centenar de metros de cuerda." Tomaron en primer lugar el sendero del "Chapeau" a la "Mer de Glace", después lo abandonaron en dirección al glaciar del "Charpoua" A las 2 h. 20 min estaban a pie de pared. Los compañeros de Straton dudaban, preferían tomar el camino del "Dent", pero él se muestra firme.

 

"Desde aquí nos dirigimos prudentemente en travesía hacia la derecha, para atravesar la aguja en diagonal. La roca es firme y algo pulida por las avalanchas; estábamos atados a unos 8 metros unos de otros. Después de hora y media de marcha lenta, llegamos a un corredor normalmente cubierto de nieve compacta. Subimos algunos metros, y una vez abandonada la nieve, abordamos la roca de frente, ligeramente hacia la izquierda hasta una especie de depresión, desde donde se abre la vista hacia la "Mer de Glace", el "Montenvers" y el "Chapeau", justo debajo de nosotros mientras que a nuestra derecha se perfila, casi hasta la cima la aguja que pretendemos escalar."

Pero el día avanza, y los tres guías se aprestan, más mal que bien a pasar la noche enrollados en sus mantas.

Al día siguiente, aligerados del peso de sus mantas y víveres, comienzan a subir. La pared se endereza y la escalada es cada vez más difícil. A pesar de todo Jean-Charlet Straton reconoce las marcas de su primer paso, de la cual sus compañeros dudaban.

"Penosamente, entre obstáculos que habían juzgado como infranqueables, hasta el punto de afirmar que yo no los había superado nunca, avanzábamos a pesar de todo, ayudándonos, sobre todo de las cuerdas. No admito en absoluto la utilización de escalas en lo que a las ascensiones en roca se refiere. Me parecen más destinadas a los albañiles que a los alpinistas, y más apropiadas para montar techos que para ascender cimas.

 

Llegamos a un punto desde el cual la posibilidad de continuar la ascensión parecía segura. Encontré de forma inequívoca las huellas de mi primer paso; se las enseñé a los guías que me acompañaban, señalándoles de forma aproximada el lugar en cual había dejado mi primera bandera y una botella vacía.

Después de dos horas de escalada ejecutada con prudente lentitud, llegamos por fin al lugar donde había depositado la bandera que indicaba el lugar culminante de aquella primera tentativa, y cual no sería mi sorpresa al hallar intacta la vara de pino que ni las avalanchas, ni el viento habían conseguido hacer desaparecer.

Desde este punto la escalada se hizo cada vez más ardua. La roca era más y más lisa, sin fisuras, los relieves y salientes a los que agarrarse eran cada vez más escasos. Subido a los hombros de mis compañeros, buscaba en las grietas de la roca para ver si me era posible encontrar donde poner las manos o los pies. Una vez hallado el emplazamiento, mis pies abandonaban los hombros de los guías para encaramarse alzando un piolet -si su altura lo permitía- hasta el punto que yo creía poder abordar. Una vez allí, fijaba mi cuerda a un bloque sobresaliente sujetándola con cuidado en mis manos, y los dos guías llegaban hasta mí ayudándose de la cuerda.

 

Cuando los mangos de los piolets no eran suficientemente largos, abandonábamos el intento, para buscar en otra grieta un emplazamiento que a menudo excitaba nuestros deseos de avanzar. La voluntad de llegar nos sujetaba; nuestras manos, nuestros pies, se incrustaban en la roca viva, estábamos, según la expresión exacta de Folliguet, pegados a la roca como sanguijuelas.

Este ejercicio gimnástico se repitió varias veces, y debo decir que si el cansancio y el desanimo no se apoderó de nosotros, fue por que a una escasa distancia de la última de las escaladas distinguí un pequeño nevero que nos permitía, sin grandes dificultades, alcanzar la tan deseada cima. Esta reflexión se la hice a los dos guías que me acompañaban, haciéndoles comprender que una vez alcanzado el pequeño nevero, habríamos puesto fin a la última prueba de valor y que la victoria sería definitivamente nuestra".

Desde el valle se sigue con atención la escalada, no fue necesario que izasen su bandera para que resonasen los tradicionales cañonazos que saludaban la victoria sobre una cima.

 

Después de una pequeña parada, se ponen en marcha para el descenso "nada cómodo para los dos primeros y difícil para el último. Enrollaba mi cuerda alrededor de un saliente de roca -luego explicaré cómo hacía cuando no había salientes- y la sujetaba fuertemente con la mano, para que si se me escapaba de un lado, quedase sujeta del otro. Una vez que bajaba el segundo, el tercero debía realizar él mismo su peligroso descenso. Veamos como hacia: si el saliente de roca me permitía pasar la cuerda en doble enviaba a mis dos compañeros los dos cabos, que debían sujetar antes de que yo comenzase a descender; posteriormente, cuando veía que tenían entre las manos los dos cabos, me dejaba deslizar suavemente a lo largo de la roca sujetando fuertemente la cuerda con las dos manos, al final de este descenso era recibido por mis dos compañeros, los cuales debían advertirme que llegaba hasta ellos, pues no siempre me era posible ver por debajo de mí.

Descendiendo de esta forma, de espaldas, no podía sujetar solidamente la cuerda con las manos, sin ver hacia donde iba. Cuando llegaba donde mis dos compañeros, tiraba fuertemente de los cabos de la cuerda la cual, recordemos, estaba puesta en doble, y de esta manera la hacia llegar hasta mí. Por dos veces debimos renunciar a arrancarla, de lo sujeta que estaba por las grietas de la roca, en las cuales había penetrado demasiado profundamente. Estimo que debimos dejar unos 23 metros en estos lugares.

Añado, para ser totalmente sincero, que a falta de saliente al que fijar la cuerda, buscaba una fisura en la que introducir lo más fuertemente posible, con la ayuda de un martillo, una punta de acero de aproximadamente 20 centímetros de largo, y era en esta punta donde ataba la cuerda, tal y como he explicado antes".

Y fue así cómo, inventando de paso la técnica del rapel, Jean-Charlet Straton y sus compañeros alcanzaron el vivac donde pasaron una segunda noche. De esta manera, alentados por su experiencia del día anterior, no dudaron en sacrificar un mango de piolet para plantarlo en la nieve y de esta manera poder enrollar su cuerda. Ésta fue su última dificultad antes de descender las pendientes que les condujeron a Chamonix donde fueron recibidos con entusiasmo por la población.

Fuente: www.alpinisme.com


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