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ACTUALIDAD | REPORTAJES | 14 de Julio de 1999

Jardines de Granada

Por Arancha Vega Rubio  | 

Resulta paradójico que la montaña más alta de la península no sea la más difícil de ascender. Si bien el planteamiento de la ascensión no fue demasiado exhaustivo en lo referente a recopilar información, horarios y actividades, lo fundamental si estaba claro, el recorrido.

Aprovechar unos días de vacaciones cambiando la montaña por la montaña es una buena idea, y aunque normalmente estos periodos parecen cortos, en este caso fue cierto, no te irías nunca de Granada.

Foto: Colección Marisa Cristóbal 
Lago glaciar de la Caldera con el pico Veleta al fondo. 

Al salir de Benasque la climatología no acompaña mucho, lluvias y frío, las cimas aún mantienen nieve, así que la esperanza de mejor tiempo y la promesa de mayor altura nos parecen motivos suficientes para encaminarnos hacia Granada.

La falta de nieve no nos sorprendió, ya que Sierra Nevada se encuentra demasiado al sur en un país mediterráneo, pero si resulta sorprendente el tamaño de la estación de esquí, casi excesivo en comparación con las estaciones que conocemos.

La actividad comienza algo más arriba de la estación, en la carretera que conduce a la cima del pico Veleta, anteriormente enclave militar y hoy plagado de antenas, incluso un telesilla llega hasta arriba.

Afortunadamente la carretera está cerrada al tráfico, aunque la indeleble cicatriz de asfalto se mantiene omnipresente en la ladera de la montaña, conservada para servicios de la estación.

Aquí comienza nuestra actividad, siguiendo la vereda que conduce a la cima y que en ocasiones se encuentra atravesada por la cinta de asfalto. Comienzan los contrastes, la vegetación es rara y dispersa, apenas sirve para apacentar algunos rebaños dispersos de ovejas y cabras. Mientras ascendemos adquirimos menor perspectiva de los servicios de la estación, un amplio valle con remontes en todas las direcciones, apuntamos en nuestra agenda particular hacer una visita para esquiar.

Foto: Colección Marisa Cristóbal 
Camino a la cima. 

Casi en la cima del Veleta encontramos el desvío hacia el Mulhacén, son las siete de la tarde pasadas, y nos planteamos dos opciones que nos parecen interesantes: dejar el material en el refugio vivac y ver anochecer desde el Veleta o apurar la aproximación al Mulhacén, aunque tengamos que dormir al raso y ver amanecer desde el Mulhacén.

Optamos por la segunda posibilidad, ya que estamos frescos todavía y aún no sabemos el tiempo que nos queda para alcanzar el techo de la península.

Con las últimas luces del día encontramos otro refugio-vivac, en el que cenamos y planteamos la estrategia a seguir en la ascensión, preparamos el material y la impedimenta y nos acostamos temprano, mientras desciende la temperatura en el exterior.

Me despierta la claridad del ambiente, he debido apagar el despertador, seguramente estoy más cansado de lo que pensaba. Ya no veremos amanecer desde el Mulhacén, pero por suerte la mañana es fresca, lo que nos permite afrontar la primera cuesta sin sofocos.

Resulta indescriptible la cara que se nos puso cuando al coronar la primera cuesta encontramos la cruz y el hito geodésico que marcan la cima, exploramos un poco más nos asomamos a los lados y comprendimos que efectivamente estábamos a 3.483 metros de altura sobre el nivel del mar.

Habíamos previsto utilizar todo el día para ascender el Mulhacén y descansar para atacar el Veleta al día siguiente, pero lo temprano de la hora, apenas las diez de la mañana nos permite replantear la agenda y dirigirnos hoy al Veleta, el día ganado se lo dedicaremos a La Alhambra.

Recogemos todo en el refugio y al salir comprendo el motivo de una ascensión tan rápida, hemos dormido a más de 3000 metros, la poca luz al entrar y las prisas al salir no nos permitieron ver el cartel con el nombre del refugio y la altura.

Foto: Colección Marisa Cristóbal 
Santi y Marisa en la cumbre. 

La ascensión al Veleta la convertimos, tácitamente, en una penitencia, caminando por la carretera que construyeron los hombres para doblegar a una montaña, queremos pedirle perdón, y lo hacemos a nuestra manera. Afortunadamente la carretera está cortada al tráfico, no puedo imaginarme hordas de coches invadiendo la montaña, desvirtuando el esfuerzo del montañero para alcanzar una cumbre, invadiendo las cimas de ruido y contaminación. Adaptando los malos modos de la ciudad a la montaña. Demasiado triste para imaginarlo siquiera.

Durante el descenso sigo contrastando paisajes y comparando con lo que conozco, lo que en Pirineos es rojizo por el hierro aquí es plateado, brillante. El paisaje de secano resulta un cambio con lo conocido, los animales y las plantas son diferentes, adaptados al medio.

Llegamos al coche cansados, contentos (dos tresmiles en una mañana) y sedientos, la mejor opción para detenerse y beber es el centro de visitantes El Dornajo, servicio de bar y tienda y agradable conversación con los responsables, un encantador matrimonio que transmite todo su amor por la Sierra a cualquiera que, sin prisa, esté interesado en aprender algo.

Para pernoctar elegimos el camping de El Purche, situado en un altiplano a 1500 mts, su responsable nos cuenta que en invierno está muy visitado, ya que se crea un microclima que mantiene una temperatura de hasta 10 grados superior a la que hay en Granada, comida casera y ambiente apacible, tiene un pequeño rocódromo y unas amplias parcelas.

Recuperados del "esfuerzo" del día anterior nos dirigimos a La Alhambra, palacio árabe enclavado en una colina desde la que se domina toda Granada, primera impresión de la ciudad altamente favorable, casas bajas con mucho arbolado. Afortunadamente a principios de junio no hay demasiada gente. La Alhambra no hay que contarla, hay que verla, hay que pasear tranquilo y retroceder más de quinientos años en el tiempo para entenderla, mirar con curiosidad de niño y con respeto de adulto. Comer tarde en Granada y ver anochecer en una de las terrazas del Albaicín, con vistas hacia La Alhambra es una maravillosa manera de terminar el día.

Pero nada de lo visto hasta ahora me había preparado para La Alpujarra, último reducto morisco en las laderas de Sierra Nevada, de nuevo viajo en el tiempo para encontrar, casi sin cambio, aldeas encaramadas a la montaña, de color inmaculado y de visión esplendorosa, la ruta gastronómica continua, curados, quesos y vinos de la tierra.

Lamentablemente tres días no son suficientes para nada, pero la agenda aprieta, y aunque duela es preferible dejar algo para tener necesidad de volver.

Santiago Pinilla


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