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ACTUALIDAD | REPORTAJES | 06 de Noviembre de 1999

Una expedición al Aconcagua (6.962 m.)

Por Arancha Vega Rubio  | 

Estamos a las puertas del comienzo de la temporada del Aconcagua. Debido a la demanda de información que hemos recibido sobre esta zona le hemos pedido a Eduardo Cuber que cuente su experiencia en este monte.

 
Imagen del Aconcagua (6.962 metros) donde se puede ver el Glaciar de los Polacos. 

Es 6 de enero de 1996 y estamos en Madrid, listos para coger el avión destino a Buenos Aires y de allí a Mendoza, donde una vez formalizado el permiso en la Subsecretaría de Turismo, marcharemos hacia Puente del Inca. Es allí donde comienza la aproximación hacia Plaza de Mulas y luego a la cima del Aconcagua.

Después de pasar la noche en Confluencia, a 3.200 metros (Campo intermedio entre Puente del Inca y Plaza de mulas), continuamos hacia el Campo Base. La compañía de Fernando Grajales se encarga de llevar las cargas con sus mulas.

Respirábamos libertad en este trayecto, sumergidos en una tremenda felicidad por encontrarnos allí y, a pesar de lo frecuentado que está este camino en estas fechas, disfrutábamos de la soledad. En alguna ocasión se me ocurría acelerar para ver si las mulas que habían salido temprano desde Puente del Inca con destino al campo base, no conseguían alcanzarnos. ¡En fin! lo que la juventud es capaz de hacer algunas veces.

Empujados por todo esto caminábamos como máquinas; cruzábamos extensas cuencas al galope. y, quizás, como consecuencia de este sobreesfuerzo, caí enfermo con mal de altura durante 4 días.

Durante esos días veía a la gente comenzar a subir por la ruta normal; memoria de envidia y me apenaba por encontrarme en esa situación; ¡qué tremenda impotencia! Mientras tanto Luis, que se encontraba en muy buenas condiciones, había conseguido instalar el C1 y aprovisionarlo.

Foto: Eduardo Cuber 
Eduardo ascendiendo por la ruta de los Polacos. 

Me empiezo a encontrar bien y nos preparamos para aproximarnos hacia el glaciar de los Polacos. ¿Qué sorpresa encontraríamos? Seguramente no lo tendríamos en condiciones con las continuas nevadas que había. Realmente era un verano bastante anormal, pero tener la ruta normal nevada era un buen aliciente para afrontar aquellas rampas con chulería y valor; cada cual, en la medida de sus posibilidades. Las mías no eran muchas, pero ahí estaba, o mejor dicho, estábamos.

Al llegar al C1, instalado por Luis, comprobamos que había conseguido soportar un temporal. Hasta ese momento teníamos una gran incertidumbre, en cuanto a lo que nos podíamos encontrar. Vuelvo a tener problemas a esta altitud (5.400 metros) y me veo en la necesidad de permanecer allí, por lo menos, un día más.

En ese día que decido descansar y recuperarme, Luis accede a la cumbre desde el C1 en ocho horas; comunicándome la noticia por radio a las 13 horas; me alegro mucho. Habíamos llegado ya a la cumbre y tan solo habían transcurrido 10 días desde nuestro aterrizaje. Nos faltaba todavía culminar el plan trazado; nuestro objetivo era el glaciar de los Polacos. Quizá después del esfuerzo que había realizado Luis, fuese menester retroceder y volver a analizar nuestra situación. Cuando nos reencontramos sobre las 15:30h. nos felicitamos y seguidamente le pregunté: "¿quieres que demos por concluido nuestro viaje?" Él me contestó: "No, tenemos que ir a Polacos". Yo insistí pensando que se veía obligado a proseguir por mí, pero no era así. Se encontraba tan fuerte que no vacilaba en sus respuestas, insistió en que le dejara descansar y que al día siguiente trasladaríamos el campamento al C2 del glaciar.

A la mañana siguiente comenzamos el bordeo desde el C1 de la ruta normal hasta el C2 del glaciar de los Polacos. Invertimos un total de 4 ó 5 horas en este recorrido con un camino bastante pesado.

Para una ascensión por el glaciar de los Polacos, será recomendable ascender al C2 de la ruta normal y establecer allí el campamento. Posteriormente, en un flanqueo de una hora escasa, nos situamos en la base del glaciar para realizar la excursión a la cumbre y descenso al C2 en una jornada, si la aclimatación es correcta.

Foto: Eduardo Cuber 
Eduardo en una de las zonas más verticales de la ascensión. 

Dentro de la tienda, mientras preparábamos la cena, dudábamos entre subir por la vía Directa del glaciar o por la normal; después de evaluar nuestra situación no quisimos tentar a la suerte y elegimos el trazado más suave, la normal.

Delante del glaciar, en una magnífica mañana, con un cielo absolutamente despejado y una temperatura de -15º C, mientras nos poníamos las polainas.

Nuevamente miramos el glaciar y decidimos que no será la ruta normal el itinerario de ascenso; iremos por el centro del glaciar y después ya veremos. Algunas barreras de seracs nos preocupan un poco. EL glaciar no amenaza grietas y progresamos sin encordar aunque con muchísima atención. Comenzamos a ascender por una zona más inclinada, sobre 50º. Enseguida aparece el hielo de glaciar, la seguridad que proporciona es notoria. Sobre 55º avanzamos seguros y decididos sin encordarnos, siendo así nuestra ascensión más rápida y, por tanto, permaneciendo menos tiempo expuestos en esta zona de seracs.

Sobre los 6.000 metros tenemos al paso un serac más enderezado. Es ideal y con las condiciones del hielo me hipnotiza por completo. Me concentro, hago un vacío a mi alrededor y voy a por él. La verdad es que, a pesar de la altura a la que nos movíamos, el no llevar un peso excesivo como en los días anteriores, nos permitía avanzar con comodidad. Tremenda soledad la que nos rodea que, junto con la inmensidad de esa montaña, nos hace sentir insignificantes. ¿Qué hacíamos allí? ¿Qué íbamos a conseguir con todo aquello? ¿De qué manera íbamos a acabar el día?

Estábamos haciendo realidad un sueño. Nuestro proyecto se estaba llevando a cabo e íbamos a hacer cumbre; en algún momento cierta emoción brotaba, lo cual era molesto pues bastante dificultosa resultaba la respiración. Nuestra marcha cada vez se hace más lenta, la altitud no perdona y son ya muchas horas las que llevábamos acumuladas. No consigo dar diez pasos en línea recta, la cabeza se me va y, entonces me pregunto: "si de repente sobreviene una tempestad, ¿qué hago? Sería hombre muerto."

Afortunadamente el tiempo era extraordinario y no amenazaba ningún empeoramiento y, para colmo, casi no soplaba viento. Realmente en aquel momento éramos unos privilegiados.

Cuando consigo ver la cumbre, después de un hombro está todavía bastante lejos y prácticamente no tengo fuerzas. Pero he de subir por obligación, pues la bajada es más sencilla por la ruta normal que por el glaciar.

Foto: Eduardo Cuber 
Eduardo y Luis en la cima. 

Son las 17:15h. cuando Luis y yo llegamos a la cumbre. Miro a mi alrededor y me tiro al suelo, me encuentro bastante mareado y no consigo enfocar bien la vista. En fin, cierro los ojos y si me alegro de algo es de que no tengo que subir más. Llegamos a lo más alto y no tenemos que sufrir más, nuestro sueño casi se ha hecho realidad, todavía nos falta bajar y llegar a la tienda. Hemos tardado un total de diez horas aproximadamente en recorrer casi 1.400 metros de desnivel.

Comenzamos a descender por la canaleta y cuatro horas más tarde llegábamos a la tienda. De nuestros momento de felicidad aquél era uno de ellos. Habíamos coronado la cumbre más alta de América y, eufóricos, fundíamos nieve para hidratarnos. La paz volvía a nuestro espíritu. Un espíritu guerrero que, como tal, necesitará de más batallas y siempre en sus manos estará la victoria. En esta ocasión nosotros la habíamos conseguido. Ansiosos por regresar a Mendoza, nos fuimos a dormir.

No son solo las montañas de Mendoza y su fauna lo más atractivo, la ciudad, sus gentes, parques, plazas, bares y, sobre todo, los helados son estupendos. Fueron días inolvidables los que pasamos en la ciudad de Mendoza alojados en un magnífico albergue llamado Campo Base, donde además de un excelente ambiente familiar, se encuentra una variedad de nacionalidades digna de tropezarse alguna vez.

Eduardo Cuber


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