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ACTUALIDAD | REPORTAJES | 02 de Octubre de 2000

5 meses aislado en el hielo

Por Arancha Vega Rubio  | 
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El almirante Richard Evelyn Byrd (1888-1957) llevó a cabo una de las más arriesgadas y extraordinarias expediciones de toda la historia de las exploraciones antárticas. Pasó cinco meses solo, en medio del hielo en pleno invierno antártico en el interior de una pequeña cabaña situada a más de 200 kil

 

Experto aviador -en 1926 realizó, en compañía de Floyd Bennet el primer vuelo sobre el Polo Norte- y buen conocedor del continente blanco, contribuyó más que nadie a los descubrimientos geográficos de la Antártida.

 
El almirante Richard E. Byrd 

El 28 de marzo de 1934, en latitud 80º 8´Sur, longitud 163º 57´, Byrd vería por última vez en cinco meses ser humano alguno. Se quedó solo, en la Antártida, con la intención de realizar investigaciones sobre las auroras boreales y estudios meteorológicos nunca realizados hasta la fecha, en el interior de un pequeño cubículo excavado en hielo de 2´7 x 3´9 m.

La cabaña, acondicionada para resistir las extremas temperaturas antárticas estaba forrada de material aislante y contaba en su interior con una estufa que calentaba por igual la estancia. Los aparatos de medición del exterior estaban preparados para soportar hasta -115º C.

Estaba a punto de iniciar una aventura épica en la que arriesgaba su propia vida en pos del avance científico y de la exploración. Y a punto estuvo de perderla.

SOLO EN MEDIO DEL HIELO
Una vez el equipo hubo terminado la construcción de la cabaña y dejado el lugar, Byrd comenzó su trabajo: a fin de que pudieran realizar sus cálculos correctamente, debía limpiar constantemente de hielo los aparatos situados en el exterior de la casita.

El 7 de abril comenzó la noche polar, y diez días después el sol desapareció totalmente, hecho éste que Byrd señalaría en su diario de la siguiente forma: "Una tristeza fúnebre envolvía el ambiente crepuscular; es como un periodo intermedio entre la vida y la muerte...me sentía como si hubiera caído en otro planeta o en otro horizonte geológico del cual el hombre no tenía conocimiento ni recuerdo". Varias veces al día el explorador observaba espectaculares auroras boreales que describía posteriormente en su diario.

 
Aurora boreal 

Byrd se impuso una férrea disciplina con el fin de no permanecer demasiado tiempo inactivo : a su trabajo diario con los aparatos se le unía el tener que limpiar, a golpe de hacha, el interior de su cabaña de las placas de hielo que se formaban en el interior y que reducían drásticamente la temperatura. Además, daba pequeños paseos diarios por el exterior, "armado" de varas de bambú unidas por un cordel, que clavaba en el hielo para evitar así perderse en la oscuridad de la noche polar.

En más de una ocasión estuvo a punto de extraviarse para siempre. Una noche, absorto en sus pensamientos, se alejó más de lo acostumbrado, rebasando la línea de bambúes. Caminó durante largo rato sin percatarse de la dirección que tomaba ni del tiempo que transcurría. De pronto los copos de nieve que le caían copiosamente sobre el rostro le hicieron caer en la cuenta de que se hallaba en la más absoluta oscuridad, en medio del hielo y sin ninguna referencia para regresar a la seguridad de la cabaña. Permanecer ahí, dudando, significaba una muerte segura, por lo que Byrd se dispuso rápidamente a encontrar la manera de hallar el camino de vuelta en el menor tiempo posible. Trazó una cruz en el hielo, amontonó nieve y avanzó cien pasos en la oscuridad. Al no encontrar rastro alguno de las varas de bambú regresó al punto. Realizó la misma operación en otra dirección, también sin resultado y al regresar no encontró el montículo de nieve. El pánico se apoderó de él al verse solo y perdido en medio de la Gran Barrera de Ross.

Volvió a caminar dando pequeños círculos alrededor del nuevo punto de referencia, hasta hallar el anterior. Desesperado, resolvió dar círculos cada vez más grandes aún a riesgo de perderse definitivamente y morir congelado. Cuando encontró, a unos 40 metros del montículo original la última vara de bambú que había fijado en el hielo sintió una sensación de alivio que expresaría más tarde en su diario: "A mis 29 pasos, descubrí a corta distancia una varita de bambú; jamás naufrago alguno experimentó mayor alegría al ver acercarse una vela...".


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