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ACTUALIDAD | NOTICIAS | 19 de Abril de 2010

Un invierno en Pakistán, por Herve Barmasse

El alpinista Herve Barmasse, del que hace poco informamos acerca de la nueva vía que ha abierto junto a su padre en el Cervino, ha pasado junto a Kris Erickson, Eneko Pou y Óscar Gogorza una parte del invierno en Pakistán como profesor de la escuela de escalada de Shimshal, que busca convertir en guías a los hombres y mujeres de los pueblos del valle. Por supuesto, también han realizado actividad en el invierno del Karakorum, en hielo y con esquís

Un invierno en Pakistán, por Herve Barmasse:

“Cuando The North Face decidió financiar “Pakistan Winter Sport”, me sentí feliz y motivado por esta nueva aventura. Pero, al mismo tiempo, sentí una gran responsabilidad sobre mis hombros; yo era el cerebro de ese proyecto invernal que, aparte de los objetivos alpinísticos que tanto me importan, contaba también con ambiciones humanas y sociales. Aparte de abrir nuevas vías de hielo y realizar largos descensos sobre esquíes por montañas inexploradas, el propósito de la expedición consistía en ofrecer mis conocimientos como instructor de guías de montaña y especialista en salvamento a la Escuela de Escalada de Shimshal. La intención era ayudar a un colectivo de porteadores en ciernes, tanto en términos de seguridad como de técnica. Además, gracias a la colaboración del Dr. Marco Cavana, íbamos a montar una clínica que se ocupara de los problemas relativos a las condiciones médico-sanitarias de la zona.

El invierno pakistaní, Shimshal y sus porteadores
Valle de Shimshal, 20 de enero de 2010

Somos la décimoquinta expedición alpina invernal en la historia de Pakistán. Me acompañan los alpinistas Kris Erickson y Eneko Pou, el periodista y alpinista Óscar Gogorza y el Dr. Marco Cavana. Estamos en el Norte, en la región de Baltistán Gilgit, cerca de la frontera con China.

A diferencia del verano, cuando los campos de cereales, los árboles y los verdes pastos contrastan con el color de la roca y de la tierra seca, ahora todo es gris. Nos parece una película en blanco y negro. Hace frío incluso a baja altitud, y por encima de los 1.600 metros todo está completamente helado.

Avanzamos lentamente en nuestro Jeep, por una carretera accidentada, llena de baches, comparable a nuestros caminos de mulas. La carretera de acceso al pueblo de Shimshal se labró literalmente en la cara de la montaña, gracias a la determinación de sus habitantes. Se construyó sin medios mecánicos a lo largo de 23 años de duro esfuerzo a base de pico y pala. Esta espectacular aventura off-road justifica por sí sola un viaje a Pakistán.


Shimshal es un pueblo de unos 2.000 habitantes, que ha permanecido prácticamente aislado del resto de Pakistán durante 600 años. Aunque conservan sus raíces islámicas/ismaelitas, estas personas parecen menos rígidas y más abiertas que otros moradores de las montañas pakistaníes. Hasta las mujeres nos confirman esa impresión: no se esconden y responden a nuestros saludos con una sonrisa. En el pueblo no hay agua corriente, teléfono ni televisión. Sólo unas cuantas familias han instalado pequeñas placas solares que les proporcionan luz durante tres horas seguidas en las largas noches de invierno.

Hay tres mezquitas y una escuela a la que asisten los alumnos después de ir a recoger leña, lo que aquí en Pakistán es bastante poco común. Todos ellos aprenden inglés y, los que se lo pueden permitir, a los 17 años continúan sus estudios en Gilgit. No hay médico, y el hospital más cercano (ahora se puede llegar allí en una hora, antes de construirse la carretera se tardaban seis días) está en Gulmit, donde un médico de cabecera se encarga de todas las urgencias con un equipamiento médico nada "sofisticado".

La comunidad está muy unida y los habitantes se ayudan entre sí como si fueran una gran familia. Cualquier problema es un problema de Shimshal, y no de una persona en particular.


Racionamos cuidadosamente las patatas, el arroz, el chapati, el dal, los guisantes y las alubias para asegurarnos de no quedarnos sin provisiones antes del próximo reavituallamiento. De vez en cuando podemos comer carne de cabra o de yak. A diferencia del verano, ahora no hay pollos, porque no sobrevivirían a las gélidas temperaturas de los meses de invierno. El yak es otra característica de Shimshal. Es poco frecuente encontrar estos animales en Pakistán, pero en el valle de Shimshal, bordeando la frontera con China, hay miles de ellos en libertad.

La “malida” (chapati, queso, mantequilla y sal), el “graal” (chapati, especias, mantequilla y sal) o el “chalpindook” (chapati y queso) son los platos de los pobres y son típicos de esta región. Se comen casi a diario.

La temperatura durante los cinco meses de invierno está sistemáticamente bajo cero (de menos 12 a menos 20) y en las casas, junto a la estufa de leña, raramente sube por encima de los 5 grados. Da la sensación de que durante el invierno este país aguarda pacientemente el verano, igual que hacían nuestros antepasados en los Alpes, hace 150 años.


Hasta las viviendas tienen una estructura peculiar. Una sola habitación con una estufa de leña en el centro y una salida de humos en el tejado acoge a toda la familia: abuelos, padres e hijos. En la misma habitación cocinan, duermen y pasan el día. Para los habitantes de Shimshal, los días de invierno transcurren siempre de la misma manera: por la mañana las mujeres preparan el desayuno de té con leche y chapati mojado en mantequilla derretida. Antes de ir a la escuela, las hijas van a por agua o a recoger leña. Un manantial, el único que no se hiela, proporciona agua a todo el pueblo. Durante todo el día hay mujeres esperando pacientemente a que les toque el turno de llenar sus jarras de agua. Los hombres construyen y reparan las casas, cortan leña, levantan muros y esperan la llegada del verano para trabajar como porteadores de montaña y de alta montaña. En el pueblo de Shimshal más de 40 personas han escalado un ochomil, y Rajab Shan, el único pakistaní que ha coronado todos los ochomiles del Karakórum nació aquí. Se le considera un auténtico héroe en todo Pakistán.

Al borde de la muerte

Siempre he tratado de soslayar el tema de la muerte, como si no tuviera que ver conmigo, como si yo fuera inmune al peligro. Y sin embargo sé perfectamente que no es así ni mucho menos, que la historia del alpinismo nos enseña precisamente lo contrario: para quienes pasan mucho tiempo en la montaña, la muerte no es un concepto remoto. Y, cuando ocurre, aun sabiendo que la causa de la muerte suele ser un mero error de técnica o de apreciación (si uno es alpinista debería ser plenamente consciente de ello al menos), achacamos la responsabilidad de esa muerte a la suerte o al destino, tan sólo porque así resulta más fácil volver a escalar, pasar página, y regresar a la montaña cuanto antes.

¿Y si fuera el final? ¿Cuántas veces, antes de emprender una vía, nos hemos parado a considerar esa posibilidad?

Con profesionalidad y desapego siempre sabemos determinar el peligro de las ascensiones de los demás, pero no alcanzamos a comprender los riesgos que caracterizan a las nuestras.


Valle de Shimshal, 22 de enero de 2010

Varios metros cúbicos de roca me pasan por encima de la cabeza como proyectiles. Me aferro a mis piolets, con la última pieza de protección colocada a muchos metros por debajo de mis pies. No puedo hacer otra cosa que mirar hacia arriba y esperar que no me golpeen.

Sin quererlo, estoy en medio de una guerra, luchando por sobrevivir.

Estoy seguro de que dentro de poco estaré muerto, pero al mismo tiempo no quiero rendirme y trato de mantenerme inmóvil, listo para esquivar cualquier impacto, dispuesto a arrojarme al vacío en última instancia.

Veo desencadenarse un alud de nieve y escombros. Me quedo de piedra. Me agarro aún más fuerte a los piolets, agacho la cabeza mirando a los pies y espero el mazazo que se me llevará por delante, hacia la muerte.

He oído decir muchas veces que cuando uno está seguro de que va a morir los momentos más importantes de su vida desfilan ante sus ojos... No es verdad. En ese momento sólo me cabía una idea en la cabeza: tienes que vivir. Y me preguntaba: si no tengo la esperanza de construir un futuro, ¿qué sentido tiene el momento presente, o incluso el pasado? Con la implacable determinación de quien lucha por sobrevivir, y con toda la fuerza de mi cuerpo, consigo evitar el alud. Por un momento todo está en silencio, tranquilo. El silencio se rompe con las voces de mis compañeros, gritándome que baje ya. Parece que todo ha terminado hasta que miro hacia arriba y veo una roca enorme, del tamaño de un coche, dirigiéndose hacia mí.


Ahora lo sé.

Ahora sí que se ha acabado todo.

Mi cuerpo está paralizado por el terror. La sensación de lucidez que tenía hasta hace unos momentos desaparece. Las potentes descargas de adrenalina no me dejan pensar con claridad. Me pego lo más que puedo a la pared de hielo, agarrando los piolets lo más fuerte posible y, con los ojos cerrados, espero el golpe. Algo me pasa rozando, la nieve me salpica. Abro los ojos y desciendo unos pasos.

Se acabó la pesadilla.
Sigo vivo.

Pongo un tornillo en una placa de hielo a mi izquierda y desciendo rápidamente hasta mis compañeros, que me abrazan con instinto maternal y me guían hasta la cueva donde se han guarecido.

No puedo estarme quieto. La adrenalina me sale por los poros y, a pesar de todo lo que ha pasado, voy de sobrado. Ante los ojos asombrados de mis amigos, yo actúo como si nada. Sin lugar a dudas, y con toda la razón, deben de pensar que estoy loco.

Al cabo de unos minutos, me inunda una sensación de vacío. En silencio, confuso, emprendo el camino a Shimshal.


La Escuela de Escalada de Shimshal: una escuela de esperanza para las mujeres

A lo largo de la historia del alpinismo himaláyico, existe una constante común a todas las expediciones: la labor de los porteadores. Con gran profesionalidad y dedicación, empleando distintos medios dependiendo de la situación, los porteadores ayudan a realizar los sueños de muchos apasionados del alpinismo.

Al igual que sucediera en los Alpes en el s.XVIII, aquí en el Himalaya esta población de montañeses, expertos poseedores de un vasto conocimiento de su tierra, se convertirán en los futuros profesionales de la montaña, los futuros guías de montaña.

La historia se repite y nosotros podemos contribuir a que así sea, intentando acelerar un poco el proceso permitiendo que unas cuantas familias del Karakorum puedan vivir del turismo de montaña.


Valle de Shimshal, 23/25 de enero de 2010

Es la segunda vez que vengo a Shimshal. La primera fue con Simone Moro en el verano de 2008. Fue él quien me metió en el tema de la Escuela de Escalada de Shimshal.
La realidad de la Escuela de Escalada de Shimshal es bastante insólita, por no decir inexistente en otras partes de Pakistán. Porque esta escuela de montañismo permite también la participación activa de las mujeres.

Después del gran susto, dedicamos varios días a la escuela, dando clases teóricas y prácticas sobre nudos, cordadas, anclajes y escalada en hielo. Presentamos el nuevo equipo técnico suministrado por Kong, vimos documentales sobre la montaña y, gracias a la colaboración del Dr. Marco Cavana, se impartieron clases sobre cómo intervenir en casos de mal de altura.

Cuarenta alumnos asistieron a las clases. Doce de ellos eran unas jóvenes sonrientes, de mirada atenta, tez rosada y manos estropeadas por el trabajo del campo y el mal tiempo. Estaban sentadas delante de mí y yo no podía evitar mirar con curiosidad sus expresiones cuando trataban de entender el uso de los friends. Me producían una cierta ternura. Tal vez en un futuro próximo alguna de ellas ascienda el K2 y, de ese modo, escriba un nuevo capítulo en la historia del alpinismo pakistaní.


El proceso de emancipación de la mujer en Pakistán comenzó hace largo tiempo, pero la realidad todavía dista mucho de lo que podría definirse como igualdad. La mayoría de las mujeres en la sociedad pakistaní carecen de derechos fundamentales. Por ahora, la igualdad entre hombres y mujeres sigue siendo una ilusión.

Sólo en los últimos años hemos podido percibir algunos atisbos de cambios concretos: las mujeres estudian, van a la universidad y, gracias a la Fundación Aga Khan, principalmente en la región de Baltistán Gilgit, las mujeres pueden asumir un papel crucial en la transformación del país.

A 400 metros de la cima

Valle de Yasghil, 01/02 de febrero de 2010

El termómetro de nuestra tienda marca 22 grados bajo cero. En los días anteriores no ha parado de hacer malo, pero esta mañana se ha levantado un día precioso y el aire es transparente, sin humedad. Metidos en los sacos de dormir, disfrutamos en silencio de esos últimos instantes de calidez antes de empezar el día. Kris enciende la estufa y yo la música, que suena regular en nuestros pequeños altavoces portátiles. Desayunamos ligero y salimos de la tienda, donde Eneko está ocupado fijando los esquíes a su mochila. Desgraciadamente, Óscar no va a participar en esta tentativa de cumbre. En pocos días hemos pasado de los 3.000 metros de Shimshal a los 5.000 de este campo en altura. La altitud y, sobre todo, el frío, han hecho mella en nuestro estado de salud y Óscar va a tener que bajar.


El viento ha amainado, pero todavía hace mucho frío. En esas condiciones, es imposible quedarse quieto durante más de unos minutos. Cargamos con nuestros esquíes y nuestras mochilas y nos ponemos en marcha.

Al cabo de unas horas llegamos a unas paredes verticales que rodeamos, pasando por la derecha, cruzando algunos canales. Kris y yo tratamos de avanzar con el mayor cuidado posible pero, al llegar al tercer corredor, según lo atravesamos, la nieve empieza a desprenderse desde la cima. Kris grita y se desplaza rápidamente hacia la derecha, cerca de las rocas. Un alud de nieve se abalanza exactamente sobre el punto donde nos encontrábamos antes, y salvamos la vida por minutos. Miro a Kris, que me indica con un gesto de la cabeza un claro de sol donde podemos pararnos a esperar a Eneko. Reflexionamos unos minutos mirando hacia arriba. Todavía tenemos que pasar dos canales antes de llegar a la base de la cumbre y después a la cumbre en sí, pero el estado de la nieve no tiene pinta de ir a mejor. A unos 400 metros de la cima esperamos a Eneko en silencio. Cuando llega, sus palabras son claras, sin resquicio para la esperanza de continuar:“Hace demasiado frío. Ya no noto los pies. Lo siento, tíos, pero tengo que volver a la tienda”.

No sé si fue lo que dijo Eneko, la nevada o haber visto la muerte tan de cerca tan sólo unos días antes pero, con toda serenidad, decidí abandonar el intento y, al poco de tomar la decisión, me sentí mejor conmigo mismo, más tranquilo, como si me hubiera quitado un peso de encima.


A veces, para mejorar y hacerse más fuerte, un alpinista no necesita entrenarse más o enfrentarse a montañas más difíciles. A veces basta con pasar por una experiencia que te obligue a reflexionar y a darte cuenta de una vez por todas de que sólo tienes una vida, y que renunciar hoy puede ofrecerte muchos días en la montaña mañana. Soy consciente de algo nuevo y, al descender hacia el campo base, llevo en mi mochila algo más: la experiencia de una expedición que me ha ayudado a crecer como alpinista y como hombre."

Herve Barmasse


Enseñando a un niño de la aldea los rudimentos de la escalada



Herve Barmasse
Mujeres de Shimshal
Herve Barmasse
Aproximación a la montaña porteando esquís
Herve Barmasse
Enseñando a los habitantes del lugar
Herve Barmasse
Hielo
Herve Barmasse
Escalando en hielo
Herve Barmasse
Rapelando
Herve Barmasse
Porteando por el glaciar
Herve Barmasse
Al fuego del invierno
Herve Barmasse
Enseñando a un niño sus primeros nudos

Tags: Alpinismo

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