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ACTUALIDAD | NOTICIAS | 21 de Febrero de 2012

67 días y 1200km después, José Mijares y Lonchas dan por finalizada su Translaponia en la cima más alta de Suecia

No pudo llegar al mar, como era su intención. Asuntos familiares forzaron su vuelta. Pero tras dos meses de noche ártica en solitario con su perro Lonchas, consiguió recorrer 1200km. Y puso el broche final con una vuelta circular completa, cima incluida, al Kelnekaise (2.111m), montaña más alta de Suecia. A pesar del invierno y el glaciar, Lonchas hizo cumbre con él

Unos asuntos familiares requirieron su vuelta, y José no pudo completar su travesía invernal de Laponia acompañado de su perro Lonchas. Han sido 67 días y 1200km recorridos. Sin embargo, no parece una travesía truncada: su final en la montaña más alta de Laponia, rodeándola y ascendiéndola, la impregna de un aroma a peregrinación y kora a la Montaña Sagrada que le da un fin redondo. Como afirma, sólo en 3 ocasiones en sus casi 70 días se ha cruzado con alguien. La anterior crónica y galería de fotos finalizaba el día en el que el sol, tras 46 días, asomaba por primera vez por el horizonte, dando por finalizada la noche ártica.

“Mi etapa anterior de la Trans-Laponia acabó en Kiruna. Estaba tan convencido de que acabaría en Abisko (a 125 km de Kiruna aproximadamente) que hasta allí había enviado a mi amiga Ainhoa a dejarme un deposito con comida y algo de material de montaña.

En el camino rumbo a Abisko vi clavado en un árbol un cartel que anunciaba un hotel en Kiruna a 175 km y me hizo sonreír. La diferencia entre llegar a uno u otro lugar no es muy importante, pero para llegar a Kiruna o Abisko es evidente que los caminos no pueden ser los mismos. Y lo más importante: si llegaba a Abisko me ponia sobre el Kungsleden, una ruta que ya hice en 2002 y que me llevaría derecho al techo de Suecia, el Kebnekaise, de 2111m.

Pero el decisivo día en el que iba hacia el lago Tornetrask con intención de cruzarlo y llegar a Abisko, vi a unos pastores de renos y decidí preguntarles por el lago. Pregunta que imaginaba innecesaria, pero que por las dudas lanzaba esperando que me respondieran lo que quería escuchar. Pues no: el lago estaba descongelado y eso afectaba, pero que mucho, al rumbo que habría de tomar mi nueva ruta.

Había acampado en el bosque y tuve que volver a meterme en la tienda, encender la cocina para calentarme y estudiar concienzudamente mis opciones. ¡Otra vez!

Se trataba de corregir el rumbo y seguir otra linea de lagos, que estos sí, estaban congelados. ¿Por qué unos lagos están descongelados y otros no? Depende del viento, las corrientes, su profundidad, y el clima en particular de esa zona. Pero, a decir, verdad, no deja de ser un misterio que sorprende.

Los pastores me dijeron que ellos venían de Kiruna. Con suerte podría aprovechar sus huellas y además regresaban a Kiruna al anochecer...¡lo que significaba más huellas!

Hacía sólo un par de días que había visto el sol por primera vez en la travesía, después de 46 días en la noche ártica. Ahora me parecía que ya era primavera, hacía un frío de demonios, pero el sol en el horizonte me daba una fuerza infinita.

Recorrí esos lagos helados y me deleité con unas vistas impresionantes de las montañas. La Laponia sueca es mucho más montañosa que las otras Laponias. Y como habían prometido, antes de que el sol se fuera pasaron de nuevo los pastores abriendo una huella fantástica, que nos ayudó a devorar kilómetros a un ritmo envidiable.

Me gustaron tantos esos lagos, y en concreto una diminuta aldea de sus orillas (Tjalme), que me he jurado volver. Los días que tardé en llegar a Kiruna fueron muy fríos, pero bellísimos y en un entorno impresionante.

Lo primero que tuve que hacer en Kiruna es ir a Abisko en tren a buscar mis cosas. Decidí pasar un día completo en el albergue de montaña de Abisko y buscar información sobre las condiciones del Kebnekaise y la posibilidad de subir con Lonchas a la cima. Y entonces topé con los guías de Abisko. Que son como burócratas rusos mirando su reloj sin disimulo una y otra vez. Antes de darme ninguna información, repetían cansinamente “no es época ahora” “es muy frío“, “está muy oscuro“, “no hay huella” o todavía no han instalado “la ferrata”...¿ferrata? ¡Eso si que es nuevo!

Pero con el mapa en la mano podía ver con bastante claridad que por otro valle había una subida muy accessible. Y que esa ruta exigía tener que dar una vuelta completa a la montaña. Cosa que me parecía de lo mas sugerente. En mi mapa se veía una tímida linea de puntos que insinuaba esa ruta circular. Finalmente di con un guía que me aseguró que efectivamente existía esa opción, más larga, pero más segura hasta la cumbre. Me intentó desanimar de subir con Lonchas: una morrena de acceso al valle superior no era adecuada para él. Le expliqué que había perros que habían subido a la cumbre del Huascarán, que son muy ágiles...pero me miraba con una mezcla de incredulidad y desdén.

Partí hacia el albergue de montaña Kebnekaise, en la montaña. Allí recibí noticias de mi mujer. Por causas familiares mi viaje debía de terminar antes de lo previsto. Sabía al iniciar esta Translaponia que esa posibilidad existía y sencillamente llegó el momento. Estaba “sólo” a unas 3 o 4 semanas de terminarla. Pero hay circunstancias que no dan opciones y ésta era una de ellas. En cualquier caso me alegraba haber llegado tan lejos y haberla vivido tan intensamente.

Había quedado con Javier Pedrosa, un amigo, para subir juntos el Kebnekaise, atravesar el PN Padjelanta y cruzar el Glaciar Svartissen. Tres perlas que había dejado para el final y que me motivaban intensamente. Ahora sólo podía hacer una de ellas. Pero Javier, que estaba de camino, venia con retraso. Y yo aún podía contar con 8/10 dias más para hacer algo. Y como no me apetecía quedarme en el albergue de manos cruzadas esperando a Javier, otra vez debía decidir qué camino tomar.

Y mientras venía, decidí seguir hacia Ritsem y poner punto final allí a mi ruta. Y en los días que quedaban después, volver al Kebnekaise, en donde estaba, y realizar la travesía circular a la montaña con la cumbre.

Sobre el mapa, mi ruta no podía ser ni más bella, ni más lógica para una Translaponia.

A menudo he pensado en las razones estéticas que me han empujado a realizar este viaje. Una linea sobre un mapa, una huella sobre un lago helado, el ziz-zag de las subidas, las huellas solitarias de un animal salvaje sobre la nieve. Esa lineas me sobrecogen. No puedo explicarlo. Veo arte en esto. Durante el viaje me he quedado fascinado viendo nuestras huellas sobre el terreno. Las huellas apenas rasgadas de las pezuñas de lonchas sobre nieve dura, las líneas perfectas de los esquíes avanzando por laderas interminables o el surco, a menudo profundo de la pulka.

Las lineas en los mapas, que tanto me gusta pintar al final de mis viajes, encierran para mi todo ese arte y dotan al paisaje de una mirada. No hay paisaje sin mirada.

Por eso, cuando imaginaba mi linea, la veía llegando hasta Ritsem. Tenía que ser ése y no otro lugar el que marcara el final de este viaje. Padejelanta y Svartisen se quedan como lineas para el futuro. Todas ellas se unirán a las pasadas y vertebrarán mi Laponia emocional.

Desde el albergue de montaña de Kebnekaise hasta Ritsem recorrí una vez mas una zona que no conocía. Al inicio del viaje pensaba más en llegar; pero a medida que tenia que recomponer mi recorrido, empecé a dar prioridad absoluta a transitar por lugares nuevos. No se trataba de tragar millas. Quería que todo fuera nuevo para mi. Qué bello el mundo por descubrir y cómo cambia la percepción del mismo cuando una y otra vez vuelves sobre tus pasos. El viaje me obligaba a pensar en esto una y otra vez.

Los días hasta Ritsem fueron duros, pero al menos pude aprovechar cabañas para dormir. Por primera vez en el viaje pude ver un glotón. Me quedé impresionado. Qué ser...

Después de 4 días llegué a Ritsem temprano y con luz, pero a Javier aún le quedaban horas para aparecer. Una pareja estaba pintando el albergue y me dieron cobijo en el interior. A modo de pago, y porque me apetecía, me uní a pintar con ellos.Me preguntaron lo justo. Apenas hablamos. Me gusta la gente que te hace sentir cómodo en silencio, que piensan antes de hablar y que respeta tu tiempo. Me siento a gusto en tales circunstancias. Cuando terminamos, la mujer me dijo: “Cuando vuelvas podrás decir que esta pared la pintaste tú. Se rio y me estrechó la mano. Acababa de llegar Javier. Volvía sobre mis pasos. En apenas un par de días, volvía a estar de nuevo en el albergue de montaña de Kebnekaise.

Iniciamos la ruta circular al Kebnekaise poniendo rumbo a la cabaña de Tarfalla. Fue un día especialmente hermoso. Las vistas de esas montañas eran una promesa tentadora. Lonchas brincaba de un lado a otro y se le veía disfrutando como un loco. La cabaña de Tarfalla es uno de esos sitios que no voy a olvidar. El lugar es idílico y solitario. Sólo en 3 ocasiones he encontrado gente en toda mi travesía de 70 días. Me encanta viajar solo y estar solo en las cabañas. En la de Tarfalla estaba con un amigo, y eso también es muy especial.

Javier dijo que no se sentía físicamente bien y prefería no seguir al día siguiente. Así pues yo iría solo a dar la vuelta al Kebnekaise y él se quedaría en Tarfalla leyendo y escribiendo. Tenía por delante 62 km circulares, una cumbre y 3 días de comida en la mochila. Suficiente.

Subí la “temida” morrena que no me pareció ni de lejos tan complicada como me dijo el guía de Abisko y me maravillé viendo a Lonchas subiendo por el filo de nieve y roca. A ratos lo lleve con la cuerda, porque el muy inconsciente se iba hacia el glaciar. No parecía que hubiese grietas, pero…

La salida de la morrena no la pude hacer con los esquíes puestos y me calcé los crampones. Detrás, Lonchas se “incrustaba” en mis huellas y subía como un cohete sin apenas carga. Allí arriba tuve unmomentos de éxtasis viendo nuestras huellas en ese paisaje limpio y desnudo sin otra presencia que no fueran montañas y glaciares envueltos en la irreal luz del invierno ártico.

Aunque los perros no hablan -y ni siquiera el gran Lonchas es una excepción-, ese día pude notar cómo me interrogaba su mirada. Había llegado a un acuerdo conmigo mismo: si Lonchas no lograba subir, volveríamos a Tarfalla. Pero en lo alto de esa morrena ya estábamos "salvados". Un largo y encajonado valle nos llevaba derechos a una pequeña cabaña y en apenas unas horas nos plantamos allí.

Salvado el tramite de la morrena sabia que la ruta circular ya era nuestra; la gran incógnita era saber si podríamos subir también a la cumbre. Mi compromiso con Lonchas seguía en pie y al día siguiente, en cuanto tuvimos algo de luz, nos lanzamos a por los 1500m de desnivel positivo que nos separaban de la cima. Era un día nuboso y aunque el camino era lógico prefería subir con visibilidad. Sobre las 13:00 llegamos a la cumbre, que es tan pequeña que apenas cabíamos los dos. Ya me habían advertido de que tenia que ser cuidadoso allí arriba. Al parecer algunos se han caído desde la misma cima…

Estar en la cima del Kebnekaise de 2111m rodeado de montañas salvajes en un entorno tan bello y solitario como ése en compañía de mi querido Lonchas me emocionó de verdad. Parecía que toda la tensión que llevara dentro hubiera dicho “rompan filas”. Tuve deseos de ponerme a llorar. Clavé el piolet y até a Lonchas a él y estuve un rato haciendo fotos extasiado con el momento y el lugar, a pesar del frío que hacía.

La parte más helada de la bajada la hice con crampones y el resto a toda leche con los esquíes. Fue inevitable que se nos hiciera de noche. ¡Bendita noche! Nos regaló un cielo de auroras tan sobrecogedor como inmenso. En un par de ocasiones tiré la mochila al suelo y me tumbé sobre ella a contemplar la inmensidad sobre mí. Difícil de explicar con palabras lo que sentía. Llevo años viviendo en el norte y he visto muchas noches de auroras; pero esa a la bajada del Debnekaise fue la más especial de mi vida.

Seguimos bajando con un ojo en el cielo y otro en el suelo y llegamos a la cabaña de Singi, que ya había utilizado en el camino a Ritsem y que, aunque pequeña, estaba estupenda y con cantidad de leña. Esa noche me costó dormir: estaba pletórico. Llamé por el satelital a mi mujer y le dije que Lonchas y yo habíamos hecho cumbre, y que estaba emocionado.

Al día siguiente tardé en salir, y regresé al albergue de Debnekaise cerrando el circulo a esa montaña, que a su vez cerraba mi travesía de Laponia. Vista con perspectiva, desde el final, tomaba un sentido de peregrinación. De búsqueda de la Montaña Sagrada desde tierras lejanas. Rodeándola en una Kora lejana al Kailash. Me gustaba la forma lógica en la que se había cerrado mi linea. Todo tenía un sentido.

En la cabaña me reuní con Javier. Juntos partimos al día siguiente hacia Nikaluokta con mucho frío, que se intensificó al cruzar por encima de su superficie helada el gran lago que hay entre el albergue y Nikaluokta. ¡Estaba tieso! Al llegar al bosque se atemperó la temperatura y me inundó una agradable sensación de calor. En los lagos el frío es mucho más notorio. Al llegar a Nikaluokta el coche de Javier no arrancaba ni a la de tres.

Entonces descubrí que ese calor “tan agradable” que me invadía eran -36ºC...

Definitivamente, el invierno ártico se había convertido en mi hogar.

Habían pasado 67 días desde mi partida de Rusia. 1200Km después, pintaba mi linea en el mapa. Podéis verla en las fotos."



Como siempre, quiero agradecer la ayuda prestada a Devold, Visitnorway y Barrabes
José


Lonchas, con el Kebnekaise detrás, techo de Suecia y Laponia



José Mijares
Lonchas con el Kebnekaise detrás
José Mijares
Kebnekaise, 2.111m, techo de Suecia y Laponia
José Mijares
Cabaña al pie del Kebnekaise
José Mijares
Impresionante vista desde los altos con la luz del atardecer
José Mijares
Otra vista desde lo alto
José Mijares
Tras 46 días, por fin el sol se eleva sobre el horizonte; fin a la noche ártica
José Mijares
Este ha sido el trayecto final de la travesía completa de Laponia de José Mijares y Lonchas
José Mijares
Lonchas descansa a la fresca ante un lago helado
José Mijares
Atardece en el Kebnekaise
José Mijares
Lonchas místico contemplando el paisaje desde la cima
José Mijares
Zona superior del Kebnekaise
José Mijares
Lonchas atado para que no se escape al glaciar y caiga en una grieta oculta
José Mijares
Hermosa luz del atardecer ártico en invierno
José Mijares
Lago helado
José Mijares
Una de las mágicas luces del norte que hicieron tumbarse a contemplarlas a José
José Mijares
Lonchas, a punto de comenzar el ascenso
José Mijares
Otra imagen del atardecer desde lo alto. Helada luz ártica de gran belleza
José Mijares
José asciende
José Mijares
Otro alto en el camino que Lonchas aprovecha para descansar
José Mijares
Muy cerca de la cima del Kebnekaise
José Mijares
José en la travesía
José Mijares
Por el bosque
José Mijares
José con sus esquís
José Mijares
Una de las mágicas lineas que extasían a José
José Mijares
Una huella en el bosque
José Mijares
Avanzando con los esquís
José Mijares
Volviendo del Kebnekaise
José Mijares
Intensa aurora boreal
José Mijares
Una señal en la montaña, cerca de cima
José Mijares
Kebnekaise

Tags: Alpinismo

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Comentarios

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2 comentarios

2. Islan - 21 Feb 2012, 13:29
Enhorabuena a los dos!! Muchas Felicidades!!! Que bonita aventura. y con tu perro....deber ser lo MAXIMO. Gracias por compartilo.

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1. Alpin - 21 Feb 2012, 13:10
Que recuerdos cuando leo vuestra hazaña!!!.. hace 4 años sali con mi pareja desde Abisco ( Que suena con la o encima de la A , como Obisco)Hacia Nikaloukta, por la Kungsleden. Para mi fue la travesia más hermosa que haya echo hasta ahora, fue durante el verano, final de Junio, con lo que a diferencia de vosotros el sol nunca desaparecía, facilitando el camino sin importar la luz, siempre me dije que me gustaría cruzar todo eso en esquis de travesia...asi que leer tú articulo me ha hecho resurgir este proyecto.Al igual que continuar con la siguiente etapa de la Kungsleden. Os felicito !! Y Lonchas Tú compañero de viaje perfecto.Enhorabuena Alpin. Cangas de Onis

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