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ACTUALIDAD | NOTICIAS | 31 de Diciembre de 2012

The Great Himalaya Trail en solitario y en invierno: 83 días a través del País Azafrán

Javier Campos recorrió el invierno pasado el GHT durante 83 días. Fue la 1ª persona en cruzarlo en invierno, y además en solitario. Una experiencia única e inolvidable que ahora comparte con nosotros. El GHT no es una ruta marcada al uso, llamarlo senda es algo metafórico, y cruza Nepal de oeste a este a través de sus grandes montañas

No está señalizada, en ocasiones la senda no existe, y más que una ruta o rutas definidas, a menudo se trata de indicaciones sobre lugar de partida y llegada (que puede ser días después) siguiendo las tradicionales huellas de los habitantes de las montañas, siempre que éstas existan.

El viaje es irrepetible: cada persona que lo emprenda se encontrará con sus propios problemas y los solucionará a su manera, lo que se traducirá en diferentes trazos, lugares y personas. Nuevos valles, pasos y collados. Nuevas vivencias, sensaciones y experiencias.

En definitiva: una ruta íntima, personal e irrepetible, forzada por las circunstancias y elegida por necesidad, instinto, belleza y preferencia.

Ya puede leerse su aventura completa en el libro que ha publico, "El país azafrán", y que puede ser comprado pinchando este enlace en www.barrabes.com.

Javier eligió la suya. En solitario, y en invierno.




GREAT HIMALAYA TRAIL. EL PAIS AZAFRÁN, por Javier Campos

A veces tengo problemas para vivir el presente. Me siento como si estuviera en un permanente viaje astral, del pasado al futuro, del futuro al pasado… Algunos lo llaman trascender, yo simplemente soñar.

Hace meses que regresé de Nepal, tras mi travesía invernal en solitario del Great Himalaya Trail, y todavía me sorprendo con la mirada perdida recordando sonrisas, paisajes, sonidos. Las cifras no pueden explicar las vivencias, pero ayudan a comprender las dimensiones del desafío demostrando que la aventura, en el sentido más estricto del término, aún es posible. El espíritu de la exploración ha sido arrasado por el mercantilismo, los héroes de “todo a cien” y las redes sociales. 1800 kilómetros, 85 días de marcha, 28 kilos en la mochila, temperaturas de 20º bajo cero y más de 100.000 metros de desnivel positivo, explican por qué nadie lo había hecho antes y parecen buenos argumentos para creer en la historia.

A ratos releo el diario de viaje. Caminar a solas durante tres meses te acerca a la esencia de las cosas. Necesito compartirlas y escribo como un poseso. Quizá son sólo retazos incompletos de una aventura única que no se repetirá. Ahora, nuevos proyectos ocupan el hueco que dejó la travesía del Himalaya. Puede que esquíe el próximo invierno a través del Círculo Polar Ártico en busca del fin del mundo o que recorra los tres mil kilómetros del mítico Qapac Ñan, pero cualquier sueño se levantará sobre los recuerdos de un Nepal milenario que me cambió la vida.

Kathmandú. El sueño se hace presente

Un sol raso, invernal, casi inerte, me despierta al colarse por la ventanilla del avión. Tardo unos segundos en desperezarme. Lo justo para cruzar la línea imaginaria del cristal que me separa del mundo exterior. Volamos a once mil metros y la temperatura es de 35º bajo cero. El horizonte es un perfil dentado de montañas heladas que separan el altiplano tibetano de lo que durante muchos años fue el reino de Nepal. Estoy frente al Himalaya, la cordillera más elevada del planeta, la morada de los Dioses…

He tenido que dejar atrás meses de preparativos, de sueños, a veces de pesadillas, para llegar al inicio de la aventura. Ahora todo me parece irreal. Es como si tratase de beber un elixir delicioso en una copa de cristal que está a punto de romperse en mil pedazos. Quizá todavía estoy dormido. A veces me cuesta distinguir entre la ficción de mis fantasías y la realidad que me rodea. El aterrizaje en Kathmandú me da la respuesta. Voy camino del Great Himalaya Trail. Todo cobra sentido lentamente.

Kathmandú no parece Kathmandú. El bullicio habitual de las temporadas de trekking, que coinciden con los periodos previo y posterior a las lluvias monzónicas del verano, ha sido sustituido por una paz cristalina. Las calles están casi vacías. Todo parece más limpio. Solamente el sonido de las bocinas de coches y motos me recuerda donde estoy. Mientras paseo por las calles de Thamel intentando recuperarme del adormecimiento que me provoca el cambio horario, trato de aclararme. ¿A qué vine de nuevo a Nepal?

Este país de 800 kilómetros de largo por 200 de ancho vive encerrado entre colosos de la talla de China y la India. Durante siglos, se rigió por las directrices marcadas desde el Palacio Real por una dinastía monárquica que, a pesar de su carácter absolutista, casi autócrata, era apreciada por el pueblo. Una década de revueltas provocadas por los Maoistas, que acabó convirtiéndose en una guerra civil encubierta, puso fin al régimen. Pero por encima de identidades políticas, religiosas o étnicas, lo que de veras distingue y condiciona a este pequeño estado es la presencia de la cordillera del Himalaya. Nada escapa a la mirada vigilante de las montañas, que son veneradas como algo sagrado.

Hace unos años, casi por casualidad, descubrí en una librería de Kathmandú un mapa con una línea pintada a trazos de colores sobre el territorio de Nepal. Se iniciaba en un extremo y, cambiando gradualmente de tono, llegaba hasta la otra punta del país. Por un impulso incomprensible, supe de forma instantánea que quería recorrerla.

Lejano Oeste

No hay nada de glorioso, de épico, ni siquiera de simbólico en mi salida de Chainpur. Comienzo el Great Himalaya Trail, tras dos años soñando con hacer realidad el proyecto y ni siquiera estoy contento. Tendrán que pasar unos cuantos días para que encuentre el ritmo, no solo en cuanto a caminar, sino también en el aspecto emocional. La luz del atardecer ilumina suavemente los campos de cultivo del Seti Khola dándole al paisaje un aspecto amable.

Kolti Bazar es un pueblo anárquico y alegre. Mientras descanso a la sombra de un árbol, un tipo de aspecto tibetano se acerca a mí acompañado de su mujer para pedirme medicinas. En las aldeas remotas de Nepal, un occidental siempre es un médico. Busco un par de analgésicos, pero al abrir el botiquín las pastillas de colores desatan la locura. Al parecer, medio pueblo está enfermo. Dedico más de una hora a administrar diferentes tratamientos para las dolencias más elementales y marcho de Kolti con la sensación de que el verdadero valor de la ruta reside en la gente. El camino es solamente el nexo de unión entre situaciones e historias.

El fantástico juego de luces del amanecer vuelve a ser sustituido por el calor. El valle por el que desciendo desemboca en el Karnali, uno de los ríos más míticos de Nepal. Entro en un paisaje desolado, árido. Me recuerda al peor Kali Gandaki, incluso al Baltoro más radical. Los pueblos han desaparecido, y a lo largo del camino apenas se encuentran unas pocas cabañas para los arrieros a modo de “caravanserai”. Estoy a punto de detenerme en una de ellas, pero quedan dos horas de luz que quiero aprovechar. Me despido de la joven pareja que habita la cabaña con la sensación de estar cometiendo un error. La tarde va cayendo en medio de una soledad sobrecogedora. El río me envía sonidos de niños riendo que se me antojan alucinaciones, hasta que veo el gorro rojo de uno de ellos aparecer entre las piedras. A pesar del cansancio, continúo paso a paso poseído por un sueño.

Atrapado en Dolpo

Avanzo peleando contra la falta de convicción. Sigo las indicaciones del mapa a pesar de ser consciente de sus numerosos errores. En un punto del valle, me encuentro con una aldea que no aparece reflejada en el mismo. Las mujeres elaboran mantas en sus telares tradicionales, dándole al pueblo un alegre colorido que contrasta con la aridez del paisaje circundante. Los niños me rodean rápidamente y me observan con curiosidad. Cuando abro la mochila para sacar algo de comida, veo en sus caras la emoción del que espera ver aparecer algo mágico saliendo de un cofre misterioso. Cualquier cosa de colores satisface su excitación. A 2.600 metros de altura comienzo a pisar nieve. Intento abstraerme, pero las imágenes del Karmara me persiguen. Me detengo a comer en Shyanta, un villorrio de tres casas. Una vieja tibetana toma el sol mientras teje a la puerta de una de las casas.

-¿A dónde vas?
-A Phoksundo y Dho Tarap.
-Imposible (me dice señalando con la mano su cintura, para dejarme bien claro hasta dónde me va a llegar la nieve).
-Quiero intentarlo.

Como si sus advertencias no hubiesen sido suficientemente elocuentes, me mira, saca la lengua y tuerce el cuello haciendo un espantoso sonido gutural…
-Vas a morir… (sentencia).

Paso toda la tarde junto al fuego en casa de Penduk Lama. Estoy alojado en un lodge contiguo, pero su inglés fluido me ayuda a pensar con más claridad. Charlamos mientras trabaja en la confección de un “doko”. Sus tres hijos revolotean a nuestro alrededor jugando despreocupados. Me cuenta que pasó dos años trabajando en Dubai como recadero en un banco, pero al parecer el sueldo no merecía la pena.

-Por cada uno de mis “dokos” cobro 600 rupias y puedo hacer dos al día. Ahora, estoy cerca de mi familia. El dinero no lo es todo…

Al amanecer, Thinle trata de convencerme por todos los medios para que no marche hacia el Jangla. Sé que va a ser muy duro, pero no tengo otra opción, debo intentar salir del Dolpo como sea. Me siento atrapado. Los días pasan y no avanzo hacia el centro de Nepal. Puedo ver la preocupación en su rostro. Nada de lo que le digo le tranquiliza. Thinle es un buen tipo. Es el primer nepalí cuya hospitalidad no me ha costado ni una rupia… Me despido de él prometiéndole que daré media vuelta si las cosas se ponen feas. En ese momento lo considero una mentira piadosa, pero el tiempo pone a cada uno en su sitio…

Tras cuatro días perdido entre tormentas, regreso a Thalagaon soñando con llegar a casa de Thinle, al calor del fuego, la cama seca, el dhal bhat… Cuando lo consigo, al borde del ocaso, me miran como si en la puerta de la casa hubiese aparecido un espíritu del más allá. Thinle me confiesa que llegó a pensar que había muerto, que no era posible sobrevivir cuatro días en aquel infierno. Su hermano, un dolpalí de aspecto rudo, me quita las botas, coloca mis pies junto al fuego ignorando todas las tradiciones, y me calienta con sus propias manos. La mujer de Thinle, entre tanto, no deja de servirme tazas de té caliente muy azucarado. Me siento como en casa, rodeado por mi familia. Empiezo a tomar conciencia de lo cerca que he estado del límite. Hago un rápido balance de daños. Nueve dedos de las manos y dos de los pies sufren congelaciones de primer grado. Es una lesión leve, cuya única secuela es un aumento de la intolerancia al frío. Menuda noticia en pleno invierno del Himalaya…

Larkya

Decía el Código Militar Prusiano que cualquier mala situación es susceptible de empeorar. Quizá por ello, no me sorprende que la tremenda tromba de agua de la pasada noche, haya teñido de blanco los alrededores de Dharapani. Justo antes de afrontar el Larkya La, el paso que rodea el macizo del Manaslu, las peores condiciones posibles. Me siento como el reo condenado a muerte al que le niegan su última súplica. Sólo quería un poco de buen tiempo… Me conformo con la idea de que al menos me alcanzó a cubierto. La suerte sigue jugándose a los dados mi destino.

Cuando alcanzo Tilche, el sol todavía no ha llegado al pueblo, pero la temperatura empieza a ser agradable. Encuentro una casa con la puerta abierta y me cuelo hasta la cocina. Al punto, aparece una bellísima joven nepalí que me prepara un té con leche. Le pregunto si hay alguien en las siguientes aldeas o están deshabitadas y tardo poco en arrepentirme de la consulta. Al parecer, excepto en Ghoa, a solo una hora de Tilche, no hay un ser humano en docenas de kilómetros a la redonda. Resulta descorazonador. Le pido que investigue un poco en el pueblo a la vista de que la información que me da puede ser errónea y en unos minutos aparece acompañada de un viejo de aspecto tibetano que parece poseer todas las respuestas: las buenas y las malas…

Las buenas son que un par de mujeres han subido esta mañana valle arriba con la intención de pasar la noche en Suti Khola. Encontraré una casa en la que dormir y cenar el ineludible dhal bhat de turno. En las condiciones reinantes, descansar bajo techo es un lujo que ya daba por perdido. Pero como siempre, a cada buena nueva le sigue un inconveniente.

El anciano, como el resto de la gente que me he cruzado a lo largo de la mañana, me hace la pregunta fatídica:

-Larkya?
-Sí.
-Imposible.
-Ya lo sé. Mucha nieve, mucho frío… pero quiero intentarlo (le contesto medio enfadado).
-Vas a morir, me espeta.
-Hombre, no es para tanto, si la cosa está tan mal, me daré la vuelta.
-No es por la nieve. Lo peligroso es que el invierno es la época preferida por el Yeti para recorrer la región…


Me quedo perplejo. El tipo está hablando en serio. Sus ojos reflejan todo el respeto de las gentes del Himalaya por lo que, para nosotros, no son más que leyendas y supersticiones.

La tarde se llena de nubes cuando llego a Suti Khola. Allí encuentro dos lodges de nueva construcción. En uno de ellos, dos mujeres se calientan junto al fuego. Tengo la sensación de que se alegran de verme más que yo a ellas. Al fin y al cabo, soy un turista al que le van a sacar algunas rupias. Me instalo y trato de olvidar por unas horas el cielo. Al poco de asentarme junto a la fogata, Sanda y Nani Gurung empiezan a divertirse a mi costa, gastándose bromas de evidente contenido sexual. Nani, con su desastroso inglés, trata de dejarme claro que Sanda, a sus 37 años, no está casada. Es obvio que intenta persuadirla para que me haga una visita esta noche. Sanda, entre tanto, me mira a hurtadillas y aparta la vista cuando ve que me doy cuenta. No dejo de preguntarme qué demonios hacen aquí, limpiando estos sencillos barracones de madera con techos de metal ondulado, en pleno mes de enero…

Para cenar, consigo un desafortunado plato de pasta, regado con el inevitable chili picante que utilizan incluso para algunas infusiones. Intento completar la cena con una tortilla, pero la conversación me pone tan nervioso que al final, acabo por rendirme.

-¿Desde cuándo están los huevos aquí?
-Ok -responde Nani con una gran sonrisa-
-Los habéis traído hoy?
-Ok -más sonrisas-
-No llevarán aquí meses?
-Ok…


A veces la barrera idiomática es para volverse loco, pero no las puedo culpar. Soy yo el extranjero que no habla la lengua del país que visita. Mañana volveré a tener el mismo problema si quiero desayunar pancakes. Quizá deba cambiarlos por chapatis. Lo único seguro es que los huevos tendrán un día más…

El infierno de Gosainkund

Los lagos de Gosainkund son un lugar sagrado para los fieles hinduistas. Según cuenta la tradición, esta región formada por 108 lagos es la morada de los Dioses Shiva y Gauri. Durante la luna llena de agosto, miles de fieles peregrinan hasta las inmediaciones del lago principal. En invierno, sin embargo, un shadú solitario es su único morador. El santón lleva 18 meses meditando junto a la orilla del lago. Se alimenta de lo que la gente le da y parece soportar bien el frío, fumando todo tipo de hierbas “mágicas”.

Rodeado por un paisaje de ensueño, me deslizo sobre la traza intentando no depositar sobre las huellas más peso del necesario, pero los nepalíes pesan mucho menos que yo, y donde ellos se sustentan, yo me hundo. Cada poco tiempo, golpes de tos que intento controlar me dejan dolorido, hasta que en uno de los arrebatos siento como mi espalda cruje con un sonido sordo. Instantáneamente me clavo de rodillas y me dejo caer sobre la nieve intentando recuperar la respiración. Un aluvión de preguntas sin respuesta se abalanza sobre mi. ¿Me he roto la costilla? ¿Se puede seguir caminando con una lesión así? ¿Es el final de la expedición?...

Supongo que el paisaje es bonito. No estoy seguro. Mis ojos no miran hacia fuera. La angustia por la situación capta toda mi atención, pero muy despacio, casi sin darme cuenta, aparco la idea del abandono y la sustituyo por metas a corto plazo, que me ayuden a mantener el ánimo. En algunos lugares, la nieve me llega a los muslos y se convierte en un tormento tanto mental, como físico. De ninguna de las dos cosas ando sobrado. De las tres horas que Pemba predice que tardaré en llegar a Thadepati –luego serán cuatro-, las dos primeras son aceptables. En una ocasión, creo haber errado el camino y vuelvo sin mochila sobre mis pasos, para comprobar que no hay ninguna otra alternativa. Las dos últimas horas son un vía crucis. Cuento los pasos, hablo conmigo en voz alta, le grito a los Dioses del Himalaya, me echo a llorar…

-Un, dos… venga Javier.
-Tres, cuatro… has soñado con esto durante años.
-Cinco, seis…-me hundo hasta la cintura-.
-Once, doce… no puedes rendirte.
-Cuarenta y nueve y cincuenta… ¡¡¡Muy bien, tío, muy bien. Lo estás haciendo muy bien !!!


Everest. La ruta lógica

Recorro los primeros kilómetros hacia el monasterio de Thyangboche al amanecer, entre caminos vacíos y paisajes gélidos. Ama Dablam, Everest y Lhotse vienen a mi encuentro. La panorámica, por conocida, no es menos impresionante. El equilibrio de aristas del “Collar de la Madre” –Ama Dablam-, es formidable. Al fondo, la barrera Lhotse-Nuptse oculta el techo del mundo, cuya pirámide cimera destaca barrida por el viento. Cuesta imaginar qué fuerzas de la naturaleza engendraron esta locura mineral.

Paro en Sanasa, un caserío perteneciente a Khunde, para tomar algo caliente. Sonam es un tipo simpático. A los treinta, ya ha escalado tres veces el Everest y dos el Ama Dablam, trabajando como sherpa de altura. En cualquier otro país sería un personaje famoso. Aquí es un trabajador más, un especialista en el Everest que se excusa por su únio “fracaso”…

Estuve cuatro veces, pero una de ellas me tuve que quedar en el Collado Sur cocinando para el equipo de cima…

Cuando abandono el monasterio no le doy la espalda a un paisaje de montañas, sino a un lienzo lúgubre de nubes de tormenta. Huyo del reino de la altitud ansioso por dejar atrás la ruta al Everest y volver a vivir la sensación de exploración que ha caracterizado todo el viaje. El camino de retorno hacia Bupsa es largo, pero si soy capaz de hacerlo en una sola jornada desde Namche, podría celebrar el día de mi cumpleaños transitando senderos inexplorados. Vuelvo la vista y adivino la tempestad junto al Makalu. Si ha llegado la hora de las tormentas, me alcanzan en el lugar adecuado. La ruta hacia el Arún desciende durante una semana en la que puedo soportar la lluvia. Enfrascado en esos devaneos, llego a Namche Bazar por segunda vez en 24 horas. Apenas soy consciente de que durante la última hora no ha dejado de nevar. Las montañas a mi alrededor se cubren de blanco rápidamente y yo me siento a salvo inextremis. El invierno está de vuelta.

Ghunsa. La tierra prometida.

El 13 de marzo, me despierta un sonido inesperado. No puedo creerlo. Quizá todavía estoy dormido. Quizá estoy en ese intervalo entre el sueño y la realidad en el que las percepciones aún no han despertado. Algo golpea suavemente la tela de la tienda. Está nevando. Aún es noche cerrada, pero la ansiedad me impide seguir durmiendo. Preparo el desayuno con una parsimonia desacostumbrada. Puede que, con este tiempo inestable, no haya motivos, pero me siento tranquilo.

Llego al Nango La en medio de la tormenta, saboreando cada paso. Una infinidad de banderas de oración rezan al aire frío del Himalaya. Me parece el lugar más etéreo del mundo. La niebla, que lo envuelve todo, me transporta a lugares lejanos. Da la sensación de que el reloj se ha detenido para que el instante se prolongue de forma indefinida. Lo que resta es descenso. Es el fin del sufrimiento…

Durante el descenso, imperceptiblemente, voy aminorando el paso. La nevada, que al principio parecía llegar arrastrada por el viento desde el vecino Jannu, se convierte en una cascada de gélidas plumas que flotan en el aire y lo cubren todo. Sigo aminorando el paso. La ruta del Nango La se une al trekking clásico del Kangchenjunga junto al Ghunsa Khola, un torrente glaciar de grandes proporciones. Todo lo que me rodea es blanco. Voy camino de un sueño que está a punto de aparecer entre la niebla. Nunca un nombre tuvo un significado tan profundo. Como si de una aldea irreal se tratara, Ghunsa aparece al otro lado del río. Un último puente marca la entrada al pueblo. No hay más collados, más pueblos, más cruces sospechosos. El Great Himalaya Trail, esa línea imaginaria que cruza el país a los pies de la mayor cordillera del mundo, acaba aquí.

La sensación de paz es indescriptible. Es como si me hubiese quitado un gran peso de encima. ¿Qué digo? ¡Me he quitado un gran peso de encima! Un viento gélido sopla entre las casas de Ghunsa amenazando con derribarlas. Miro a través de la ventana y me siento transportado. Hace tanto que salí de Chainpur que temo enloquecer intentando comprender las dimensiones de la aventura. A veces las cosas no necesitan tener sentido. Simplemente ocurren. He recorrido el Himalaya. He explorado el fondo de mi corazón por la vía de los sueños. No ha sido fácil. Si ha servido de algo, habrá que verlo con el tiempo, cuando la ciudad, con sus intereses creados y sus juegos de máscaras me ponga a prueba de nuevo. El camino, en cualquier caso, me ha devuelto una serenidad que sólo el Himalaya puede transmitir.

Extractos del libro “El País Azafrán”, disponible en breve en las tiendas Barrabes.

GREAT HIMALAYA TRAIL Algunos datos interesantes…

La idea de recorrer el Himalaya de un extremo a otro es antigua. Varias expediciones realizaron en el pasado itinerarios de una longitud extraordinaria, entre ellos, el polifacético Fernando Garrido a finales de los “ochenta”. Sin embargo, no fue hasta el año 2009 cuando se estableció una ruta oficial a lo largo del Himalaya de Nepal.

El Great Himalaya Trail es un proyecto puesto en marcha por la agencia holandesa de cooperación SNV, que tiene como objeto el desarrollo de regiones desfavorecidas de montaña en Nepal, por medio del turismo como medio de crecimiento económico. La idea de promover el trekking en zonas alejadas de la influencia de los Annapurnas o el Everest, ha puesto en valor un elenco ilimitado de rutas que permiten viajar al Himalaya más ancestral, al margen del progreso o las influencias externas. Gracias al GHT, el trekking se desarrolla ahora en áreas como el Barún, Ganesh, Buri Gandaki, Dolpo o Humla, antes desconocidas.

La ruta tiene una longitud de 1.700 kilómetros desde la frontera oeste hasta las inmediaciones del Kangchenjunga; supera una veintena de pasos de más de cinco mil metros y acumula un desnivel positivo de 150.000 metros. Estamos sin duda ante el trekking más duro del mundo.

No obstante, los creadores del GHT fueron mucho más allá de la simple creación de una ruta de montaña. Los valores de esta travesía tienen más que ver con la cultura, la antropología o la religión, que con el deporte. Por ello, pronto se creó una ruta alternativa conocida como “Cultural Trail”, que recorre la misma distancia a través de pasos menores, generando un contacto mucho mayor con la población local.

El Great Himalaya Trail, no es una ruta imposible. Cualquier senderista bien entrenado que cuente con el tiempo y el dinero necesarios puede afrontarlo con garantías. Lo más importante es acertar con el estilo. Desde el pasado septiembre de 2012, el gobierno no autoriza a caminantes solitarios, por lo que la ayuda de un porteador será, además de provechosa, obligatoria. Contando con esa ayuda, 3 meses y unos 10.000 € son suficientes para llevar a cabo el sueño.

Más información…

www.thegreathimalayatrail.org (página oficial)
www.prestigeadventure.com (agencia nepalí especializada en el GHT)
www.tierrasdeaventura.net (blog y fotos de la 1ª travesía invernal y en solitario)


Javier Campos en uno de los pasos de altura



Javier Campos
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Comentarios

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3 comentarios

3. nostoi - 03 Ene 2013, 20:17
El libro me llegó ayer, y lo estoy disfrutando como un niño. Enhorabuena por haber hecho realidad tu sueño, y gracias por compartirlo con nosotros.

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2. Guillem San Martín Guiral - 02 Ene 2013, 17:39
Impresionante reto!! Debio ser una maravilla poder disfrutar de paisajes tan preciosos y observar algunos de los 8.000 tan de cerca. Sobretodo valoro que la hayas completado en solitario, muy duro. Felicidades!! :)

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1. marmot27 - 01 Ene 2013, 10:50
Una experiencia maravillosa, que te hará crecer como persona. Felicidades por haber realizado tu sueño. Sigue soñando. Un saludo.

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