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ACTUALIDAD | PREPARACIÓN FÍSICA | 08 de Enero de 2002

No sólo para "forzudos"

Por José Ramón Callén Rodríguez  | 
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En muchas ocasiones, se cree que las proteínas son los nutrientes fundamentales para aquellos deportistas cuyas especialidades están basadas en la fuerza y en la velocidad. Y aunque esto no deja de ser cierto, no es menos correcta la idea de que un deportista de resistencia ha de cuidar de forma importante las proteínas que ingiere en su alimentación diaria.

Se acerca el fin de una dura jornada. Por la mañana, 4000 metros de entrenamiento en la piscina. A medio día, 100 kilómetros sobre su bicicleta. Por la tarde, 30 kilómetros más de carrera a pie y para acabar, una sesión en el gimnasio. Es la rutina típica de Thomas Hellriegel o de Paula Newby-Fraser. Ambos saben lo que es ganar el IRONMAN de Hawai. El triatlón más importante del Mundo. Los “juegos olímpicos” de este deporte. Horas y horas de entrenamiento, con el objetivo de finalizar una prueba de más de ocho horas, que encadena 3800 metros a nado, 180 kilómetros en bici y 42,195 kilómetros corriendo. Indudablemente una competición en la que la resistencia es la palabra clave.

 

Pero para soportar el día a día, es necesario, además de una correcta planificación de los entrenamientos, tener en cuenta el otro pilar básico en toda organización para un deportista: el “entrenamiento invisible”. Un entrenamiento invisible que tiene como eje fundamental la alimentación necesaria para una correcta recuperación tras las duras sesiones. Tal y como vimos en el artículo titulado “la báscula de Armstrong”, los hidratos de carbono son el nutriente básico en la dieta del deportista. Pero ¿y las proteínas?. ¿Han de estar reservadas a aquellos que compiten en especialidades de fuerza y velocidad?. Rotundamente NO. Veamos el motivo.

Nuestro cuerpo no para de cambiar. Cada instante, en nuestro interior, se están produciendo incesantes procesos de anabolismo (construcción) y catabolismo (destrucción). Es el método que tiene el organismo para regenerar de forma constante todos los tejidos, de manera que sean capaces de funcionar en las mejores condiciones posibles, aunque vayan pasando los años. De esta forma, las células de esos tejidos que van envejeciendo, pierden la capacidad de desempeñar su función óptimamente. Por ello, han de ser reemplazadas por células nuevas que trabajen al 100%. Y para que sea posible la construcción de nuevas células en todos los tejidos, necesitamos obligatoriamente la presencia de proteínas. Estos nutrientes son los encargados de posibilitar la regeneración de todos nuestros tejidos. Por este motivo, en nuestra alimentación diaria, han de estar presentes. Presentes en cada una de las comidas que hagamos a lo largo del día. Y es que, al contrario de lo que ocurre con los hidratos de carbono y con las grasas, las proteínas no tienen la posibilidad de ser guardadas en almacenes corporales, para luego ser utilizadas. O se usan, o se eliminan. Por ello, ha de haber proteínas en el desayuno, comida y cena.

Las cantidades diarias recomendadas (CDR) para una persona sedentaria, están en torno a 0,7-0,8 gramos de proteínas por cada kilogramo de peso corporal. Así, por ejemplo, una persona que pese 65 kilogramos, ha de tomar alrededor de 45,5-52 gramos de proteínas al día. Con esa ingesta, tiene suficiente para que su organismo pueda regenerarse completamente. Pero en los países más desarrollados, esta cantidad se sobrepasa con creces, siendo incluso el doble de las CDR, en detrimento de los carbohidratos. En definitiva, se toman demasiadas proteínas y pocos hidratos (en términos generales).

Curiosamente, antiguamente, los porcentajes de proteínas y carbohidratos que se tomaban, eran más adecuados que los de la mayoría de la población actual. Corrían los tiempos en que los campesinos se alimentaban de lo que la tierra les proporcionaba. Comían abundantes hidratos de carbono, procedentes de los cereales y las legumbres que cultivaban, siendo la carne un “manjar” que tomaban en menor cantidad de lo que se hace ahora. Por el contrario, las clases adineradas, supuestamente se alimentaban mejor porque disfrutaban de una ingesta mayor de alimentos más caros. Pero nada más lejos de la realidad. Su aporte proteico era excesivo, y los hidratos de carbono eran escasos. Algo similar a lo que ocurre en nuestros días.


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