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ACTUALIDAD | REPORTAJES | 09 de Enero de 2018

49º Sur. El Volcán Lautaro. Donde viven los sueños

Pedro Cifuentes, Alberto Mediavilla y José Allende, ascendiendo al Volcán Lautaro. Foto: José Allend
Pedro Cifuentes, Alberto Mediavilla y José Allende, ascendiendo al Volcán Lautaro. Foto: José Allende

Pedro Cifuentes es un viejo conocido de todas y todos los lectores de Barrabes. El conquense ha realizado algunas de las escaladas en solitario más comprometidas de la última década, como la que realizó en la Torre sin Nombre, Pakistán, en donde encontró su límite, o la 1ª Travesía Integral de la historia a las Torres del Paine, tras 29 días escalando en solitario.

En esta ocasión, acompañado por el también escalador y alpinista Alberto Mediavilla y el fotógrafo José Allende Marcos, se adentran en el Campo de Hielo Sur Patagónico con la intención de ascender el volcán Lautaro, la mayor cumbre del Campo.

Una experiencia muy diferente a la que Pedro nos tiene acostumbrados, pero -como bien dice Alberto Mediavilla- intensa y salvaje.

Grandes paredes patagónicas en el camino del Volcán Lautaro. Foto: José Allende
Grandes paredes patagónicas en el camino del Volcán Lautaro. Foto: José Allende

TEXTO: Alberto Mediavilla
FOTOS: José Allende Marcos

Pedro Cifuentes cuenta con el apoyo de Rab y Lowe Alpine

Patagonia


Patagonia es un lugar…¡intenso! Intenso por su climatología extrema y caprichosa. Intenso por sus dimensiones desproporcionadas, tanto verticales como horizontales. Y también intenso por las experiencias que se viven en ese entorno. Por eso, al regresar de una expedición sin conseguir el objetivo pretendido, no tengo del todo claro si ha sido un fracaso, o no. Pero contemos la historia desde el principio…

Después de un primer intento hace más de 10 años en el que no teníamos ni idea de dónde nos metíamos, nada más asomarnos al Paso Marconi y ver la inmensidad del Campo de Hielo Patagónico Sur me di cuenta de que aquel traje nos iba demasiado grande; pero también me quedó claro que quería navegar por ese profundo mar helado y que quería ver el Océano Pacífico desde la cumbre más alta de la zona: el volcán Lautaro.

Unos años después, con las cosas más claras y con un compañero con amplia experiencia en la zona, fue el habitual mal tiempo local el que no nos dio opción ni siquiera a acercarnos, pero al menos pude completar la vuelta clásica por el Paso del Viento, lo que me aportó una buena experiencia para futuros intentos.

Y me vuelvo a presentar por Chaltén a mediados de Octubre con mi amigo el fotógrafo José Allende, en su primera salida montañera fuera de sus Picos de Europa natales, en busca de la fotografía de sus sueños: una foto nocturna de la vertiente Oeste del Cerro Torre, y con Pedro Cifuentes, el conocido escalador solitario, al que no es difícil convencer para viajar a su amada Patagonia, pero esta vez para hacer una actividad completamente diferente a lo que acostumbra.

Pedro Cifuentes y Alberto MediavPartiendo hacia el Campo de Hielo Sur Patagónico. Foto: José Allende
Pedro Cifuentes y Alberto MediavPartiendo hacia el Campo de Hielo Sur Patagónico. Foto: José Allende

Volcán Lautaro, 3.623m


El volcán Lautaro (3623 m) es una montaña poco visitada a pesar de ser la mayor elevación del Campo de Hielo Patagónico Sur y de la que tampoco hay mucha información. Su lejanía y situación al NO del Paso Marconi –acceso habitual al Campo de Hielo desde la vertiente argentina- hacen que normalmente haya que pelearse con los vientos dominantes en la zona, que son precisamente del NO, por lo que las condiciones de la meteo, son determinantes: necesitamos –al menos- 3 días buenos, algo que apenas ha ocurrido en lo que llevamos de año, uno de los peores desde hace tiempo, nos dicen en Chaltén cuando llegamos…

Entrando al Campo de Hielo Sur, con el Fitz Roy de fondo. Foto: José Allende
Entrando al Campo de Hielo Sur, con el Fitz Roy de fondo. Foto: José Allende

En el Campo de Hielo Sur


La meteo durante las dos primeras semanas en el Chaltén sigue la tónica de lo que ha venido siendo todo el año: lluvia y viento, con algunas horas de tregua que solo nos valen para estirar las piernas mientras Pedro y yo tratamos de calmar el ansia de Jose cada vez que ve asomar un “huevo frito” en la previsión.

Pero todo cambia súbitamente cuando todas las webs meteorológicas que consultamos para la zona cambian sus previsiones anunciando nada menos que una semana de tiempo estable, soleado y sin viento. Nos cuesta creerlo y escribimos a nuestro amigo Juanjo Rodríguez, climatólogo de AEMET de Santander, que nos confirma los buenos augurios, y al día siguiente salimos con equipo, comida y gas para 12 días, por si la previsión falla y el buen tiempo dura menos de lo previsto, que aquí lo bueno suele durar poco. Las mochilas pasan de los 30 kg cada uno. En estilo alpino no vamos precisamente…

Con los esquís en el Campo de Hielo Sur. Foto: José Allende
Con los esquís en el Campo de Hielo Sur. Foto: José Allende

Las dos primeras jornadas, en las que tenemos que ganar algo más de 1000m de desnivel para montarnos sobre el Campo de Hielo, se nos hacen muy duras por el peso de las mochilas, hasta que la pendiente del glaciar nos permite pasar la mayor parte de la carga a las pulkas y, ya sobre los esquís y con buen tiempo, comenzamos a disfrutar como niños en Disneylandia: el Fitz Roy y el Piergiorgio nos reciben con un atardecer rojizo impresionante en nuestra primera noche en el Paso Marconi. Desde aquí, unos 40 Km nos separan de la base del Lautaro, en una jornada larga y en cierto modo monótona, pero que nos hace darnos cuenta de la inmensidad en la que nos estamos metiendo…

Un descanso en la travesía hacia el Volcán Lautaro, con la cantimplora de Barrabes. Foto: José Allende
Un descanso en la travesía hacia el Volcán Lautaro, con la cantimplora de Barrabes. Foto: José Allende

De camino a la base, alcanzamos a Emma y Jesse, una pareja de canadienses que van con nuestro mismo objetivo, pero con idea de subir con esquís hasta la cumbre; nosotros vamos con esquís de tipo nórdico para la aproximación, así que compartimos objetivo, pero con diferentes planteamientos: ellos saldrán hacia la cumbre la madrugada siguiente, mientras que nosotros sabemos quem sobre todo el descenso, nos llevará más tiempo que a ellos, por lo que decidimos esperar unas horas más, hidratarnos bien y recuperar fuerzas porque será un día largo.

El volcán Lautaro aparece en el horizonte. Foto: José Allende
El volcán Lautaro aparece en el horizonte. Foto: José Allende

Intento de cima en el Lautaro


Los canadienses llegan de la cumbre a media tarde, después de 11 horas de subida y 4 de bajada. Nos informan de una importante rimaya a mitad de la subida. Ellos la cruzaron por un dudoso puente de nieve por la parte izquierda de la subida y a la bajada optaron por el otro extremo, que tampoco estaba mucho mejor, pero de bajada con los esquís lo pasaron rápido.

Con estas excelentes referencias, salimos después de cenar, sobre las 11 de la noche. La luna llena nos facilita la visibilidad durante la primera parte de la noche y poco a poco vamos sorteando las primeras grietas. Siguiendo las indicaciones de nuestros amigos, nos dirigimos hacia la parte derecha de la ladera, esperando encontrarnos con la famosa rimaya.

Campamento bajo el volcán Lautaro. Al fondo, la vía de subida. Foto: José Allende
Campamento bajo el volcán Lautaro. Al fondo, la vía de subida. Foto: José Allende

Justo cuando la luna llena se puso por detrás de la cumbre y de hacerse de noche por completo, el viento empieza a arreciar y a enviarnos coladas de nieve polvo de las pendientes superiores, recordándonos que no estamos en Disneylandia. Al ganar una zona de mayor pendiente, atravesamos una zona con grietas bastante abiertas y pensamos que era la zona de la que nos avisaban los canadienses, pero no.

De repente me asomo a un abismo oscuro de unos 20 metros de ancho y que cruza la ladera de lado a lado. Esto era de lo que nos avisaban nuestros amigos y era peor de lo que preveíamos. Miramos el paso por donde bajaron ellos, pero nos obligaría a pasar mucho tiempo bajo un amenazante serac del que se aprecian restos de desprendimientos recientes a sus pies. Los canadienses pasaron rápido esta zona con los esquís, pero sin ellos valoramos la situación y tomamos la difícil decisión de darnos la vuelta.

Avalancha cayendo del serac, en el ascenso al Volcán Lautaro. Foto: José Allende
Avalancha cayendo del serac, en el ascenso al Volcán Lautaro. Foto: José Allende

Se hace duro tomar estas decisiones cuando tienes un sueño casi al alcance de la mano, pero el rugido de los seracs cayendo con los primeros rayos del Sol nos devolvieron a la realidad de que habíamos tomado la decisión correcta.

De vuela al campamento, Emma y Jesse nos reciben con café y galletas y nosotros compartimos con ellos el último alfajor de La Chocolatería que nos quedaba y que habíamos reservado para la cumbre. ¡Todo un ejercicio de cirugía dividir el alfajor en 5 trozos!

Hacia el Paso del Viento. El Chaltén


Pero la expedición todavía no había terminado. Aun nos quedan más de 80 Km de campo de hielo para salir por el Paso del Viento. Dos jornadas más en medio de uno de los paisajes de montaña más espectaculares del mundo, disfrutando del simple hecho de deslizar sobre los esquís, tirando de la pulka, mirando la cara Oeste del Cerro Torre.

Pero todo lo bueno se acaba y al salir del glaciar, hay que volver a pasar toda la carga de las pulkas a la espalda y el cansancio acumulado se empieza a notar. Otros dos días más, cruzando el mítico Paso del Viento –sin una brizna de viento- nos llevan de vuelta a El Chaltén, donde llegamos a primera hora de la noche, con todo el mundo saliendo de cenar y disfrutando de la fiesta de la cerveza artesanal y nosotros, rotos de cansancio con el pesado armario a la espalda, cerrando un bucle de 145 Km en 7 días de actividad.

Pedro Cifuentes y Alberto Mediavilla, de vuelta a la biosfera. Foto: José Allende
Pedro Cifuentes y Alberto Mediavilla, de vuelta a la biosfera. Foto: José Allende

Resumiendo: yo sigo sin ver el Pacífico desde la cumbre del Lautaro, pero disfruté de algunos de los mejores momentos que haya vivido en la montaña. José tampoco pudo sacar la foto nocturna que soñaba por culpa de la luna llena, pero ha traído muchas otras imágenes espectaculares que ya le están dando algunas alegrías y le van a abrir nuevos horizontes.

Y Pedro, vuelve con las pilas cargadas para centrarse en su objetivo de realizar la travesía del Fitz Roy en solitario, convencido de que prefiere arrastrar el petate por la pared, que llevarlo a la espalda…

¿Mereció la pena? ¡Desde luego!

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