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ACTUALIDAD | REPORTAJES | 01 de Diciembre de 2009

Esquí de travesía en La Meije

Por Xavi Fané  |  Comentarios (2)  | 

En principio, nuestras jornadas en el grandioso macizo de la Meije iban a ser un entreno para la Mezzalama, pero acabó siendo más, mucho más.
Por fin estábamos ahí, bajo la vertiginosa mole de la Meije, admirando sus sesgadas aristas y resplandecientes glaciares que brillaban cegadores en aquella diáfana mañana de mediados de abril.

Habíamos pasado la noche en el parking de la estación de esquí de La Grave que ahora, a estas alturas de temporada era una extensión vacía de gravilla, después de que Alfons Valls y David Rovira, mis compañeros de aventura, me recogiesen ayer por la tarde con la eurovan en la estación de tren de Grenoble, a dónde yo había llegado vía Ginebra desde Colorado.

El motivo principal de nuestro rendezvous alpino era participar juntos en el Trofeo Mezzalama, una de las más célebres pruebas del calendario competitivo del esquí de montaña que tiene lugar en los Alpes italianos de Cervinia. Para calentar motores en altura y afinar nuestra coordinación como equipo decidimos hacer una semana de “entreno” en éste enorme y recóndito macizo. La región se prestaba perfectamente para nuestros propósitos: pillaba relativamente cerca de Ginebra, a dónde yo había llegado desde los Estados Unidos, poseía buenas cotas en las que hacer los retoques finales de nuestro rendimiento en altura, y estando relativamente apartado del mogollón principal de los Alpes, nos aseguraba cierta paz y tranquilidad. Además, Alfons, bombero y alpinista incombustible, más curtido que el cuero de las botas de Gastón Rebuffat, conocía bien la zona y David y yo podríamos relajarnos un poco por aquello de confiar en su mano diestra y conocimiento profundo, o por lo menos eso creíamos entonces…

Las Tierras Negras

Claro está que no íbamos a imaginarnos que la primera prueba de fuego de nuestra salida y el primer obstáculo hacía esos incólumes glaciares que se elevaban por encima de nuestras cabezas fuese a tener lugar solo empezar. Acabábamos de salir, con mochila y esquís a la espalda, del apacible pueblo de La Grave y cruzado el río que marcaba el inicio de nuestra larga ascensión para acceder al glaciar de Tabouchet que por despiste tomamos una ruta ligeramente equivocada. El caso es que de golpe los tres nos encontramos en unas fuertes pendientes de una gravilla oscura e inestable, antiguos sedimentos glaciares, en las que era tentador sacar los crampones y piolet de no ser porqué estábamos a plena vista del pueblo y nos daba corte. Para alcanzar el lomo que por entonces habíamos deducido era por dónde discurría la “vía normal”, teníamos que superar una barra particularmente empinada y guarra si no queríamos perder altura y hacer una larga travesía para ganarlo. Ahí, en medio de ese cacao geológico y como quién dice todavía a tiro de piedra de la furgoneta, tuvimos nuestra primera crisis como equipo. Para el superdotado de Alfons, que era capaz de bailarte un foxtrot en medio de la norte del Eiger, aquello era un paseo por el parque pero para David y para mí se trataba de un reto a muerte. Al final y gracias a nuestra dramática insistencia, logramos convencer a Alfons de retrazar nuestros pasos y tomar el rodeo para alcanzar el trazado normal. Una vez pusimos los pies sobre tierra firme, un tanto zarandeados y sucios de carbonilla negra, empezamos a reírnos de nuestra inesperada aventurilla, pero su impacto fue profundo y en todo el viaje que frecuentemente aludiríamos afectivamente a éste como “el Incidente de Las Tierras Negras” (del catalán les terres negres).

Superadas esas dificultades uno podría pensar que a partir de ahí nuestro camino hacía el refuge de l’Aigle sería pan comido pero no fue así. Una vez nos pusimos los esquís y empezamos a subir las enormes palas que precedían la entrada al glaciar, la cosa volvió a complicarse. La nieve estaba dura y los cantos apenas si penetraban unos milímetros en la superficie rehelada de primavera y el patio que teníamos por debajo era considerable. Cada vuelta maría que hacíamos era una maniobra de espantosa precariedad y era inevitable pensar en las temibles consecuencias de un resbalón, excepto para Alfons, que parecía inmune a los tormentos psicológicos que padecemos los meros mortales. En mi cabeza no paraban de rondar las palabras de Alfons cuando esa mañana nos hacíamos las mochilas le pregunté si iba a agarrar las cuchillas para los esquís: “Yo hace años que no utilizo cuchillas para los esquís” me contestó tranquilamente, y ahora yo me maldecía a mi mismo por pretender que si a él no le hacían falta, a mí tampoco y no agarrarlas por aquello de minimizar peso.

Para complicar las cosas todavía más, piedras provenientes de las aristas superiores del Bec del Homme (3454mt), zumbaban constantemente a velocidades balísticas a pocos metros de nuestras cabezas. Era como si estuviésemos en una galería de tiro y nosotros fuésemos los patos de cartón.

Sin perder tiempo David y yo nos sacamos los esquís, nos pusimos los crampones y tan rápidos como nos permitía el cuerpo nos salimos por la tangente hasta ganar un lomo más allá de la trayectoria de los pedruscos. Alfons prosiguió tan tranquilo por su ruta suicida y nos re-encontramos más arriba, dónde la pendiente ya aflojó en algo y pudimos ponernos los esquís de nuevo. La parte superior del glaciar fue una gozada, todavía alcanzábamos a ver, aunque minúsculo, el pueblo de La Grave dos mil metros más abajo mientras seguíamos una arista desde la que se dominaba el Glacier del Homme y la mole de la Meije y sus cumbres circundantes.

De L’ Aigle al Promontoire

Ubicado a 3450mt de altura en un improbable peñasco con impresionantes vistas, el pequeño Refuge de L’ Aigle se me antojó, en mi neblinoso cansancio, como un castillo de hadas en un sueño fantástico. Brumas danzarinas flotaban en la luminosa cara este de la Meije y las grietas y seracs de su glaciar le daban un aspecto formidable y surrealista.

La joven guarda del refugio nos dio la bienvenida y nosotros nos instalamos en el ajustado pero acogedor espacio de su interior de madera adornado con viejas fotos. Solo había otra pareja de escaladores compartiendo el refugio y pasamos el resto de la tarde planeando nuestra ruta, bebiendo, comiendo, mirando revistas de alpinismo y relajando cuerpo y mente del considerable estrés sufrido en ese día. Por la noche empezó a soplar un viento que amenazaba con llevarse al pequeño refugio volando hasta Italia pero los cables que anclaban el refugio soportaron el embate y allí estábamos todavía por la mañana desayunando. Mientras nos preparamos David y yo le dijimos a Alfons: “nos encordamos ¿no?”. Los ojos de Alfons se hicieron enormes y soltó: “¡Hostia, la cuerda!”. Si las miradas pudiesen matar, Alfons hubiese caído como fulminado por un rayo cuando David y yo al unísono le clavamos una mirada incrédula. El caso es que Alfons se despistó y nunca agarró la cuerda que supuestamente él estaba encargado de llevar el primer día.

Cuando salimos al exterior el viento había amainado algo y solo unas pocas nubes desfilaban por los cielos, augurando un día más de buen tiempo. Ya con los esquís en los pies, los tres iniciamos una rápida travesía por el glaciar que nos llevó hasta el Passage du Serret du Savon, un portillón que da entrada a la zona superior del Glacier de La Meije, ya en la cara norte de la montaña, mediante una canal de unos 45-50º que quizás en condiciones óptimas sería esquiable pero que con la nieve variable y la profunda trinchera que había en el centro de la canal no nos dejaba más opción que destreparla. Ahí estábamos de nuevo, David y yo sudando cubos mientras lentamente bajábamos la canal con piolet y crampones sobre una capa de nieve inestable y poco cohesiva mientras Alfons lo hacía silbando y con las pulsaciones a 12. Alcanzado el fondo de la canal y ya con los esquís de nuevo en los pies iniciamos la larga travesía debajo de la cara norte de la Meije. El lugar era magnífico y de no ser por el detalle de no ir encordados hasta hubiese sido relajante. En camino hacía la Breche de la Meije, nuestro próximo collado, nos encontramos con varias cordadas que provenían de la Breche, que es el sentido normal del recorrido y que nosotros modificamos porqué sabíamos que el tiempo iba a cambiar y por lo menos queríamos haber hecho el tramo más alto y clásico de la travesía. Todo el mundo nos miró como si fuésemos marcianos, en parte por que íbamos a pelo, en parte por ir en sentido contrario. Nosotros nos sentíamos como si aquello fuese un juego a la ruleta rusa, nunca se puede saber cuando al glaciar le puede dar por engullirte.

La Breche de la Meije no era particularmente difícil, pero el lugar era impresionante, colgado entre afiladas aristas y gendarmes de granito rosáceo dominando tortuosos glaciares. Al otro lado de la brecha nos esperaba otra canal un tanto delicada por ser en una diagonal que iba por encima de una barra rocosa. Sólo tendría unos 35-40º pero una caída habría sido dolor de cabeza asegurado. Una vez abajo, en el Glacier des Etançons, solo nos quedó un descenso disfrutón hasta el increíble Refuge du Promontoire. Ahhh… ¡otro refugio de ensueño!

En la tormenta

Si el refugio de l´Aigle era todo carácter de otra época y elegancia de ubicación, el refugio de Promontoire era pura audacia. Atrevidamente construido en un balcón de roca apretado contra los contrafuertes de la cara sur de la Meije, el refugio ofrecía una imposible vista aérea del valle de Etançon y de la mitad sur del Parque Nacional de Ecrins. La espectacular inmensidad que nos rodeaba era acongojante. El interior era íntimo y luminoso, con ventanas a todos lados que te daban la sensación de estar volando en un avión de lujo. El guarda también era la mar de enrollado y simpático.

Al atardecer los cielos se taparon y empezó a nevar. La borrasca que la Méteo llevaba anunciando desde hacía días por fin llegó y al día siguiente todo estaba envuelto en una vorágine ululante que facilitó en gran manera nuestra decisión de quedarnos en el refugio holgazaneando todo el día, o como algunos dirían, haciendo entreno pasivo de altura. Además, Alfons y David (Alfons trabaja en el grupo de rescate de montaña en el parque de bomberos de la Seu d´Urgell y David en el cuerpo de policía autonómica especializado en accidentes de montaña de la misma zona) me pusieron al día de todos los cotilleos que corren en su ámbito de trabajo, que no son pocos ni aburridos.

Después de nuestra segunda noche de vientos huracanados nos levantamos todavía envueltos en el marrón. Por entonces ya habíamos desistido de nuestro plan de continuar la travesía saltando la Breche du Rateau para ir al Refuge de la Selle. La cantidad de nieve caída, que ya era más de medio metro, había disparado el peligro de aludes y los peligros objetivos eran demasiado elevados. Tendríamos que contentarnos con el plan B.

Hacía el mediodía la borrasca empezó a disiparse y sabíamos que había llegado nuestro momento. Solo para salir del refugio hasta el glaciar se tenía que atravesar una pala de unos 35º que con la nieve acumulada te ponía los pelos de punta. Yo era el primero. Cerré los ojos y apunté los esquís en diagonal hacía el glaciar murmurando oraciones a la virgen. No pasó nada y pronto David y Alfons se reunieron conmigo. No íbamos a ir al refugio de la Selle, pero si que sabíamos que el descenso valle abajo hasta el Refuge du Chatelleret iba a ser épico. La nieve era ligera y profunda y tan pronto hicimos los primeros virajes quedamos envueltos en una fina nube de nieve polvo. En las grandes palas que se desplomaban hacia el fondo del valle justo por debajo del refugio perdimos la noción de lo que era arriba o abajo, experimentando esa sensación de estar flotando en un medio mágico de gravedad negativa. De hecho, la experiencia nos gustó tanto que decidimos repetirla. Llegados al refugio, una construcción mucho más grande y monolítica que la de los anteriores refugios, dimos media vuelta y volvimos a remontar los casi 900mt de desnivel hasta el Promontoire. ¡Qué caray!, necesitábamos el kilometraje.

La segunda bajada no fue como la primera ni de lejos. En el tiempo de subida el sol había recalentado la nieve, y nuestros movimientos rítmicos y armónicos se convirtieron en un acto más bien cómico por lo espasmódico. De nuevo en el refugio, cuidado por tres simpáticas guardas, comimos un tentempié y por la tarde, continuando con nuestro plan de entreno para la Mezzalama salimos para hacer una sesión de técnica en los largos llanos que separan el refugio del pueblo de La Bellarde. Todo fue la mar de bien hasta que cuando dimos media vuelta David tomó el mando y se puso a marcar un ritmo in crescendo de carrera de esquí de fondo de 10km hasta el refugio y Alfons y yo le seguimos con la lengua fuera, sin decir una palabra pero pensando “¡Para de una puta vez David o a este paso llegaremos destrozados a la Mezzalama!”.

Y así es la vida

Al día siguiente bajamos hasta el bonito pueblo de La Bellarde en un plis-plas y de allí un taxi nos llevó de vuelta hasta La Grave. Esa misma tarde conducimos en la furgona hasta Cervinia y nos instalamos en el hotel proveído por la organización. En dos días era la carrera. Nos sentíamos preparados y listos para la acción. Al día siguiente hacía sol y casi calor y el Cervino se elevaba majestuoso de entre unas pocas nubes. Por la tarde salimos a estirar las piernas por las pistas en lo que era un tramo de la carrera y (por fin) hicimos una práctica esquiando encordados. Perfecto.

Por la noche empezó a nevar y a las 5 de la madrugada seguía nevando. Cuando todos estábamos en la línea de salida titiritando con el licra puesto se dio la noticia por el altavoz: la carrera se había anulado por mal tiempo y peligro de aludes.

Y así es la vida: a menudo la mejor experiencia se encuentra en el camino, no en el objetivo.


Descendiendo valle abajo hasta el Refuge du Chatelleret desde el Refuge du Promontoire. La nieve era ligera y profunda y tan pronto hicimos los primeros virajes quedamos envueltos en una fina nube de nieve polvo.


Preparando el material en el parking de la estación de esquí de La Grave

Al principio de la ascensión, dónde nos encontramos con nuestra primera dificultad, una pronunciada y resbaladiza pendiente de gravilla oscura, antiguos sedimentos glaciares.

Ascendiendo por el glaciar de Tabouchet

Subiendo por las palas que precedían la entrada al glaciar de Tabouchet

Llegando por fin, después del estrés sufrido en ese día, al acogedor Refuge de L’Aigle

En el Refuge de L’Aigle dónde su joven guarda nos dio la bienvenida

En el Glacier des Etançons, descendiendo hasta el increíble Refuge du Promontoire. ¡Otro refugio de ensueño!


La Breche de la Meije no era particularmente difícil, pero el lugar era impresionante, colgado entre afiladas aristas y gendarmes de granito rosáceo dominando tortuosos glaciares.

En el Refuge du Promontoire, dónde estuvimos holgazaneando todo el día esperando a que pasara la borrasca

Para salir del refugio hasta el glaciar se tenía que atravesar una pala de unos 35º que con la nieve acumulada te ponía los pelos de punta.

El refugio ofrecía una privilegiada vista aérea del valle de Etançon y de la mitad sur del Parque Nacional de Ecrins. La espectacular inmensidad que nos rodeaba era acongojante

En el Refuge du Chatelleret, dónde aprovechamos para hacer una sesión de técnica en los largos llanos que separan el refugio del pueblo de La Bellarde

En las grandes palas que había en el descenso desde el Refuge du Promontoire, experimentamos esa sensación de estar flotando en un medio mágico de gravedad negativa, envueltos en una fina nube de nieve polvo

Descendiendo hacia el bonito pueblo de La Bellarde

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Comentarios

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2 comentarios

2. angelillo-20 - 02 Dic 2009, 19:43
Que ganas tengo de estar otra vez por ahi, estuve 5 meses la temporada pasada, dentro de 15 dias voy para alla para otros 5 meses.

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1. quick - 01 Dic 2009, 21:26
Xavi, creo que eres la persona a la que más envidio en este mundo!

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