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ACTUALIDAD | REPORTAJES | 17 de Diciembre de 2010

La Rose et le Vampire, 8b, 1986. Le Bout du Monde, Buoux, Francia

Este fin de semana el gran Antoine Le Menestrel exhibirá su espectáculo callejero de danza vertical por las calles del centro de Vitoria, dentro del MendiFilmFestival. Una evolución vital que le ha llevado desde su posición de mito de la escalada libre al escenario central del Festival de teatro de Avignon con su espectáculo de altura. Recuperamos el emocionante artículo que escribió para CT hace unos años sobre aquellos maravillosos años de Buoux, que muestra como se gestó su camino hasta llegar a hoy

Una vez al mes, no siempre con exacta precisión, recibimos en nuestro inbox un guiño del pasado que nos deja con una gran sonrisa en la boca. Es Antoine Le Menestrel, contándonos sus novedades y pasadas y futuras actuaciones. Poco a poco, con el paso de los años, el nivel ha ido subiendo. Un día recibimos con alegría la noticia de que iba a actuar en el Patio de Armas del Palacio de los Papas, dentro del más prestigioso de los festivales de teatro del mundo: el Festival de Avignon. Y en el lugar en donde se encuentra el escenario central de esta cita, aprovechando los viejos muros de piedra de un palacio que una vez fue centro del universo occidental, Antoine y su compañía iban a desarrollar su espectáculo de altura.

Inevitablemente, cuando esto ocurre, no podemos dejar de recordar los años en los que se forjó el presente de Le Menestrel. Unos años libres, llenos de descubrimientos, en los que la fiebre de la escalada libre encendió los espíritus de muchos jóvenes. Algunos de ellos, los más preclaros, marcaron un camino que en ese momento no era sólo físico, sino también ético y estético. Todo estaba por crear, y la belleza y las normas de esa nueva relación con la roca nacían a cada paso en la pared.


Antoine Le Menestrel abrió la mítica “La Rose et le Vampire”, 8b, en el ya lejano año de 1986. Una obra de arte avanzada a su tiempo que escondía en su seno un secreto que marcó para siempre el camino del francés: el “croisé de la rose”. Un movimiento estético y necesario que, según palabras del propio Antoine, encaminó su futuro: “este movimiento me giraba la cara hacia el espacio y el mundo que me rodeaba, creando una relación con el asegurador y los escaladores. Con este nuevo movimiento, descubría otra dimensión de la escalada, presentaba mi futuro oficio de artista de la altura. Es un movimiento fundamental, ya que me ha permitido estar en alto y crear una relación con el público.

Este gesto se convirtió en inevitable durante mis danzas verticales. Lo exporté a los decorados de espectáculos y muros de las ciudades.”

Los que este fin de semana veáis “‘Urbanologues associeés’” el espectáculo de Le Menestrel por las calles del Casco Medieval de Vitoria, disfrutaréis con su danza vertical. Pero cuando estéis contemplándolo, no olvidéis el largo camino recorrido, porque verdaderamente estaréis viendo condensado el espíritu de aquellos años de gestación de esas nuevas éticas y estéticas de la escalada libre.

Aquí está lo que Antoine Le Menestrel escribió para nosotros hace unos años sobre La Rose et Le Vampire. Una verdadera declaración sobre unos años intensos, la edad de oro de la escalada libre, que emocionará a los que lo vivieron, y quizás haga sentir lo que significó aquello a los más jóvenes.


“LA ROSE ET LE VAMPIRE”, por Antoine Le Menestrel

En el valle que el río Aiguebrun ha trazado en pleno corazón del Luberon francés se alzan, imponentes, las paredes de Buoux, mítico escenario de algunas de las más audaces escaladas realizadas por los mejores escaladores de todos los tiempos. Patrick Edlinger y el recientemente fallecido Patrick Berhault, J.B. Tribaut, Laurent Jacob, Marc le Menestrel o su hermano, Antoine, autor de este artículo y aperturista de uno de las primeros 8b de la Historia, “La rose et le vampire” marcaron toda una época, nuevas tendencias, en las que escalar era un estilo de vida.

Los años 80 marcaron profundamente la evolución de la escalada deportiva. En Francia, toda una sucesión de vertiginosas ascensiones y escaladas en tenaz búsqueda de la alta dificultad, desarrolladas en medio de un clima de máxima “efervescencia escaladora” y de vivas polémicas por la utilización de seguros fijos o la apertura de vías desde arriba, tuvo como consecuencia que durante esos años Buoux fuera el “centro del mundo” para escaladores procedentes de todas partes.

Muchos se quedaron, como Antoine, quien ahora nos adentra en su particular universo vertical de roca mientras relata cómo fue la apertura de su vía, de “la rosa”.

“Las paredes de Buoux, ¡menuda historia!, desde las primeras vías abiertas en artificial con ayuda de clavos caseros hasta los pasos de alta dificultad. Con mis recuerdos os cuento mi Buoux y su conocida vía “Le Rose et le Vampire”.

La vida es una vía. La escalada nos revela, a través del espejo de la ascensión, facetas de nosotros mismos. La altura genera compromiso, nuestro compañero de cordada asegura nuestra vida. Al pie de la pared, la elección de una vía expresa un deseo. Elijo un universo, una dificultad, un compromiso, la belleza de una “línea”, su historia...

En el interior de estas tensiones se expresa mi deseo de escalar, como una necesidad primitiva. Buoux es un sitio mágico. Si el deseo crece en mí, es porque una historia vivida va a emerger a la superficie de mi ser, como burbujas de champán en un pequeño rincón del paraíso que el Aiguebrun recorre durante todo el año.

HISTORIA

La vida en Buoux comenzó en las rocas, hace 125.000 años. El hombre de Neandertal vivió aquí durante casi 90.000 años. Después, tras la última glaciación de Würm, las cavernas fueron ocupadas en el Neolítico, hacia el 6.000 A.C., como lugares funerarios, más de 200 tumbas fueron excavadas en roca viva.

En la alta Edad Media, el valle del Aiguebrun fue sin duda un centro eremítico, influenciado, a ciencia cierta, por una forma de ascesis venida de Siria: los estilitas (del griego stylos: columna). Estos “atletas de Dios” vivían sobre altas columnas, absolutamente inmóviles. Podemos atribuirles las cubas, escaleras, agujeros para vigas y acequias.

LA ROCA

La pared está formada por arenisca urgoniana, datando esta del Mioceno (de -25 a 12 millones de años). Se trata de una roca sedimentaria, formada por el apilamiento sucesivo de depósitos marinos: escalando un metro de roca se recorre, de media, una veintena de milenios de la historia de la Tierra. La roca de Buoux es única y muy buscada: sin fisuras, resistente al hielo, y de esta manera, al tiempo. Su nombre latino, “mola” (rueda de molino) procede del hecho de que fue utilizada para tallar las ruedas de los molinos. Las formas de la pared son redondeadas y acogedoras, incluso voluptuosas y de vivos colores.

LA APERTURA

En 1.985 estábamos, entre otros, Laurent Jacob, Fabrice Guillot, mi hermano Marc, Jean-Baptiste Tribout y yo al acecho de líneas cada vez más extremas y factibles.
Fue Laurent Jacob, para quien la apertura es una pasión sin límites, el que nos inició en los placeres del equipamiento; descubrir un itinerario, abrirlo de la mejor manera posible de forma que los escaladores tuviesen ganas de recorrerlo… en resumen tener el honor de firmar tu nombre al pie después de haberla concluido.
Laurent perfeccionaba sus herramientas sin cesar: guíndola, espitador alargado, taladradora… traía también escondidos en el tanga los anclajes para toda la banda de aperturistas que formábamos.
No queríamos forzar un paso en cada tramo al crear una vía, buscábamos más bien adaptarnos a la roca y seguir el camino por el que nos conducía la partitura mineral. No se trataba de rentabilizar un pedazo de roca, sino de seguir la llamada de una bonita línea.
Es un honor para nosotros, como aperturistas, el estar en contacto con un espacio virgen. Quedan tan pocos sobre la Tierra, son algo precioso.
Nuestro trabajo como aperturistas va a ser domar la roca desnuda y prolongar la creación transformándola. Esto es lo que yo llamo ser creativo en la adaptación a la roca...
Mientras descendíamos desde lo alto, una pregunta nos obsesionaba: ¿Había suficientes presas? Era la mayor incógnita.
El día en que, maravillado, descendí por primera vez, las presas estaban ahí, pero eran demasiado pequeñas para escalarla aquel día. A pesar de todo, la pasión por escalar me empujó a consolidar algunas presas y a agrandar otras, ninguna presa tallada surgió de la nada. La roca dictaba mi trabajo, pero yo aportaba una parte de creatividad suplementaria en un paso. Hubiese sido un honor el inventar “Le croisé de la rose” (el cruce de la rosa) pero lo único que hice fue revelar este movimiento original.

El ansia de expresarme abriendo una vía debía de pararse ahí. No todo era posible. Después de la apertura pensé que había forzado demasiado la roca. Fue la aparición de los muros de escalada lo que me permitió canalizar esta creatividad: en pared, de ahora en adelante, iba a abrir las vías respetando el terreno de juego. Podría crear sobre los muros artificiales, los cuales eran una válvula de escape para mis deseos frustrados de las vías originales. De esta manera me convertí en creador de vías sobre muro artificial, y más tarde en el primer aperturista internacional para competiciones.

Lo que me gusta de la escalada libre en pared natural, es el estar en relación íntima con la roca. Cuanta menos intervención humana voluntaria y creación de presas en la roca, más podrá mi “ser” escalador estar en comunión con el espíritu de al roca. El tamaño de las presas supone una relación con un aperturista.
Posteriormente camuflé una de las presas que había tallado para los chavales.
Me lancé al juego de “camuflar” las presas talladas, de la misma forma que envejecimos los clavos, y a servirme de las presas naturales.
“Camuflar” las presas es: • Retornar la roca simbólicamente a su estado original.
• Emborracharse de una purificación.
• Exaltarse gestualmente en un movimiento natural.
• Despertar en nosotros un impulso creativo.

UN CRUCE DE ENSUEÑO

Esta actitud creativa me permitió descubrir el “croisé de la rose”: el brazo izquierdo va tan lejos a buscar una presa a la derecha que obliga a la cabeza a ponerse bajo el brazo derecho; este movimiento me giraba la cara hacia el espacio y el mundo que me rodeaba, creando una relación con el asegurador y los escaladores. Con este nuevo movimiento, descubría otra dimensión de la escalada, presentaba mi futuro oficio de artista de la altura. Es un movimiento fundamental, ya que me ha permitido estar en alto y crear una relación con el público.

Este gesto se convirtió en inevitable durante mis danzas verticales. Lo exporté a los decorados de espectáculos y muros de las ciudades.
Esta vía ha significado mucho para mí, me transformó y cambió el curso de mi vida.
Nuestra práctica de la escalada evoluciona sin cesar, y la riqueza de nuestra actividad es la diversidad de los enfoques, cada uno con su vía.

ANTOLOGÍA SOBRE PRESAS

La presa es el apoyo sobre el cual reposa nuestra práctica, la escalada nace con la primera presa y acaba con la última.
Sin las presas los escaladores no existirían, pero es justo entre dos presas que nosotros vivimos realmente la escalada.
Cada presa es única y forma parte del patrimonio mineral y gestual de la escalada. Pero es también la parte más frágil de nuestra práctica; de forma voluntaria podemos romperlas, agrandarlas, taparlas, tallarlas, volver a taparlas, tallarlas de nuevo...
Se someten a los caprichos del aperturista y los escaladores.
Tienen también vida propia, se desgastan con el tiempo, se rompen al traccionarlas una y otra vez, inmediatamente después de llover las presas se vuelven especialmente frágiles… La tendencia de una vía de escalada es siempre la de ser algo más.
Una presa se desgasta con los pasos, una presa es siempre víctima de su éxito. Es la vida de una vía. Seamos educados con las presas, vosotros también, aceptadla tal como es, limpiaos bien los pies y escalad ligeros.
Una presa tiene su forma, su dimensión, su orientación, su color, es una nota de la partitura mineral y nosotros somos bailarines que interpretan esta coreografía.

Nosotros somos como una piedra que rebota en las presas.
Cada presa tiene otra al lado.
El “sin presas” no existe en la escalada.

Una presa conecta a todos los escaladores, es nuestro punto de contacto en el cual dejamos sangre y sudor, goma y tierra, magnesio y resina.
La presa es portadora de una incógnita, del movimiento que ella engendra.
La presa esconde una sorpresa.

LE BOUT DU MONDE.

La primera vez que descubrí este sitio, fue al cortar un árbol para despejar el comienzo de la fisura “Serge”. Se toma un bloque inclinado, como si fuese una rampa de lanzamiento, para desembocar en “Le Bout-du-Monde” (El fin del mundo). ¡Un lugar mágico! Imponentes bloques de roca bañados por el sol cubren el pie de vía, de sus poros emana una fragancia arenosa con colores del desierto.

Recuerdo: el sol se escondía lentamente, las últimas rimas luminosas se entrelazaban. Aparecí por una entrada silvestre que daba al “Bout-du-Monde”, teatro de numerosos combates, yo venía para escalar. Toda la fuerza, toda la energía acumulada durante el día se proyectaba en esta vía. Durante mis tentativas luchaba siempre con la misma intensidad, con la misma furia, con el deseo de encadenar movimiento tras movimiento. Adopté, antes de cada intento, un rito particular. Limpiaba las presas. Las tomaba en mis manos. Las masajeaba con mis dedos para amansarlas y prepararlas para el esfuerzo que seguía. Les daba confianza, de manera que surgiese un influjo. Mi material estaba bien ordenado para que en ningún momento obstaculizase la ascensión. Me encordaba a mi asegurador-cómplice que tenía mi vida entre sus manos. Durante mi ascensión él desenrollaba la cuerda de su cometa humana. De forma diligente hacía calentar la goma de mis pies de gato. Solo me quedaba dejar de lado todo el “cacao” mental, entrar en simbiosis con los elementos; la partitura mineral, el aire, mi vacuidad y el fuego de mi respiración...

Una y otra vez caía a unos metros del suelo. Me preguntaba qué es lo que me impulsaba a intentarlo sin cesar. ¿Mi misión sobre la Tierra era conseguir esta vía?
No tenía elección, la tenía marcada sobre mí, sin embargo una vía no podía resumirse en un movimiento. Me sentía poca cosa.
Después de los primeros bloqueos muy físicos, alcanzaba rápidamente las presas del paso-clave, un “cruzado de ensueño” que tenía lugar sobre una placa de roca configurada como un marco, como una pantalla de cine. Intentaba fusionarme, cayendo siempre al borde del marco. Me faltaba la sensación del gran día, de un estado de gracia que no dejaba de suscitar.
Poco a poco las sombras se estiraban, no quedaba más que un último rayo de sol, el espectáculo acababa, los actores estaban extenuados, frustrados. Volveríamos al día siguiente u otro día, ya que a veces dejábamos descansar a la vía. Al pie de “La rose et le vampire” una nube de pequeñas moscas sobrevolaba los robles con el último rayo de sol. A contraluz vi como una cabra se encaramaba a un árbol situado en la cima de la pared, era una buena señal. La parte más difícil fue superada en un abrir y cerrar de ojos, había logrado un éxito enorme.
En la cima de “La rosa…” el sol desaparecía detrás de la pared, era una buen presagio.
Era tan solo una etapa: la vía seguiría sin mí.
La roca es el vampiro pero la rosa es para vosotros.
Recibid mis más verticales saludos.

VERDON Y BUOUX, REFLEJOS DE UNA HISTORIA por Carlos García.

Ha transcurrido más de una década, desde que la zona de escalada de Buoux pasase a formar una parte de nuestras vidas, y acaparase la atención del mundo, con una escalada moderna sin limitaciones para la dificultad. Desde finales de los años ochenta hasta comienzos de los noventa, Buoux se convirtió en la escuela de moda más frecuentada por los mejores escaladores del mundo de la roca, y durante estos años mis visitas, tanto a Verdón como a Buoux, fueron largas y constantes.
En la Península, la práctica de la escalada más moderna era muy reciente, y la inquietud de nuevas referencias nos hizo buscar, en nuestro vecino país francés, una respuesta a lo desconocido e imposible. El gran Verdón y la pequeña Buoux fueron el referente.
Patrick Edlinger nos enseñó a escalar, y Verdón con sus largas rutas y escasos seguros, nos enseñó técnica con un alto grado psicológico y también la precisión en el movimiento. Un paisaje espectacular entre altas paredes, con el río de fondo y la verticalidad de su roca caliza, caracterizan esta gran escuela de escalada. Patrick era el Rey y Verdón era su reino. La proximidad entre Verdón y Buoux nos hizo descubrir un lugar más pequeño e intimista, un lugar tranquilo, con una historia humana palpable en sus rocas talladas por las manos de un hombre antiguo: tumbas, escaleras y relieves diversos; vestigios que comparten una constante en el pulular de la búsqueda de la ruta de tus sueños.
Patrick Edlinger, Antoine y Marc Le Ménestrel, Bruno Fara, Laurent Jacob, Fabrice Gillot, Troussier, Tribout, etc..., marcaban las pautas de la dificultad, con la apertura de las rutas más duras y espectaculares. Y la visita de los grandes mitos como Been Moon, Lynn Hill, Toni Yaniro, Didier Raboutou, Jerri Moffat, Wolfgang Gullich, Robert Cortijo y los compañeros, Patxi Arocena, Txema Gómez, Carles Brascó, Manu Beriain, Ana Ibáñez, Montse Pascual, Miguel A. Casals, Txavo Valés, Eduardo Burgada y tantos otros más, hacían de Buoux el referente para el resto del mundo y la constante visita de todos los amantes de la escalada y la dificultad.

“Hay momentos y lugares, donde se conjugan ciertas disposiciones y se produce el milagro de una comunicación entre muchos; algo común a todos...”


Antoine le Menestrel en el año 2000 escalando en solo integral “Le rose et le vampire”.


Integrante, junto a su hermano Marc, Laurent Jacob, Jean Baptiste Tribaut y Fabrice Guillot del famoso “gang des Parisiens” Antoine logró uno de los primeros 8b franceses que, llegaría a ser una de las grandes clásicas de las paredes de Buoux.

El pueblo de Buoux y sus paredes están situados a 10 km de Apt hacia el Norte y a 12 km de Lourmarin al Sur de un lado y otro del Luberon.

Las ciudades más próximas son Cavaillon a 36 km, Avignon a 57 km, Aix en Provence a 45 km y Pertuis a 28 km.

Le Menestrel tras realizar el primer 8b+ francés ‘La rage de vivre’ (1986), al unir ‘La rose et le vampire’ (8b) con ‘La secte’ (8a).

El “cruce de la rosa”: “este movimiento para mi es fundamental, ya que me ha permitido estar en lo alto y tener, mientras, una relación con el público”


Sector « Bout du Monde », en Buoux

Vías


Corrían los años 80: Carlos García escalando “Territorio de fievre” 7c+, en Buoux.

Escaladores de la Península en el Sector Bout de Monde.

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Comentarios

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3 comentarios

3. pppp - 18 Dic 2010, 19:30
¿Prolongar la creación transformándola? ESta vía fue un hito, pero a mí este escalador me parece un poco presuntuoso, y un pseudoartista...

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2. Unai - 18 Dic 2010, 13:29
Un artículo genial, Enhorabuena.

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1. justiciero - 17 Dic 2010, 21:22
Impresionante recuerdo, cuántas escaladas y cuántos sueños!!!! El paso de cruce fue famosísimo y muchos grandes se reventaron el hombro intentándolo. Hermoso artículo.

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