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ACTUALIDAD | REPORTAJES | 18 de Junio de 2011

The John Muir Trail. Una zambullida en el wilderness americano.

Por Xavi Fané  |  Comentarios (2)  | 

Es difícil imaginar para un europeo lo que es el Wilderness. Hasta tal punto que nosotros, desde hace ya años, hemos optado por no traducir la palabra, ya que en un solo nombre nunca nos han convencido las palabras que tenemos para ello en idioma castellano. Se trata de un lugar virgen, remoto e inmenso. Lo salvaje podría ser una traducción.

Aquellos que lo prefieran, pueden consultar la versión maquetada para nuestra revista Cuadernos Técnicos de los meses de junio-julio: www.barrabes.com/cuadernos/portada.asp



En otros continentes más grandes que la vieja Europa, esto sí que se da. En el oeste de Estados Unidos aún quedan zonas de Wilderness, en las que durante días puede transitarse por lugares nunca habitados y en los que no es posible el abastecimiento. Xavi Fané y Karen se sumergieron durante dos semanas en el John Muir Trail, que parte de Yosemite y termina a 4.418 m. de altura, en la cima del Monte Whitney.

“El John Muir Trail recorre el que posiblemente es el tramo mas espectacular de las majestuosas Sierras de California, desde el emblemático Parque Nacional de Yosemite hasta la misma cumbre de Mount Whitney (4.418 m.), 370 km. más al sur. En su trayecto, el sendero atraviesa dos parques nacionales (Yosemite y Sequoia-King’s Canyon) y dos zonas de Wilderness que juntos constituyen el pedazo de tierra mas largo sin carreteras, pistas, o pueblos de los USA. “

Los Estados Unidos son una tierra de superlativos. La gente, los osos, los árboles, los edificios, coches, TODO, parece tener una bizarra y a veces arrogante tendencia a lo desproporcionado y mayúsculo. Con esta tendencia hipertrófista, no debería de sorprendernos el que los recorridos de larga distancia, los “GRs”, también sean de talla XXXL. Los principales GRs de los USA siguen las diferentes cordilleras que cruzan el país de norte a sur y son el Appalachian Trail, cuyo aserrado recorrido va desde Canada hasta Florida pasando por los estados de la Costa Este y cubre 3500km, el Contimental Divide Trail, sigue durante 5000 salvajes kilómetros la dorsal de las Rocosas entre Canada y Méjico y el magnífico Pacific Crest Trail (PCT) que con sus 4.260 km. sigue las cordilleras del Lejano Oeste, también entre Canada y Méjico. Las distancias y perfiles que exhiben estos recorridos son algo realmente pasmoso.

Como Karen y yo no podíamos permitirnos el tomar 5 o 6 meses sabáticos para embarcarnos en una hazaña transcontinental, nos pusimos a buscar un recorrido que integrase lo mejor de lo mejor que los espacios abiertos de los USA tuvieran que ofrecernos en un formato mas compacto y manejable. Después de estudiar nuestras opciones y de consultar con nuestros amigos y expertos “mega-trekkers” Gary y Kiki, que han completado cada uno de los GRs americanos, al final optamos por hacer el John Muir Trail (JMT).

El compromiso de la ligereza

El JMT recorre el que posiblemente es el tramo mas espectacular de las majestuosas Sierras de California, desde el emblemático Parque Nacional de Yosemite hasta la misma cumbre de Mount Whitney (4.418 m.), 370 km. más al sur. En su trayecto, el sendero atraviesa dos parques nacionales (Yosemite y Sequoia-King’s Canyon) y dos zonas de Wilderness que juntos constituyen el pedazo de tierra mas largo sin carreteras, pistas, o pueblos de los USA. Si bien este aislamiento y la relativa pureza de sus paisajes fueron lo que más nos atrajo a hacer el JMT, a su vez también eran factores que tendrían su peso en la logística de la travesía.

Una cosa la teníamos clara: queríamos ir ligeros, o tan ligeros como nos fuese posible. Gracias al desarrollo de nuevos materiales, diseño y practicando la filosofía de sacrificar cierto porcentaje de comodidad en pos de ligereza máxima, la nueva escuela de ultralight trekking ha logrado rebajar de forma radical el peso que el caminante lleva a la espalda. Fieles a este credo, Karen y yo íbamos equipados con tienda y colchonetas superlígeras, un fogoncete casero construido con una lata de cerveza, chaquetas de duvet casi inmateriales y compartimos un solo saco de dormir (a modo de edredón).

Siempre hay el canibalismo…

Lo único que nos complicaba un poco las cosas era el asunto comida. En toda su respetable longitud el JMT jamás pasa por una sola población y los únicos puntos que ofrecen oportunidad de re-avituallar son los “ranchos” de Red Meadows, a 3-4 días de marcha desde Yosemite y el de John Muir Ranch, a 7-9 días de marcha (aunque también está el Vermilion Resort pero hay que salirse del JMT y añadir unos kms de camino). Ambos lugares aceptan envíos de comida que puedes hacer a tu propio nombre. Por razones practicas Karen y yo enviamos un contenedor plástico hermético lleno de comida al bucólico asentamiento de John Muir Ranch porqué se hallaba más o menos a mitad de camino. Llevar 7-9 días de comida encima es factible, pero dos semanas de alimentos nos hubieran obligado a cazar conejos y comer frutos del bosque, o peor, al canibalismo, como ya había ocurrido 160 años atrás y no muy lejos al norte de Yosemite cuando el Donner Party, un grupo de pioneros que buscando una ruta para atravesar las Sierras, fueron sorprendidos por las nieves y tuvieron que hincar diente unos a otros para sobrevivir.

Con todo, logramos mantener el peso de nuestras mochilas a niveles aceptables: cargados a tope no nos pesaron más de 18 kg. Sin duda eso fue lo que nos permitió completar la ruta en 14 días con un promedio de 26 km. y 1.000 m. de desnivel positivos diarios. No fuimos a un ritmo rompe-records pero tampoco a paso de tortuga ni mucho menos.

John Muir, pionero ecologista

Yosemite es pleno territorio John Muir (1838-1914), fue aquí, entre las cúpulas de granito y las secoyas gigantes, donde este personaje legendario y pionero conservacionista en el folklore norteamericano, encontró la inspiración visionaria, que le llevaría a dedicar toda una vida a proteger y a fomentar la naturaleza y los espacios salvajes del oeste americano. Nacido en Escocia, John Muir se mudó con sus padres a los Estados Unidos cuando tenía 11 años y se asentó en una granja de Wisconsin. Desde su muy temprano mostró una innata curiosidad por la naturaleza y después de estudiar en la Universidad de Madison durante tres años, se embarcó en una serie de viajes por medio mundo, hasta que terminó en California, enamorándose de Yosemite y echando raíces en su magnífico valle. Mediante su carismática influencia y duro trabajo, John Muir acabó por conseguir que Yosemite fuese denominado Parque Nacional, e inició con ello la posterior creación del extenso sistema de Parques Nacionales y zonas protegidas de “Wilderness” que son el verdadero tesoro de los Estados Unidos y el modelo de conservación seguido por el resto del mundo.

Fue el 10 de Septiembre, después de dos días largos de viaje en coche y tren desde Colorado y con la ayuda de nuestra amiga Kate para llevarnos las tres horas de coche desde Truckee, (nuestra parada de tren) cerca de Lake Tahoe, cuando por fin plantamos pies en el parking de Tuolumne Meadows para iniciar nuestra aventura. Nos sentimos excitados como niños justo antes de entrar en el zoo. Aunque hubiéramos querido empezar desde el “valle” de Yosemite (el verdadero origen del JMT), el cupo de permisos (hay que sacar permiso por adelantado a través del Parque Nacional) desde allí estaba agotado y no nos quedó mas remedio que salir desde Tuolumne, que restaba un día y algo a nuestro peregrinaje. Antes de empezar a andar pasamos a registrarnos por las oficinas del parque y allí también nos alquilaron los obligatorios contenedores a prueba de oso, unos engorrosos cilindros de plástico que todo quisqui ha de llevar si va a adentrarse en el backcountry. Lo peor era su peso, unos 1,5 kg. por barba, que añadían un lastre considerable a nuestros sueños ultralight pero al cabo de unos días nos adaptamos a ellos y los usábamos como taburetes una vez en campamento.

El camino se hace al andar

Los primeros kilómetros del JMT desde Tuolumne fueron mas una fervorosa romería que no una experiencia de montaña, el camino es un impresionante rio de gente. Familias enteras, hombres y mujeres vestidos como si fueran a ir al gimnasio, gente de talla y volumen extraordinarios… pero al cabo de un par de horas de camino, el gentío empezó a diluirse y los viandantes eran cada vez mas delgados e iban más cargados. Lyell Canyon, el valle que seguimos ese día, fue una perfecta introducción para adaptar piernas y hombros a las exigencias del trek, su desnivel era gradual y el camino liso como el trasero de un bebé. Al atardecer acampamos en una arboleda al otro de lado del perezoso río de aguas cristalinas, con tiempo de sobras para disfrutar de la puesta de sol y del magnífico paisaje del terreno alpino de Yosemite. Ese fue el día mas corto de todo el trek.

Al día siguiente y bajo los cielos perfectamente azules y despejados que nos acompañarían durante todo el JMT (el tiempo en Las Sierras californianas acostumbra a ser extremadamente seco y estable de junio a octubre), empezamos la larga ascensión hacía Donohue Pass (3369m), el primero de los 11 collados principales (y otros de menores) que íbamos a saltar en las dos semanas siguientes. El paisaje ese día fue un anticipo de lo que nos esperaba: granito por todas partes, magníficos lagos, arroyos cantarines, heleros de gran tamaño en las vertientes norte de las cumbres mas altas, árboles enormes y de bellas formas. Al otro lado de Donohue Pass dejamos atrás Yosemite y entramos en el John Muir Wilderness. Durante los próximos dos días, las cumbres de Banner Peak (3.942 m.) y Mount Ritter (4.005 m.) dominaron el paisaje con sus estilizadas siluetas y heleros perpetuos.

Malditos plantígrados

Fue en nuestra segunda noche, en el incomparable marco de lagunas azules y bloques graníticos de Island Pass que tuvimos nuestro primero y único encuentro con los ubicuos y molestos habitantes de la zona: el oso. Después de cenar, Karen y yo pusimos todos los alimentos en los contenedores a prueba de oso siguiendo el protocolo correcto cuando en territorio de plantígrados, pero como no nos cabía todo, pusimos los efectos de limpieza y un par de barras energéticas en una bolsa de plástico inodora que en teoría sella por completo los olores, así rindiendo su contenido invisible a toda criatura salvaje. Lo pusimos todo a unos 50 m. de la tienda en un lomo granítico que nos protegía del viento y cuando ya estábamos dentro de la tienda nos sobresaltó una conmoción proveniente del lomo. No teníamos duda: era un oso. Contra el aviso de Karen salí desnudo en el frío aire alpino e instintivamente agarré una piedra de considerable tamaño y la lancé con todas mis fuerzas a la ominosa (y enorme) sombra que se cernía sobre nuestros preciados alimentos. La piedra describió un arco perfecto en el crepúsculo y para mi sorpresa (y la suya) aterrizó en plena espalda de la bestia con un audible ZUNK! E inmediatamente salió disparada hacía la oscuridad. Los contenedores ni los había tocado, pero la bolsa estaba destrozada y sus contenidos desparramados por todas partes pero sólo faltaban las barras energéticas. Los osos de estas partes no tienen un pelo de tontos y seguramente no llegó a oler la bolsa pero al estar junto a los contenedores hizo una rápida asociación y decidió investigar lo que había allí dentro. A partir de ahí que siempre separamos la bolsa (una de nueva) de los contenedores y nunca volvimos a tener un problema.

Con tiempo llega la eficacia

A partir del 3er día todo empieza a ponerse en su sitio. Físicamente el cuerpo se adapta y encuentras tu ritmo. Cada día te sientes mas cómodo y capaz de poner mas kilómetros. La mente también se despoja de pesos y preocupaciones innecesarias y uno parece disfrutar mas de cada momento de la travesía. Andar, esa acción tan simple e innata, se convierte en un mantra balsámico y liberador.

También empiezan a definirse las rutinas cotidianas. Nuestra decisión de hacer la travesía en Septiembre nos pareció en su mayor parte acertada. Apenas si nos topamos con otros caminantes (un puñado cada día), cosa que sin duda hubiera sido otra historia de haberlo hecho a media temporada, la miríada de ríos que se cruzan (muchos de ellos sin puentes) y que a menudo son un problema en Junio y Julio por su caudal, en ésta época no lo eran y tampoco habían los molestos mosquitos que existen en gran abundancia durante los meses mas calurosos. Por contra, en septiembre los días eran mas cortos y las temperaturas mas bajas (entre 0ºC y -8ºC cada noche), lo que exigió ciertas adaptaciones en nuestros hábitos cotidianos. Por ejemplo, porqué las mañanas eran frías y nos levantábamos antes de que saliese el sol para aprovechar el día al máximo, pasábamos de desayunar (solo comíamos una barrita o algo así) y nos poníamos directamente a andar, luego a media mañana parábamos en algún rincón soleado y comíamos algo mas contundente. Luego por la tarde, a cosa de las 4, o las 5, parábamos de nuevo y cocinábamos mientras las temperaturas eran todavía agradables y después de cenar andábamos otra hora o así hasta que el sol se ponía y nos metíamos directamente a dormir en la tienda. Así también evitábamos dejar trazas de comida en el campamento que podían atraer a animales. De esa manera lográbamos andar unas 8-9h de promedio diario y sin tener que pasar frío en el campamento.

Tortilla de queso con pancakes

Al cuarto día entramos en la zona volcánica de Mammoth, el paisaje cambia, el granito da lugar a sedimentos volcánicos y rocas ígneas, el camino se hace mas polvoriento y los árboles parecen hacerse mas grandes en los fértiles suelos de cenizas volcánicas. Es aquí que pasamos por el Devil’s Postpile un curioso conjunto de columnas basálticas que atrae a miles de turistas en los meses de verano pero que logramos ver sin apenas nadie mas. Este es el único punto de todo el recorrido donde el JMT se acerca a una carretera y al final de esta se halla el Red Meadows Ranch, un conjunto de edificios con una tienda, un restaurante (excelente desayuno) y unas duchas gratuitas de agua geotermal que son una gozada.

Polvorientos y hambrientos como estábamos, los dos aprovechamos las ofertas de este enclave civilizado y al cabo de un par de horas de relajación e ingestión calórica reanudamos nuestro camino.

Los cuatro días siguientes nos llevaron a través de sin fin de lagos que como zafiros y esmeraldas te sorprenden con su vivo colorido y de bosques majestuosos que nunca han visto el hacha. Después de superar el collado de Selden Pass (3316m), un descenso larguísimo y caluroso nos llevó hasta el John Muir Ranch, el rancho privado y remoto que marcaba nuestro medio camino y era nuestro punto de re-avituallamiento. El lugar también era como un centro social en el que coincidimos con muchos caminantes que habían llegado hasta aquí con el mismo plan que nosotros.Mi única desilusión fue que allí no se vendían ni cervezas ni café… hubiera pagado lo que fuese por una cervecita fresca! Después de re-organizar las mochilas con nuestros víveres, andamos cinco minutos y acampamos a orillas del bonito San Joaquín River. Para completar nuestra jornada nos bañamos en las pozas termales que habían al otro lado del río, una experiencia impasable, y luego después de cenar, nos zampamos un postre de pastel de queso reconstituido que nos pareció divino.

A medio camino

La segunda mitad del JMT fue grandiosa. Tan pronto entramos en los límites del Parque Nacional de Kings Canyon y Sequoia la media de altura del camino aumentó y empezamos a pasar mas tiempo por encima de la línea de bosque y muchas de las cumbres que nos rodeaban sobrepasaban los 4000m. Uno nuestros tramos favoritos en todo el recorrido fue el que hicimos después de pasar noche cerca de John Muir Ranch. Ese día entramos en el Evolution Valley, un valle colgante excavado por antiguos glaciares en el granito circundante por el que el camino sigue los meandros del Evolution Creek hasta alcanzar el bucólico Evolution Lake, a orillas del cuál pasamos noche. Mas allá, encabezando el valle nos esperaba el collado de Muir Pass (3655m), en cuya cabaña fortificada (construida en 1930) hicimos parada obligatoria.

Debo de mencionar que en todo su recorrido, el camino nunca dejó de sorprendernos por su impecable construcción y buen estado de conservación, sin duda resultado del trabajo de los parques nacionales y de los miles de voluntarios pertenecientes a las organizaciones del JMT y del Pacific Crest Trail, que dedican buena parte de sus recaudos al mantenimiento de este. Igualmente era impresionante la limpieza y cuidado por el entorno que sus usuarios practican.

Nuestro día mas largo (37km y 2000m de desnivel) lo hicimos en el tramo que iba del bellísimo racimo lacustre de Rae Lakes, pasando por Glen Pass (3650m) y Forester Pass que con sus 4017m era el collado mas alto de la travesía. Los dos nos sentíamos fuertes y pletóricos y hacía una tarde magnífica en la que el humo, que según nos dijeron provenía de un gran incendio forestal que quemaba valle abajo y la luz del atardecer se juntaron para formar efectos mágicos sobre las cumbres de granito. Al alcanzar la cumbre de Forester Pass, el sol ya había desaparecido pero inmediatamente salió la luna llena, que brillante nos acompaño hasta nuestro improvisado campamento en la desnuda tundra de Diamond Mesa, ya entrada la noche.

Mount Whitney, un fin colosal

De los 14 días que nos pasamos pateando las Sierras Californianas, quizás el que destaca mas en mi memoria es el último. La noche antes de subir hasta la cumbre de Mount Whitney, que oficialmente es el final de trayecto del JMT, habíamos acampado a orillas del fotogénico Guitar Lake, situado justo debajo de su mole granítica. Era el mejor rincón dónde acampar antes de adentrarse hacía los pedregales superiores, pero porqué esa noche hizo un frío acusado (la tarde anterior nos nevó un poco) y los dos estábamos híper-excitados en anticipación a nuestra última jornada decidimos desmontar campamento a las 3 de la madrugada y bajo la potente luz de la luna llena, salimos camino a la cumbre. Era una noche de las mas bonitas que he vivido en la montaña. El camino no paraba de subir haciendo larguísimos zig-zags por un vasto y empinado canchal, mientras por debajo nuestro una ristra de lagos alpinos destellaban bajo los rayos lunares.Poco a poco las luces de otros montañeros fueron cobrando vida y pronto puntuaban el camino como luciérnagas. Ganamos la arista cimera con las primeras luces del día y aunque el camino seguía el lado oeste de la arista, de vez en cuando una brecha nos dejaba ver el horizonte púrpura que se iluminaba hacia los desiertos del este. Llegamos a la amplia cima justo cuando el sol despuntaba y allí, con los pies colgando en el vacío de la formidable cara este de Whitney y rodeados de un grupo de militares que había subido desde el otro lado, saboreamos el hecho de haber terminado el JMT.

Pero aunque el JMT técnicamente terminaba en la cumbre de Mount Whitney, todavía nos quedaba una buena pateada hasta el East Portal, el acceso “normal” de Mount Whitney, desde la vertiente este. Eran 2000m de desnivel que incluían un tramo en el que el sendero hacía 99 zig-zags, a veces cortados en roca viva, para superar los empinados canchales de la cara este. Allí empezamos a toparnos de nuevo con las ingentes hordas de fin de semana que peregrinaban hacía la cima mas alta del país (a excepción de Alaska). A nosotros solo nos quedaba disfrutar de las vistas, de las inolvidables memorias de nuestro periplo y deleitarnos pensando en las cervezas y hamburguesas que íbamos a tomarnos (y nos tomamos) en East Portal.


El camino se hace al andar













Tags: Alpinismo

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Comentarios

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2 comentarios

2. Jontxu - 20 Jun 2011, 09:37
Estoy de acuerdo. Las crónicas de tus viajes fueron de lo mejor de la revista durante muchos años.

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1. kuk - 18 Jun 2011, 23:13
Mi afecto a solobici decaio sin tu seccion. Para mi una alegria poderte leer con tu magistral narrativa. Sigue contandonos tus experiencias! Salut!!

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