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ACTUALIDAD | REPORTAJES | 12 de Agosto de 2011

Rabadá y Navarro revisited: El año de los espolones (I)

50 años del Espolón del Firé y del Espolón del Gallinero. 50 años, que se dice pronto. ¿Cómo puede ser que las vías y el estilo de Alberto Rabadá y Ernesto Navarro sigan teniendo ese aire de modernidad y vanguardia? Los días 15, 16 y 17 de agosto de 1961 la mítica cordada aragonesa abría el Espolón del Gallinero en Ordesa. Y los días 12, 13, 14, 15 y 16 de octubre de 1961 atacaban el Mallo Firé creando la imperecedera y legendaria obra de arte de su espolón. Este artículo quiere ser un sentido homenaje a los escaladores más visionarios que probablemente existieron en este país el siglo pasado.

El año 1961 fue bautizado por Alberto y David Planas en su libro Rabadá y Navarro. Sus vidas, su técnica y sus vías actualizadas (Barrabes Editorial, año 2002) como el año de los espolones. Ciertamente, no hay una manera más rápida y hábil de resumir en cinco palabras lo que no hace falta explicar en más. Si a un escalador le decimos las tres palabras “Rabadá”, “Navarro” y “espolón”, inmediatamente asociará dos de las grandes vías que la cordada aragonesa abrió con menos de dos meses de diferencia y que en este año 2011, cumplimos su medio siglo de existencia.

Queremos en este artículo utilizar los textos originales de Alberto Rabadá sobre sus dos grandes vías abiertas ese año, para expresar de la mejor manera posible –en primera persona- lo que sintieron los aperturistas de estas vías1.

Sobre las grandes Rabadá-Navarro existe un cierto consenso. La Oeste del Naranjo de Bulnes o Picu Urriellu, el Espolón del mallo Firé en Riglos y el Espolón del pico Gallinero en Ordesa son consideradas la triada imprescindible de la mítica cordada2. A ellas se les une también otras dos vías que completan el repóker, como son la Brujas del Tozal del Mallo y la Norte del Puro3, en Ordesa y Riglos, respectivamente. Compromiso, inteligencia en el trazado y audacia en la apertura, son las características que todas ellas comparten aún hoy en día, a pesar de que el equipamiento y la información que existe de estas vías ha menguado cierta incertidumbre sobre su recorrido.

Estas cinco vías son un ejemplo del tesón de Rabadá que culminó con Navarro lo que no siempre había empezado con la compañía de su compañero Ernesto. La Norte del Puro con Gregorio Villarig, el Espolón del Gallinero con Rafael Montaner, el espolón del Firé y la Oeste del Naranjo con Ernesto Navarro y la Brujas con Pepe Díaz, quien también estaría en la finalización de la vía.

El año 1961 fue prolífico para la mítica cordada aragonesa. Tres meses antes de ir al espolón del Gallinero, Alberto Rabadá y Ernesto Navarro abren una nueva vía juntos, acompañados de Julián Vicente, José Antonio Bescós y Rafael Montaner; se trata del Mango del Cuchillo, en sus amados Mallos de Riglos, calificándola como “no muy difícil, salvo los dos primeros largos”. Eso sucedió el 7 de mayo y el día 26 del mismo mes según el libro de registro, junto a José Soriano abren otra vía de la que no existe demasiada información en el mallo Aucaz o paredón de los Buitres.

El espolón del Gallinero, que asemeja una imponente proa que quiere surcar desde el norte el valle de Ordesa, fue siempre un llamativo desafío a los escaladores que veían desde su base como las sucesivas barreras de techos se interponían en el deseo de alcanzar los dos evidentes pasos en el camino a la cima: las grandes cornisas intermedias y la chimenea que muere en el final de la vía.

Estos días se cumple el aniversario de la apertura del Espolón del Gallinero, por eso en este primer capítulo vamos a centrarnos en esta primera apertura y en el siguiente capítulo trataremos la del Espolón del Firé.

El Espolón del Gallinero

“Es en junio de 1960, cuando en compañía de Rafael Montaner me lanzo al asalto de esta caótica pared de impresionante aspecto que domina provocativa el barranco de Cotatuero en el Valle de Ordesa.

Los primeros rayos de sol dan una hermosa nota de color al reflejarse en una de las cascadas del circo, que desde unos cientos de metros salta al vacío hasta encontrar de nuevo terreno firme a nuestra altura. Mientras mi compañero fotografía tanta maravilla yo organizo el material que habremos de emplear.

El primer contacto con la pared es agradable ya que ofrece una buena roca, excelentes presas y mejor clavazón. Inicio por el fondo de una fisura que arranca frente a un árbol muerto, principal protagonista de las fotografías, hasta alcanzar un punto estable donde hacemos reunión.

Con la mejor voluntad empieza a subir Rafael con la mochila a la espalda, pero desiste de ello y a partir de entonces será izada por la “triple”4 que nos ha de resultar más sano.

Continúa mi compañero la tirada siguiente desplazándose a la izquierda después de intentar por encima de donde estoy. Por allí se resuelve con más facilidad… en el principio, ya que después se encuentra con una chimenea corta cerrada por un extraplomo de piedras totalmente sueltas. Lo salva saliéndose a la izquierda con muchas precauciones para no echarse el extraplomo encima hasta que consigue situarse sobre él. Continuando a la izquierda por lo que supongo que debe de ser una glera, pues tal es la cantidad de piedras que va tirando para abrirse camino.

Por fin me comunica a voces que ya está en terreno firme y recupera la mochila, tras la que voy yo continuando las precauciones de mi compañero, por el que acabamos titulando “paso del humo”5. Sigo yo en vertical unos 8 metros hasta una cornisa a la derecha difícil de alcanzar, continuando por un diedro malo de clavar que desemboca en una faja o plataforma ancha que recorre toda la extensión de la pared… En el recorrido de la faja observo que falta un trozo de unos dos metros al mismo tiempo que sobre el hueco se forma una saliente panza que promete la cosa más fácil todavía. Un buen clavo a mi lado y colgándome de él consigo, al tercer intento, consigo tocar la otra parte de la cornisa, por entre la piernas veo a mi compañero que se está riendo por lo bajo observando mis titubeos. Pero como la risa va por barrios, un rato después soy yo el que me río por lo bajo y él el que echa tacos por lo alto cuando en esa misma postura lo tengo posando unos “instantes” para impresionar una tentadora fotografía en el que denominamos “paso del miedo”6.

A unos 10 metros del “pasico”, reunidos ya, deliberamos el camino a seguir, optando por el diedro que se ve sobre nuestras cabezas en el cual, mi compañero, superados los cinco primeros metros, se pasa a otro que sube paralelo a su derecha y de allí al canto, por el que en un delicado libre que me recuerda a algunos pasos de nuestros maestros Mallos de Riglos, alcanza otra cornisa. Como aún le queda bastante cuerda, decide continuar hasta situarse sobre una amplia plataforma al pie de una gran laja con “visera” hacia lo alto y partida en toda su longitud por una limpia grieta que invita a clavar sólo por el placer de hacerlo.

Reunidos de nuevo y como el día toca a su fin, decidimos aprovechar las últimas claridades para despejar la incógnita de la continuación al día siguiente. La cosa queda así aclarada, al comprobar que al otro lado de la laja pasando por debajo y continuando por un feo diedro se puede alcanzar otro rellano con posibilidades de continuidad. Dejamos esta tirada a medio clavar y nos dedicamos a “hacer por la vida”, ya que desde la mañana no hemos probado más que los clásicos terrones y alguna pasa.

Hoy le ganamos a madrugar al sol ya que cuando empieza a acariciarnos con sus tibios rayos nos encontramos en la tirada siguiente a la que habíamos dejado preparada. Entre el martillear de las clavijas se oye el placentero “runrunear” de Rafael que al sentirse tan cariñosamente acariciado está a punto de dormirse de nuevo. Pronto vuelve a la realidad al dar de narices con un extraplomo, donde tiene que echar mano de todos esos artilugios a base de anillitos de cuerda que tan buenos resultados le dan en los pasos más raros.

Un nido de buitres nos sirve de reunión y para punto de partida para la próxima cornisa, la que se sale varios metros de la vertical de la pared. La alcanzo tras una delicada travesía horizontal hacia fuera, a fuerza de apurar las posibilidades de la pared sumamente lisa. Desde esta nueva cornisa suspendida sobre el vacío contemplamos los tres techos en toda su “acogedora” magnitud. El primero sobre nuestra altura es liso y con las grietas cegadas, el segundo me parece más factible de atacar; de unos quince metros de fondo, consuela una grieta que parece resolverá por lo menos la salida. En cuanto al tercero, en fin, no lo miramos mucho. Por encima, un caos de rocas invertidas que semejan la dislocante filigrana de un alero Daliniano pone digno remate al mismo7.

Un vertiginoso diedro de redondeadas paredes conduce a mi compañero bajo un sol aplanador hasta la base del techo donde me recupera. Conforme voy subiendo estudio los puntos más vulnerables donde atacar el techo, y al reunirnos se entabla una polémica ya que, según Rafael, se ve más factible por el techo que hemos dejado abajo, el cual veo yo de peor solución que el que queda encima. Como no es cuestión de ir a comprobarlo sin intentar antes por éste, accede a asegurarme, un poco a regañadientes, mientras intento por una fisura semiciega a nuestra izquierda.

Consigo superar unos metros en la fisura a costa de fiarme de un par de malos clavos y apurando los estribos justo hasta que se sale el tercero y regreso junto a mi compañero por la vía rápida. Esta caída parece reafirmar a Rafael en su criterio, pero antes pruebo por el extraplomo en nuestra vertical, en el que con cuatro buenos clavos logro tocar el techo, pero aún aquí parece que las cosas no han cambiado mucho, ya que lo pulido de la pared hace presumir que habrá que taladrar para proseguir por ella. Por otra parte, la perspectiva de un abandono con semejante techo por detrás, sin haber dejado una cuerda fija que garantice el retorno, no anima precisamente, por lo que vuelvo a la reunión.

En un rappel descendemos hasta la cornisa suspendida donde a la vista del primer techo coincidimos en cuál será el camino al próximo intento. Decididamente habrá que ir por el de arriba.

Como para descender desde este punto necesitaríamos cuerdas de más de cien metros que garantizasen el poder tocar la pared en algún punto, optamos por realizar a la inversa el paso horizontal que nos había sacado por la mañana bastantes metros de la pared, con el fin de tender el rappel desde el nido de buitres. Ante el temor de continuar el descenso de noche, vivaqueamos bastante confortablemente en el nido y por la mañana en un rappel casi todo volado de sesenta metros y otro de treinta escasos, llegamos al suelo. Poco después nos hallamos “repostando” en el “Grifo del Gallinero”, copiosa fuente que mana en un grueso chorro toda el agua de un barranco de caudal respetable.

Agosto, 1961.- Es de noche cuando sudorosos y jadeantes subimos por el camino serpenteante que entre pinos y hayas nos dejará de nuevo al pie del Espolón.

Un alto en el camino junto al torrente nos permite contemplar la inmensa mole que con sus, no menos de trescientos metros fuera de la vertical, se yergue retadora ante nosotros. Al pie de ella, dormimos.

Me parece todavía no haber cogido el sueño cuando Navarro, que es mi compañero circunstancial, me “sugiere” que ya es hora de despertarse. Así lo hago, mientras subo los primeros metros de la pared casi una hora después tras haber desayunado copiosamente junto al “grifo”.

Como pisamos terreno conocido, los largos de cuerda se suceden a buen ritmo, alcanzando la cornisa suspendida con tiempo suficiente para dejar preparado parte del último diedro, en cuya labor se nos ha echado la noche encima.

Por la mañana termina Navarro la tirada que quedó a medio preparar, asegurándose en los clavos que pusimos para rappel el año pasado, y me reúno con él preparado para dar la batalla definitiva a esta pared. Aprovechando los clavos que en buena hora quedaron puestos, subo los tres metros que me separan del techo, en el cual logro colocar otro pitón del que, colgado, alcanzo una semiciega fisura que me vale para avanzar un par de metros precariamente. Una pitonisa “made in circunstancias” en un trozo liso –que se desprenderá sola más tarde sin consecuencias pero con el consiguiente susto-, y continuo la artificial pitonando por el resalte que me he encontrado bajo una laja descompuesta que desprendo. Unos metros más allá alcanzo un nicho formado en el fondo de dos lajas suspendidas al final del techo, donde mientras dispara Navarro unas fotografías, contemplo el embriagador vacío que se abre a mis pies. Unos metros bajo ellos la pared se corta, volviendo a aparecer a mi vista un centenar más abajo y varios más adentro de la vertical en que me hallo.

Después de haber dejado bien atado el pasamanos, que en previsión de una posible retirada colocamos, pasa Navarro, tras lo que en la incómoda posición en que me encuentro me parecen siglos. Continúa él en oposición entre las dos lajas en las que se forma la cueva, consiguiendo llegar a una fisura que es el único sitio con posibilidades para continuar; la sube a base de escarpas y otros hierros grandes hasta asomarse sobre una arista que nos oculta la parte superior de la pared. A grandes voces me comunica que lo que nosotros creíamos un caos de extraplomos es en realidad una serie de cornisas, en la primera de las cuales se asegura para hacer reunión. Por mi parte me apresuro a abandonar el infecto nicho, que parece ideado para un martirio chino, y una vez que he llegado a donde está mi compañero, hago un largo de cuerda a tope en el que alcanzo, casi de noche, otra cornisa donde preparamos el segundo vivac.

Algo inquietos por la poco agua que queda en proporción a la pared por subir aún, nos sumimos en un reparador sueño que nos devolverá algunas de las energías que nos van a hacer falta.

Con los albores del día estamos ya en movimiento y, en la confianza de encontrar agua más arriba, terminamos con un bote de melocotón, que es el único resto de cosa líquida que nos quedaba, haciendo desaparecer parte del áspero reseco de la boca. Un rato después, de nuevo en acción, nos desplazamos diagonalmente a la derecha, entre un dédalo de cornisas que cruzan la parte alta de los tres techos, en las que verdaderamente se echa un poco en falta algo de base al estar sobre tanto vacío, y alcanzamos la zona de fajas herbosas en las que vista la abundancia de ellos titulamos “Jardín de los Claveles”. Se ve que la sed nos vuelve románticos.

Afortunadamente, antes de meternos otra vez en la roca nos encontramos con un manantial en una canal, el que casi agotamos, y con el repuesto de agua y el que la ha acompañado, iniciamos la parte alta del espolón surcada por una chimenea en que se centran nuestras esperanzas de terminar la escalada con cierta rapidez. En los primeros metros tenemos que desistir de ir por la chimenea y escalo un diedro en el que se puede clavar bien, y hacia la mitad, recupero a mi compañero que se encarga de subir el resto del diedro, ligeramente extraplomado por arriba. Después subo a mi vez una especie de canal con zarzas y mucha tierra en el fondo que continúa en una fisura estrecha que tengo que superar a base de hacerme polvo las rodillas, otro tramo de canal con tierra me permite parar para efectuar un relevo.

Unos metros más arriba, Navarro sube una bonita chimenea, que ni hecha a medida de cada talla, por la que se progresa con rapidez; y tras nueva reunión, ya de noche, seguimos apresuradamente hacia la cima, salvando dos largos de cuerda por una chimenea engañosa que aparenta unos techos en la oscuridad, que resultan –afortunadamente- buenos de pasar. En otro largo de cuerda más a cargo de mi compañero oigo algo de arriba y, apresurándome aún más, me encuentro trepando por una ladera herbosa cubierta lo mismo puede ser de edelwais (sic), que de margaritas sobre los que reposaremos esa noche, que bien merecido lo tenemos.”


A pesar de ser considerada como la más asequible de la tríada Rabadá-Navarro, el espolón del Gallinero fue la vía que más tardó en ver su primera repetición de las tres grandes de la cordada. No fue hasta 1969, ocho años después de su apertura, cuando G. Lastra, J. Lleonart y F. Mestres anotaron la segunda ascensión de la vía.

El diedro intermedio después del techo que evita la vía original, fue abierto por Xabier Ansa y Koldo Bayona en 1989, cotándolo con una dificultad de 6c, convirtiéndolo en una manera mucho más directa de acceder al diedro y chimenea superior, aunque mucho más difícil y expuesto que el recorrido clásico que recorre las fajas.

Actualmente, el Espolón del Gallinero es una vía repetida en múltiples ocasiones hoy en día. Su indudable belleza, su dificultad media y la abundancia de equipamiento para ser Ordesa, atraen a escaladores que buscan anotarse la vía menos comprometida de la tríada Rabadá-Navarro.

No hubo que esperar mucho hasta que la cordada volviera a firmar una primera. El 10 de septiembre de 1961, Rabadá y Navarro son acompañados por un jovencísimo Ursi Abajo para la apertura de la Vía de la Risa8.

El espolón del Firé, junto con la Carnavalada y la Directa de la Visera9, uno de los últimos problemas de los Mallos, fue a diferencia de éstos abierta sin utilizar el buril. Esta escalada había sido tentada por diversos grupos de escaladores, correspondiendo los intentos más serios a Rabadá y Navarro. Ya en septiembre de 1960 realizan dos intentos, los dos abortados por la lluvia, que les obligan a rapelar cuando están a un largo del punto clave de las tres fisuras paralelas10.

Agradecimientos: queremos expresar nuestra mayor gratitud al club Montañeros de Aragón, especialmente a Alberto Martínez-Embid, Ricardo Arantegui y Ángel López “Cintero”, por la colaboración prestada para acceder a los documentos originales.


1. Cfr. Cuadernos Técnicos nº45
2. Cfr. Cuadernos Técnicos nº45
3. Cfr. Cuadernos Técnicos nº38
4. La “triple” es la cuerda auxiliar utilizada para el intercambio de material entre los escaladores.
5. La denominación “paso del humo” ya había sido utilizada anteriormente por Rabadá en la vía Edil de Mezalocha. El origen es, al igual que en esta escalada, la dificultad que presentaba la escalada después de la chimenea. En la apertura de la Edil, Ernesto Navarro gritó: “Esto está muy jodido, Rabadá. No tengo de donde agarrarme” a lo que Rabadá contestó “Agárrate al humo de la chimenea”.
6. De nuevo otro nombre que se repite en dos lugares. La “cornisa del miedo” también se utilizó en la Peña del Moro de Mezalocha, haciendo referencia a una cornisa bastante expuesta, donde termina la “terraza del paraíso”.
7. Esos techos, que en el primer intento obligaron a descender a Alberto Rabadá y Rafael Montaner, finalmente fueron superados por Rabadá y Navarro. El techo inferior, que descartaron Montaner y Rabadá al retirarse, 15 años después se recorrió en la apertura de la Zarathustra y el superior es el que Rikar Otegui y Josune Bereziartu cruzaron en 2007 en la apertura de El ojo crítico.
8. Cfr. Cuadernos Técnicos nº50
9. Cfr. Cuadernos Técnicos nº42
10. Cfr. Cuadernos Técnicos nº49


Espolón del Gallinero, 5º largo, Diedro 6a+


Reseñas originales de puño y letra de Alberto Rabadá.

Croquis del Espolón del Gallinero

Croquis

Travesía del Jardín de los Claveles

6º largo, Techo.

Cornisa

Paso del Miedo

Chimenea final

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Comentarios

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1 comentario

1. Hautacuperche - 18 Ago 2011, 19:20
Por su historial, material... la mejor cordada de todo los tiempos.

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