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ACTUALIDAD | REPORTAJES | 22 de Agosto de 2012

Reportaje: Aigua Amunt, Aigua Avall; Espiadimonis, A4, 6b, 1.300m, Patagonia, en solitario por Sílvia Vidal

Informamos hace unos meses sobre la nueva ruta que Sílvia abrió en solitario durante 32 días en Serranía Avalancha. Este es el reportaje que ha escrito sobre la apertura, con las fotos que pudo tomarse a si misma durante la actividad.

Una apertura en solitario y en un lugar remoto. Tras fijar los primeros 350m hasta el campo 1, permaneció 32 días en la pared sin abandonarla. Descender rapelando le ocupó 3 de esos 32 días. 16 jornadas tuvo que permanecer en la hamaca por el mal tiempo. Sílvia se adentró en la pared sin ningún tipo de comunicación: ni teléfonos, ni radio, ni partes meteorológicos.

Texto y fotos: Sílvia Vidal

“Hay cosas de esta aventura que todavía me cuesta entender. Ha habido situaciones de no retorno, de aislamiento, momentos de mucha precariedad, dificultades para avanzar... que pusieron a prueba mi paciencia, entre otras cosas. También muchos momentos de placer, de alegría, sorpresa, ilusión, de estar muy a gusto, porque había ganas de querer estar, de querer vivirlo. Nunca sabes como irá. La duda y la incertidumbre son necesarios porque ayudan al deseo. Y si sabes que todo irá bien, ya no es un reto.”

Ya han pasado más de dos meses desde que he vuelto del viaje, dos meses y todavía no he levantado cabeza. Cuesta recuperar el cuerpo y la mente después de una aventura intensa. Cuesta adaptarse a una manera de funcionar diferente de la que has estado funcionando durante unas cuántas semanas. Cuesta digerir lo vivido y cuesta explicarlo. Pero cuando lo explicas empiezas a compartirlo y a la vez también empiezas a ponerlo en el cajón de los recuerdos.

Se ha acabado el sueño, hay que despertar, y al relatarlo te das cuenta que es una realidad.

La aproximación se preveía intensa, puesto que se tenía que ir abriendo camino y reencontrando los restos de marcas anteriores. Usamos el machete para abrirnos paso entre las cañas y árboles de la selva (valdiviana) y fuimos marcando puntos de referencia para poder encontrar el camino de vuelta.

Estar dentro de la selva rodeada de tanta vegetación y sin ver más allá que unos pocos metros ante ti, encontrarte el paso cerrado constantemente y tener que recular hasta encontrar una zona que permitiera continuar, cruzar ríos anchos y ríos estrechos, era parte de la tarea de aproximación. Aparte de cargar con los petates y mochilas de 25 Kg. Para la aproximación contraté dos escaladores argentinos (Dani y Dante), que me ayudaron a portear todo el equipo, la comida y una barca. Una vez porteado todo el material allí donde instalaría el campo base, al lado de un lago, en el extremo opuesto del cual surgía la pared, pasé dos semanas viendo diluviar y apenas pude fijar los primeros 350 metros de la pared antes de poder instalarme definitivamente.

Estos días previos fueron un preludio de lo que vendría pues la mayoría del tiempo lo pasé encerrada dentro de la tienda y sólo pude salir a escalar unos pocos días.

El primer día que pude salir hacía viento y las condiciones no eran las más perfectas pero tenía ganas de tocar la roca ya que la veía allá a lo lejos desde hacía días y todavía no me había podido acercar. También llovía, pero no con tanta fuerza y por lo tanto decidí salir de la madriguera, harta de tanta inactividad. El viento me llevaba hacia el margen del río y no era capaz de avanzar hacia la base de la pared. No podía remar en línea recta y si me despistaba mirando la pared o queriendo hacer una foto ya estaba de nuevo embarrancada. Cuando llegué por primera vez a la pared, después de unos cuántos esfuerzos, me esperaba la tarea de salir de la barca con el petate, el cual pesaba demasiado. Como pensaba que no lo iba a tener que cargar a las espaldas lo llené “a tope” sin pensar que se tuviera que sacar de la barca y que seguramente no habría un buen lugar donde tocar tierra para izarlo. La maniobra tuvo su gracia. Había traído una bolsa en teoría estanca, donde tenía toda la ropa seca para poder cambiarme una vez cruzado el lago y poder empezar a escalar seca, pero cómo llovía decidí no usarla y mantenerla seca.

Pasé toda la jornada escalando la primera parte de la inmensa pared (que resultó tener 1.300 metros en su parte más técnica, con 200 metros más de desnivel hasta la cumbre una vez terminada ésta). Aquel primer día escalé bajo una llovizna y al volver a la barca, al atardecer, vi que ésta había volcado y que la ropa que tenía estaba totalmente empapada; o sea que de estanca, nada... Ahora tenía la poca ropa de la expedición mojada. Y así seguiría durante la mayoría de los casi dos meses que pasé allí. Por suerte de vez en cuando salía el sol y entonces se secaba todo. Cuando hacía bueno podías estar a pleno sol con temperaturas de 28 ºC, pero al día siguiente podía estar nevando y a cero grados, a pesar de que lo normal era que lloviera y estuvieras a unos 8-10ºC con una humedad constante.

Finalmente, el día 8 de febrero me trasladé a la pared con la intención de permanecer en ella hasta que se pudiera hacer cumbre o hasta que tuviera que bajarme. Me había informado bien sobre lo que me podría encontrar en la selva y su aproximación, respecto a la pared que sale directamente del agua y sobre todo respecto a la meteorología, que es la que condiciona, y mucho, las posibilidades reales de escalar. Me advirtieron que intentar montar la hamaca en pared no era muy aconsejable debido a las cascadas de agua que se forman, que hacen que estar allí colgado sea peligroso. No es exagerado decir que se formaban ríos en la pared.

Una vez allí, la línea la elegí en función de los techos, pues era prioritario estar al cobijo para poder estar mínimamente en condiciones dentro de la hamaca. También era importante que la línea no fuera por donde acostumbraban a caer las cascadas. Pero no cumplí demasiado los requisitos que me había propuesto. El campo 1 de pared sí que se adaptaba a las condiciones debido a que era un gran techo que me protegía totalmente de las lluvias, pero una vez salía del techo ya me encontraba inmersa dentro del agua. Y es que el agua caía por todos lados, y techos grandes y buenos había pocos. Y el segundo campo de pared, que es donde mayoritariamente más estuve, era totalmente expuesto a las lluvias, y por lo tanto las sufrí todas.

La vida en la hamaca era un infierno. Dormía con la chaqueta y pantalones de gore-tex puestos, dentro del saco de fibra y éste dentro de una funda de vivac y encima de una esterilla aislante, pero aún así el agua se colaba por todas partes. Contemplaba las tormentas desde la hamaca, bajaba la cremallera y observaba los chorros de agua que manaban continuamente durante días y días, y que eran la causa de mi inactividad y también de mi desespero. Así iban pasando las jornadas hasta que un buen día aparecía el sol y todo adquiría otro color: el azul. Entonces salía de la hamaca al mismo tiempo que los tábanos hacían acto de presencia y observaba lo que estaba mojado. Era el momento de escalar.

Poco a poco iba avanzando. Tenía comida para 34 días y al final fueron 32 los que pasé en la pared, dieciséis de los cuales fueron de inactividad total, pero como preveía que habría tanta lluvia decidí traer más comida y menos agua en los petates, lo cual me permitiría aguantar mucho tiempo. Dentro del cómputo total de días se tenía que calcular los necesarios para la bajada. Contaba que me harían falta un mínimo de dos o tres días secos para poder rapelar toda la pared con los petates. Debido a las características de la pared (diedros, torres, fisuras, vegetación...) y al recorrido de la vía (largos, techos y travesías) los rápeles eran complicados y con aquellas lluvias no las tenía todas. No creo que hubiera podido recuperar ninguna cuerda. Así que cuando llevaba veinte-y-muchos días me tuve que plantear si había que abandonar o si tenía que seguir apostando para ir hacia arriba. El hecho de no traer ningún medio para comunicarme o para saber las condiciones meteorológicas hacía todo más incierto. Más que en otros lugares donde había estado, pues normalmente con mal tiempo escalo igualmente, pero aquí era imposible.

Por entonces la inquietud sobre qué hacer y como hacerlo se incrementó. Tenía que decidir qué hacer en cuánto viniera el buen tiempo, el cual hacía días que "brillaba" por su ausencia. Tirar hacia arriba significaba poder hacer cumbre (evidentemente no era una certeza absoluta, pues todavía quedaban unos pocos largos técnicos y unos cuántos metros más de desnivel que se intuían fáciles, pero que no había tenido la opción de ver y que, por lo tanto, eran una incógnita) e ir hacia abajo significaba poder salir de la pared, cosa que era bastante importante. Aún así, en el momento de decidir, elegí seguir hacia arriba, con el sentimiento de que todo iría bien. Esto significaba una gran dosis de optimismo dadas las circunstancias, pero precisamente era lo que hacía falta en aquel momento. Y pude subir y pude bajar. Y todavía me hago cruces de la gran suerte que tuve pues hizo mejor tiempo aquellos 5 días que en el resto de mes y medio que llevaba allí. Una vez abajo, después de tres días consecutivos rapelando y de tener que improvisar un vivac llegué al... agua. Hinché la barca que había dejado colgada en la primera reunión de la vía y empecé con los desporteos desde el lago hasta el campo base, donde estaba la tienda, toda enmohecida.

Al mismo día siguiente ya estaba desporteando el primero de los cinco paquetes de 25 Kg que tendría que bajar. Mi rodilla se resintió de tantos días de esfuerzo, de la debilidad que tenía y sobre todo de tantos días estirada en un espacio reducido cómo es una hamaca, y empezó a quejarse por las horas de andar y por el peso a cargar. Fui tirando y al cabo de unas horas, cuando llegué al primero de los ríos importantes que tiene la aproximación, vi que éste era totalmente infranqueable y que no podía pasarlo por ninguna parte. Fue un momento duro. Las lluvias de aquellos casi dos meses lo habían transformado. ¿Qué hacer? Si no podía pasar porque seguía lloviendo durante días o semanas, como ya sabía que podía suceder, ¿cómo me apañaría? Decidí no pensar y volví al campo base con la intención de ir tirando desporteos hasta el borde de aquel río y ver qué pasaba.

De nuevo la suerte fue en favor mío y durante 3 días consecutivos paró de llover y pude cruzarlo, no sin dificultades. Lo tuve que hacer en nueve ocasiones para poder pasar todo el material que bajaba. Una vez lo tuve todo al otro lado volvió a llover y todavía quedaba otro río que atravesar, éste mucho más grande, no tan fuerte pero sí con mucho más caudal y amplitud. La rodilla ya no podía más, hacía unos días que la tenía totalmente inmovilizada y me hacía daño, pero no tenía opción. Me planteé si abandonar todo el material e irme yo, porque tener que hacer el mismo recorrido tantas veces con peso y sin peso, adelante y atrás, en aquellas condiciones era desesperante, pero cómo igualmente no podría cruzar los ríos decidí seguir. Poco a poco. Una vez lo tuve todo al otro lado del último río sólo me quedaba cruzarlo para llegar a la carretera, a pocos metros. Lo intenté en numerosas ocasiones y por lugares diferentes, pero iba demasiado crecido y no podía adentrarme.

Me pareció muy triste tener que abandonar todo a 100m del coche después de los 7 días de penas y trabajos. Me parecía difícil de digerir, a pesar de que estaba contenta de haber podido bajar y estar tan cerca de la “civilización”. Estaba pensando qué hacer, cuando vi que unos obreros de la carretera, en construcción, me hacían señales. Yo no los oía bien y no entendía y seguí con mis preocupaciones, cuando de repente veo que una grúa (“oruga”) se pone a cruzar el río. Pensaba que se quedaría encallada, pero empezó a atravesarlo y se plantó donde estaba yo. Bajó el conductor (Claudio) y me hizo señales para que me acercara. Entonces entendí que habían venido a “rescatarme” y me metí en la cabina y puse los petates dentro de la pala. Dos días más tarde Gabi y Jorge me venían a buscar en coche para traerme de vuelta a Bariloche (Argentina).

El regreso hasta casa con transportes públicos, con petates pesados y sola sería otra historia para explicar.

Hay cosas de esta aventura que todavía me cuesta entender. Ha habido situaciones de no retorno, de aislamiento, momentos de mucha precariedad, dificultades para avanzar... que pusieron a prueba mi paciencia, entre otras cosas. También muchos momentos de placer, de alegría, sorpresa, ilusión, de estar muy a gusto, porque había ganas de querer estar, de querer vivirlo. Nunca sabes como irá.

La duda y la incertidumbre son necesarios porque ayudan al deseo.

Y si sabes que todo irá bien, ya no es un reto.


Vistas de la tormenta desde el campo 1 de pared


Subiendo los petates al campo 1

Rapelando hacia el campo 1 de pared, debajo de un gran techo

La vía

Iniciando la apertura del largo 17

Vistas de la tormenta desde el campo 1 de la pared

Rapelando el largo 16 durante la tormenta

Largo 7, el tramo más técnico de la vía

Subiendo hacia la cumbre, largo 20

Cumbre

Tags: Alpinismo

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Comentarios

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3 comentarios

3. Ciscu - 25 Ago 2012, 11:39
Aventura y alpinismo de verdad...!!!

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2. twight - 22 Ago 2012, 22:00
IMPRESIONANTE

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1. Llemualls - 22 Ago 2012, 10:41
Enhorabuena Silvia!! Menuda pedazo de aventura, tienes unos kojones enormes!!! Y ahora cuál va a ser la siguiente?? Cómo vas a superarte?? Saludos.

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