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ACTUALIDAD | REPORTAJES | 08 de Mayo de 2014

Por las montañas de Svalbard. José Mijares y Lonchas se internan 3 semanas en el Plateau y ascienden la cumbre más alta del Archipiélago

Lonchas, en las Svalbard, con el campamento cercano

“Slow travel”. Bonita manera de definir aquellos viajes en los que el cómo es tanto o más importante que el qué. También se emplea como “slow mountaineering”, referido al alpinismo realizado con pocos medios, en casa, sin prisas, sin grandes viajes ni objetivos.

José Mijares y Lonchas, viejos y entrañables conocidos de los lectores de www.barrabes.com, han vuelto a perderse por los grandes espacios vírgenes cercanos a su hogar en Cabo Norte. Es la quinta vez que José visita las Islas Svalbard.

José ha viajado por todo el mundo, y ha ascendido montañas por todo el planeta. Ha realizado numerosas exploraciones polares. Sin embargo, desde hace tiempo y por convicción, su forma de viajar tiene bastante que ver con la cercanía y el tiempo, más que con los objetivos y los números.

Algo que nos explica con suma claridad en estas impresiones que nos envía tras 24 días de solitario viaje con su amigo Lonchas, tirando de sus pulkas por los plateaus y glaciares árticos, y ascendiendo el monte Newton, la mayor altura de las Svalbard con 1.713m.

"Desde hace un tiempo, me dan pereza los viajes lejanos. Necesito una razón muy poderosa para cruzar medio mundo en pos de un objetivo. Las cosas que me inspiran ahora hunden sus raíces en el territorio que habito, a la manera que los gurús actuales denominan “slow travel”, y tienen bastante que ver con esa gente que recorre los territorios en donde vive buscando sus secretos a base de estudio e imaginación.

El planeta, a pesar nuestro, ya está explorado. Queda algo, pero no demasiado. Las grandes gestas, la época heroica y la guerra de banderas pertenecen a otra época. Y en ese afán por mirar con ojos nuevos lo que me rodea, Svalbard y Laponia se han convertido, además de en mi hogar, en mi campo de juegos.

"Tu patio de recreo", decía mi amigo Hilo Moreno, en donde ir a jugar cuando no había tiempo para otra cosa; un patio de recreo que ha terminado siendo un gran territorio cercano en el que soñar peligrosamente despierto con rutas entrañables y bonitas.

En este último viaje he vuelto con Lonchas a Svalbard. Era nuestro quinto viaje allí. No hay quinto malo dicen. Durante tres días nos acompañó un explorador que por diversas cuestiones y unas rozaduras en los tobillos se vio forzado a abandonar la travesía en un lugar cercano a Longyearbyen, donde ser recogido por una motonieve era “todavía” posible de una forma fácil y barata. Entendiendo estas dos últimas palabras en el sentido noruego del término.

¿El plan del viaje?: subir al Monte Newton, la montaña más alta de Svalbard (a 79º norte) y disfrutar del tiempo, de la soledad que adoro, y de la compañía de Lonchas.

Sobre el tiempo y otras cuestiones

La forma de medir las cosas, de definirlas, es relativa. Y en Noruega, entre sus ciudadanos, la forma de medir y describir los viajes en la naturaleza y la montaña (en realidad, todos los viajes) no tiene nada que ver con la que se acostumbra en otros lugares, que emplean sistemas más consumistas y objetivistas. Si alguien te cuenta en España, o en cualquier parte de Europa, que se va al Himalaya, la pregunta será a qué altura, a dónde, qué va a ver, con qué medios, a qué montaña, qué objetivos se plantea en el viaje.

Entre los ciudadanos noruegos esos datos carecen de importancia. Ellos no preguntarán adónde vas, o cuán lejos pretendes llegar, o a qué altura. Ellos te preguntarán cuánto tiempo. A un noruego se le encienden los ojos al pensar que te vas 3 semanas, más de 20 largos días, a disfrutar en completa soledad de la naturaleza salvaje. Si has recorrido muchos kilómetros, si has subido ésta o aquella montaña...todo eso es algo secundario. Para ellos lo importante es el tiempo.

Por eso, después de tantos años viviendo en el norte de Noruega, cada vez me asombro más cuando leo sobre esto en medios nacionales o internacionales, en foros, en blogs, cuando hablo con gente de fuera, y veo que su forma de medir tiene más que ver con objetivos que con el tiempo. De hecho, se considera que si las cosas se pueden hacer de forma rápida, eso es un plus, algo bueno, y no es extraño que alguien haga verdaderos malabares para poder hacer una cima en otro continente acoplando las fechas en un agónico estrés en el que lo importante es la cima o la foto, y no el disfrute mágico del tiempo.

Podemos leer en los foros con cierta asiduidad preguntas del tipo “tengo 11 días de vacaciones...¿me da tiempo a subir el Stok Kangri?; pillo 4 días de puente...¿me da tiempo a ir a Chamonix y hacer el Mont Blanc?”

Para un noruego, pensar que alguien pueda volar a Delhi, de ahí a Leh, 6 días de viaje en aviones y demás entre ida y vuelta, para luego en 4 días, corriendo, subir una montaña, bueno...no pueden entender algo así. Para ellos sería perder una maravillosa oportunidad de disfrutar de 11 completos días en la naturaleza.

Y como ya soy casi noruego para algunas cosas...también siento así.

Es cierto que, cuando se va sin ayuda externa, estos largos tiempos en la naturaleza en completa soledad implican una buena logística. Tienes que cargar comida, combustible, muchas cosas...y portearlo. Así que hay que ser realista, y encontrar el equilibrio lógico entre tiempo/logística.

Y ese equilibro, para mí, se encuentra en los viajes de 3-4 semanas de duración con mi pulka.

Puede que vistos desde fuera se consideren muy largos, porque es muy extraño para la mayoría pasar 24 días en la montaña, sea en el continente que sea, sin poder abastecerse de nada y sin ver a nadie. Sólo en las zonas árticas es posible ya algo así. Desde luego, no en el Himalaya.

Pero para mí no lo son. Considero este tiempo ni demasiado largo ni demasiado corto: lo suficientemente largo como para que sea un gran viaje que permite pensar, disfrutar del entorno, integrarte en él, echar de menos a los tuyos, tener deseos de volver a casa y satisfecho con una pequeña dosis de inmortalidad y con recuerdos a los que aferrarse cuando las cosas a tu alrededor se vuelvan sucias y turbias, y lo suficientemente corto como para poder cargar en una pulka que arrastras lo necesario para vivir todo eso.

El viaje

En este viaje de 24 días durante los que he recorrido 350km, lo que más me motivaba era esquiar un montón de glaciares sencillos que aún no conocía, atravesar el Plateau de Lomonosovfonna y esperar a tener el clima perfecto para subir a la cima del Newton. De hecho estuve un par de días acampado en su base hasta que la previsión me permitiera disfrutar de las vistas. Nada de fichar, foto y abajo; ni hablar.

El tiempo ha sido peor de lo esperado, con días de inactividad que aproveché para leer y pensar. Frio y viento, pero nada que no estuviera en los parámetros razonables de un mes de abril a 79º norte.

El equipo ha funcionado a las mil maravillas, cada vez llevo menos, cada vez necesito menos cosas. Y Lonchas se ha portado como un campeón. No ha tenido problemas en las patas como el año anterior, ni problemas con la comida, ni problemas para arrastrar su propia pulka; no ha tenido ningún problema, en realidad. Si los tuvo en otros viajes pasados fue por mi desconocimiento y haber aprendido a solucionarlos me ha gustado especialmente.

Regresar desde el Monte Newton a Longyearbyen y recorrer los 180km que los separan sólo me costó 6 días; en parte porque estaba muy fuerte, en parte porque aprovechando la semana santa los fanáticos de las motonieve habían dejado unas huellas espectaculares en algunos tramos que yo podía esquiar a toda pastilla, y en parte porque disfrutaba tanto de esquiar que me pegaba jornadas de 10 horas al día por puro placer.

Mientras volvía pensaba que sumaba más de 1000km por Spitzbergen, que había acampado 81 noches, que había visto aves, focas y osos, que había sido feliz y, sobre todo, que esta es la clase de viaje con el que soñaba cuando era un niño asombrado: una helada y remota isla, un viaje con esquíes y perro a una montaña lejana y solitaria, con el termómetro por debajo de -30ºC y una sonrisa en la boca porque aún así no tienes frío, estás bien, y sobre todo porque estás donde quieres estar, haciendo lo que quieres hacer.

En eso iba pensando cuando un helicóptero pasó por encima de nuestras cabezas mientras avanzábamos por el Plateau. Quizás iba a un rescate, quizás a un reconocimiento, quizás trasladaba a algún científico, no lo sé.

Al vernos, el helicóptero, que iba a gran altura, empezó a descender, y se puso muy cerca de nosotros, prácticamente encima.

De repente imaginé que dentro iba un niño. Y que ese niño era yo, que miraba asombrado y con la boca abierta a ese esquiador con su perro, los dos solos avanzando por la llanura helada.

Y por un instante posé para ese helicóptero, para ese niño, para alimentar sus grandes sueños. Para mí mismo."


José Mijares

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Tags: ártico, Mushing

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Comentarios

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6 comentarios

6. raquel6878 - 09 May 2014, 20:27
Siento admiración por vosotros José y Lonchas!!!!!!! sigo todas vuestras aventuras!!!!!!

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5. forinest - 09 May 2014, 10:03
Relato redondo!. Has conseguido plasmar muy bien las sensaciones del viaje, que parece ha sido también redondo. Enhorabuena!

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4. Antontxu1 - 08 May 2014, 19:54
Estupendo relato, Me identifico plenamente con la idea de disfrutar de lo cercano antes de atravesar medio mundo, aunque por 'aquí abajo' esto es más complicado. Yo ya tengo claro que me subo allá arriba todos los inviernos. Sin embargo, la verdad es que ésta vez las motos de nieve nos han incordiado un poco, les he cogido una manía... en lo sucesivo habrá que elegir con más cuidado el destino, en el entorno de Abisko, Katerjakk y Altevatnet hay más gente con moto que con esquís. Un saludo y a seguir disfrutando!! Anton

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3. kerenin - 08 May 2014, 19:29
Realmente precioso, el relato y las imagenes. Y Lonchas..................sin palabras. Gracias por compartirlo.

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2. 7peakwolf - 08 May 2014, 19:13
Eres un Grande y Lonchas el más Grande de todos los que apareceis en Barrabes y otros medios. Dale a Lonchas un ABRAZO de parte de mi mujer y mia.

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1. Emilio49 - 08 May 2014, 18:31
Amigo José como siempre fantástico tu relato, que suerte tener un fiel compañero como Lonchas que nunca te dejara tirado, saluz y suerte

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