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ACTUALIDAD | REPORTAJES | 23 de Julio de 2015

Travesía de Islandia de sur a norte, a pie y en packraft



Hilo Moreno es otro viejo conocido de los lectores de Barrabes, habitual compañero de aventuras de José Mijares.
Hace poco, junto a Eduardo Muñoz, José C. Peñate y Juan Carlos Jiménez, cruzó de sur a norte Islandia, a pie y con los packrafts. Un invento que cada vez nos parece más genial, y que llena de posibilidades las travesías por el wilderness. Una barca/pulka muy resistente, que permite recorrer ríos hasta por rápidos no difíciles, y que plegada y desinflada apenas pesa dos kilos en nuestra mochila, reconvirtiéndonos en aventureros anfibios.

Aquí está el video, las fotos y el texto de su travesía:

“Hay algo en esto del ultraligero que, o no entiendo, o debo estar haciendo mal porque cuanto más ligero voy a un viaje, más pesa la mochila. Bromas aparte, hace poco acabo de volver de un viaje que sólo ha sido posible realizar con la filosofía más minimalista y el equipamiento más ligero. Hemos cruzado Islandia de sur a norte un grupo compuesto por cuatro personas. El viaje incluía muchos kilómetros a pie y unos cuantos en kayak hinchable, todo ello en autonomía y sin asistencia del exterior, de ahí el peso a cargar. Un viaje anfibio en el que hemos pasado los trece días calados hasta los huesos y entrando y saliendo del agua continuamente. Pero empecemos desde el principio y vayamos al origen de la historia, al nacimiento del anhelo, pues tras todo viaje siempre hay un anhelo inicial."

Hermenegildo, "Hilo" Moreno




UN POCO DE HISTORIA
Hace justo treinta años un grupo de españoles cruzaba Islandia de Este a Oeste. Era un puñado de jóvenes de entre diecinueve y veinte años. Al frente de aquella expedición había un chico llamado Ramón Larramendi quien años más tarde se convertiría en el artífice de una de las expediciones más importantes de España en las zonas polares, la expedición circumpolar en la que estuvo viajando durante tres años en el Ártico, pero esa es otra historia.
Las imágenes de aquel viaje fueron algo recurrente en mi imaginación durante mucho tiempo. Los años pasaron y mis ganas de visitar y cruzar el país siempre han permanecido en la recámara de mi imaginación, donde se guardan todos aquellos sueños y aventuras que seguro no dará tiempo a realizar, pero que sirve de guía para ir dando pequeños pasos por el mundo, o al menos intentarlo.

Pasaron los años y la oportunidad de visitar Islandia se presentó en forma de invitación de unos amigos a participar en un viaje a la isla. El tiempo y la disponibilidad no permitían un cruce horizontal de la isla pues trece días son muy pocos, pero sí se podía pensar en uno vertical. La formación inicial para esta aventura sufrió variaciones por diversos motivos desde el principio y al final estuvo compuesta por Eduardo Muñoz y José C. Peñate, dos bomberos de las Islas Canarias, y Juan Carlos Jiménez (Curro) compañero mío en la base antártica en la que trabajo desde hace nueve años, y yo.

PLANES
El plan también sufrió uno y mil cambios. En principio planeamos atravesar el glaciar Vatnajokull y bajar descendiendo uno de los ríos que de él emanan. Pero enseguida vimos que no sería posible dada la escasez de tiempo y el río, además, era demasiado técnico para descenderlo cargados como iríamos y con nuestro nivel de aguas bravas. Decidimos atravesar la isla por el centro, saliendo de las inmediaciones de Vik, en el sur y yendo hasta la localidad de Akureyri en la costa norte. Intentaríamos buscar un camino sencillo que nos permitiese avanzar veloces pues habríamos de mantener una media de casi treinta kilómetros diarios si queríamos alcanzar la otra orilla y eso, en un país con una climatología complicada como es Islandia, era algo que podía perfectamente no producirse.


HACIA ISLANDIA
Una tarde de mediados de junio nos juntábamos todos en el aeropuerto de Barcelona. Llegamos a Reykjavik y el equipo de Tierras Polares, la empresa creada por ese joven Ramón Larramendi que treinta años atrás había cruzado la isla y que nosotros ahora seguíamos sus pasos, o mejor dicho, los cruzábamos, nos prestó toda la ayuda necesaria para la logística.

Al día siguiente comenzábamos el viaje en Vik y la jornada transcurrió bajo una constante lluvia, al final del día intentamos vadear un poderoso río que salía de las fauces de un frente glaciar. Hicimos varios intentos y en uno de ellos casi acabamos en el agua cuando unos trozos de hielo, pequeños témpanos a la deriva, pasaron flotando con fuerza al lado de nosotros, casi derribándonos como si de una fila de bolos se tratase. Resignados, montamos campamento totalmente calados, con la promesa de cruzar el río en kayak al día siguiente. Y así lo hicimos. Fue el primer momento en que entraron en juego nuestras piraguas hinchables (packrafts), con las que cruzamos los ríos que nos resultaban imposibles de vadear a pie.

LA ELECCIÓN DEL MATERIAL
Muchos quebraderos de cabeza nos ha dado la elección del material para este viaje, su carácter anfibio y el desconocimiento del medio nos ha hecho tomar algunas decisiones arriesgadas en cuanto a qué material llevar. El punto crítico, como suele pasar en muchos casos, resultó ser el calzado. Al final la mayor parte de nosotros decidió emplear zapatillas ligeras para caminar y este es el único elemento en que, en mi opinión, fallamos. Ascendiendo metros en dirección al plató central y a partir del segundo día, nos encontramos nieve, mucha nieve. Según nos contaron luego se trataba de uno de los inviernos más nevosos que se recuerdan (no sé por qué siempre pasan estas cosas) y realizamos, prácticamente hasta el final de la travesía, todo el itinerario caminando por la nieve.

Elegimos llevar zapatillas en vez de botas debido a que las primeras son más cómodas de emplear a la hora de remar y en condiciones secas (sin nieve) funcionan perfectamente. Pero como dije unas botas hubiesen sido más prácticas y mejor aún, unos esquís ligeros, probablemente de backcountry hubiesen hecho acortar y disfrutar mucho más el tiempo que empleamos.


EN ISLANDIA
Las jornadas eran largas pues debíamos de mantener nuestra media de casi treinta kilómetros por día si queríamos llegar a tiempo y no perder nuestro avión de vuelta. Al llegar al campamento, o a los refugios en muchos de los casos, no todos podíamos echarnos a dormir de inmediato. Edu trabajaba en la construcción de su remo, pues había perdido parte de él en el camino. Su constancia y buen hacer le otorgaron como premio una herramienta final que funcionó perfectamente en los días de remada, incluso con corriente y rápidos fuertes.

La tarde del séptimo día, cuando caminábamos penando hastiados sobre la nieve profunda, un enorme río encañonado por paredes de nieve modelada por el viento apareció frente a nosotros. Pasamos un rato estudiando los mapas e intentando comprobar si su navegación podría beneficiarnos y determinamos acortar el recorrido paleando río abajo. A los pocos minutos nos encontrábamos remando en el agua helada, protegidos por altas paredes de nieve y hielo y disfrutando del placer de devorar kilómetros sin apenas esfuerzo. El río, según nuestro mapas, debería desembocar en un lago pero continuaba avanzando en la dirección ideal. Tuvimos que bajar a tierra para cotejar la información y al hacerlo constatamos lo que estaba ocurriendo. Nos encontrábamos en pleno deshielo y el paisaje aún estaba configurándose, esta es una constante en Islandia, todo está en movimiento y transformación perenne. El lago, aun vacío, estaba llenándose con el agua sobre la que nosotros remábamos.

Hay que adaptarse a esta transformación para recorrer su naturaleza y nosotros llevábamos, en nuestras mochilas, el equipo y los medios de transporte perfectos para hacerlo.
Las jornadas siguientes fueron las más penosas. La cantidad de nieve acumulada frenaba mucho nuestro avance y no encontramos más ríos que nos ayudasen en nuestro camino. Al menos la climatología nos acompañó y pudimos disfrutar de los principales glaciares de Islandia flanqueando nuestro camino a ambos lados. Los días se sucedían y los kilómetros nos iban desgastando pese a que el peso de la mochila se iba reduciendo. Por las noches montábamos campamento y desfallecíamos bajo un sol que nunca acababa de ponerse. El día número once de viaje llegamos al final del plató en forma de cabecera de un largo valle, verde y profundo, al fondo del mismo corría el río Eyjafjardará, que nos llevaría al final de nuestra travesía.

Me gustaría contar que en cuanto empezamos a remar nuestros problemas y sufrimientos terminaron al tiempo que íbamos empujados cómodamente por la corriente benévola del río. Pero no fue así. Lo que empezó siendo un recorrido idílico por un valle verde lleno de caballos y aves se convirtió en una pesadilla cuando caímos, sin apenas darnos cuenta, en una zona de rápidos. En pocos minutos el desastre se produjo en forma de vuelcos, perdidas de remo y barco e incluso magulladuras, heridas y una gran abolladura en el casco de José C. Peñate. Por suerte, no pasó nada más. Yo estuve más de una hora intentando recuperar mi remo enganchado en una estructura metálica en mitad del río. Al final lo conseguí y cuando pretendí salir del cauce encañonado y reunirme con los compañeros tuve el primer contacto directo e intimo con el pueblo islandés: un grupo de mujeres y hombres, blancos como la leche, se bañaban desnudos en las aguas termales que un pequeño torrente generaba junto al río.

Tardé tiempo en procesar la escena y no tuve el valor de pasar a su lado tras tantos días de aislamiento así que volví al cauce y me junté con mis compañeros tras seguir río abajo y llegar hasta un puente. El remo de Edu milagrosamente había aguantado pero el de José C. se había perdido corriente abajo. A parte de eso y de tener varias contusiones y las zapatillas totalmente rotas, no hubo más daños. Los últimos kilómetros los tuvo que realizar en coche gracias a la misma vikinga salvadora que había ido en quad a recuperar su packraft unos cuantos kilómetros encallado río abajo. Nosotros remamos, ahora sí, el resto de las idílicas aguas. Lo hicimos durante toda la tarde y hasta bien entrada la noche, si es que se puede llamar así al mágico momento en que el Sol, posado sobre el horizonte, ilumina con débil luz los reflejos del agua y de las montañas sobre el valle.
De esa manera montamos campamento muy cerca del aeropuerto de Akureyri que se encuentra sobre el fiordo de la ciudad y que sería nuestro final de viaje y punto de encuentro con nuestro compañero.
Al final todos nos reunimos al mediodía de la siguiente jornada. Realizamos el último tramo andando sobre el asfalto de la carretera pues hubiésemos tenido que remar un lago sin corriente y con viento en contra y juzgamos más rápido el caminar por la carretera. Los camiones retumbaban a nuestro lado, remojándonos con sus salpicaduras y barro, un final poco glamuroso para un viaje tan salvaje y remoto. Pero llegamos al fiordo, y con él al aeropuerto donde todos nos reunimos y abrazamos y pudimos, por fin, echarnos a descansar y poner nuestras zapatillas a secar tras dos semanas bajo el barro, la nieve y el agua.

Tags: video, islandia

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Comentarios

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3 comentarios

3. mickemazda - 28 Oct 2015, 16:19
Enhorabuena chicos... Me han encantado las imágenes, pero sobre todo el final con los agradecimientos a aquellos que os hacen tener ideas nuevas en la cabeza. Felicidades de verdad..

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2. carmont123 - 26 Jul 2015, 16:19
Vaya hermoso anhelo. Enhorabuena por saberlo cumplir. Y el vídeo, una preciosidad, incluida la música. Muchas gracias por compartirlo y que sean muchos más... Saludos.

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1. Jose Mijares - 23 Jul 2015, 10:28
Grandes!!!! Enhorabuena por la travesia amigos

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