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BLOG | NOTICIAS | 26 de Junio de 2003

Elena de Castro, Oriol Baró y Roger Ximenis casi son sepultados por un alud en Perú

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Por suerte, los tres se recuperan de sus lesiones en España, pero aún les cuesta creer lo que vivieron en el Campo Base del Copá, en la Cordillera Blanca de Perú, cuando literalmente media montaña se les vino encima.

www.uni-pau.fr 
La Cordillera Blanca en el horizonte 

Roger gritó y entonces, justo en ese momento, toda la onda de la gran avalancha nos alcanzó como una gélida ráfaga de viento que nos cruzó poro por poro cada tramo del cuerpo, y nos inundó de miedo y desesperación. Después de eso, un gran bloque me alcanzó en la cabeza y espalda como un golpe brutal, compacto y definitivo. Pensé que allí se había acabado todo, que había muerto bajo aquel bloque, pero no fue así, porque a pesar de que mi pecho estaba aplastado contra el suelo, pude toser, llorar y respirar. Inmediatamente oí los gritos de mis colegas aullando de dolor, con lo que me sentí muy agradecida de pensar que ellos también estaban vivos.

Llegó la nieve . Más tarde llegó la nieve, que pensé nos había cubierto por metros, y mi temor fue entonces morir asfixiados. Pero no resultó así, sólo fue mi sensación. Mis piernas y cadera estaban inmovilizadas por la nieve sobre ellas, pero no mi tronco, que pronto encontró la salida. Y allí, durante unos minutos enterrados, esperamos llorando el amenguamiento de la gran avalancha.

Después, ya seguros, comenzamos a movernos. Estábamos vivos, no me lo podía creer. Oriol se hallaba completamente ensangrentado debido a una gran herida en la frente, Roger no podía mover el hombro, y yo tenia dificultades para respirar y para actuar, debido al gran estado de shock en el que me encontraba. Tenía miedo de que lo que había quedado en la pared colgando de la nada volviera a desplomarse sobre nosotros. Entonces mis amigos me convencieron de que había que salir de allí lo antes posible, ya que nos habíamos quedado en cueros, sin tienda, sin abrigo, sin agua, sin comida, sin material... en definitiva, sin nada.

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Seracs en la ascensión por la normal al Copá, de casi 6000 metros 

Y nos quedaba media hora de luz, y a 5.300 metros no sobreviviríamos la noche. Cuando bajé la vista hacia lo que antes había sido un terreno glaciar, morrénico, de la erosión de tantos millones de años, no me podía creer lo que veía. Por encima de donde podía haber estado nuestra tienda había más de tres metros de hielo y roca. El resto del valle era ahora, durante kilómetros, un caos de nieve y hielo completamente nuevo y desolador.

Anduvimos como zombis durante toda la noche hacia el pueblo más cercano. Yo no podía dejar de preocuparme por el estado de Oriol, cuya brecha no dejaba de sangrar, y su andar era torpe y descoordinado.

Gracias a Dios yo me había puesto el frontal de luz una hora antes de la avalancha, no sé por qué, cosas del destino supongo, porque no hay cosa tan tonta que esa. Pero así lo hice, y fue mi linterna la que nos sacó de allí. A la una de la mañana, cuando llegamos a una pista entre dos pueblos, encontramos milagrosamente un camión de patatas que nos recogió y nos llevó al pueblo, donde a las 3 de la mañana despertamos al dueño de un coche que nos llevó al hospital.

Volver a nacer. El caso es que después de esta odisea, sólo tengo dos vértebras rotas y unos cuantos puntos en la cabeza, y la sensación de que he vuelto a nacer. Ha sido como sobrevivir a un terremoto, o un maremoto, un fenómeno que me ha hecho sentir lo vulnerables que somos los seres humanos ante fenómenos de la naturaleza.

Se nos han fastidiado las vacaciones, y todos mis planes de escalar grandes montañas en Perú y en California se han diluido. He perdido absolutamente todo mi material bajo el hielo, he sufrido mucha miseria y terror. Pero no me importa, porque me siento la mujer mas afortunada del mundo por tener unos compañeros de escalada tan eficientes que me espabilaron en el tiempo suficiente como para correr y ponerme relativamente a salvo.

La vida me ha dado otra oportunidad, he sido una superviviente de un espectáculo de la naturaleza tan gigantesco, que se me encoge el alma sólo de recordarlo.

Os deseo desde aquí lo mejor, porque yo ya lo he tenido. La vida me ha sonreído. Gracias a todos por vuestro apoyo.”


Carta publicada el 26.06.03 en El Heraldo de Aragón: www.heraldo.es


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