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BLOG | REPORTAJES | 26 de Agosto de 2002

Everest: La hoguera de las vanidades

Por Angela Benavides  | 
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Precios rebajados, promesas excitantes, aventura garantizada, aspiraciones... las más altas del planeta: a 8.848 metros. La temporada 2003 en Everest promete ser fructífera en cuanto a número de expediciones cuyos miembros... ¿Saben realmente donde se meten?

 
Muchos pretenden aplicar los valores del alpinismo a otras facetas de la vida 

El primero que....Como para ayudar a los ‘chicos de la prensa’, los mismos expedicionarios también llegan a envidiables niveles de creatividad a la hora de señalarse así mismos como algo sin precedentes. Por ejemplo, el Everest en la primavera 2001 fue una especie de show de los records: En la cumbre estuvieron Phil y Susan Ershler, el primer matrimonio que completa (ambos cónyuges) las Siete Cumbres; la primera mujer que sube al Everest por las dos vertientes (con oxígeno claro), el y la alpinista más veteranos, con 65 y 63 años; Apa Sherpa, que con esta lleva doce veces en la cumbre del Everest, el nieto de Norgay y el hijo de Hillary, con eso de rememorar; la primera expedición femenina estadounidense (incomprensiblemente, su guía era un hombretón llamado Dave) patrocinada además por Discovery Channel; también hubo un chaval de veintisiete que se proclamo el primer alpinista que sube a lo más alto tras haber sobrevivido al cáncer (enhorabuena , pero lo cierto es que apenas había subido un par de cuatromiles;y hubiera sido algo triste vencer a una enfermedad tan terrible para luego caer en una montaña por falta de experiencia). Esto de ser ‘el primero que ...’ empieza a rayar el absurdo. Ya hay ejemplos de alguno ascendiendo el Kilimanjaro en taparrabos, o recorriendo las montañas del Bhután en un monociclo.

El escalador solidario. Evidentemente, muchas de estas primicias tienen un interés más que relativo, por lo que en los últimos meses hemos visto una revolución de las ‘escaladas solidarias’. Se trata de subir al Everest, u otras montañas, “por una buena causa”. Lo que, en principio, parece una incongruencia (asimilar una grave enfermedad o la situación de un colectivo deprimido a una gesta deportiva) acaba teniendo su explicación en la recogida de fondos. Pero aún así, tampoco se entiende el supuesto sacrificio, a no ser que el oferente odie cordialmente la montaña, lo cual no suele ser el caso; el que recoge fondos, parece más bien (y esto es una reflexión no probada) que de esta manera otorga un barniz de altruismo, solidaridad y sensibilidad social a una actividad (el hecho de escalar una gran montaña) que, de otra forma, podría parecer a los no familiarizados, una extravagancia egoísta, peligrosa y carísima. Para algunos, es el colmo del cinismo. Para otros, lo más natural del mundo. Por ejemplo, la organización del famoso Maratón de las Arenas recomienda a los que se inscriban que, ya que van a hacer el esfuerzo, al menos recauden fondos y se esfuercen en conseguir contribuciones para ONG’s. Sea buscar doble publicidad, o sea aceptar que, al menos, las causas solidarias salen en fin beneficiadas, cada uno que juzge según el caso.

 
La dependencia del oxigeno puede acarrear problemas en caso de verse atrapados por un temporal 

Otros ascensionistas, y ése es otro cantar, pertenecen ellos mismos a estos colectivos con algún tipo de problema o minusvalía. Es el caso de Eric Weichenmayer, invidente, al antes citado superviviente al cáncer esta primavera en el Everest, a un estadounidense con las dos piernas amputadas en la misma montaña el año pasado, a un grupo de rusos hemipléjicos en Alaska, a un enfermo de riñón que necesita diálisis diaria en el Mont Blanc, etc. Expuesto así, suena duro. Ellos quieren demostrar que su supuesto ‘handicap’ no les condena a vivir menos intensamente. Tienen razón, y su esfuerzo es digno de todos los elogios. Consigan o no sus objetivos, al menos habrán hecho algo por ellos mismos y por otras personas que se enfrentan a la depresión de verse diferente en un mundo con cánones de validez cada vez más estrechos. Lo chocante es explotar únicamente su desventaja física o psíquica en su actividad (sea por parte de ellos mismos o de los medios).

El ‘trepa’ profesional. Por otra parte, otros no tratan de probar que son personas como las demás, sino, muy al contrario, que están por encima de la media. El que escala una gran montaña es, según muchos manuales de auto-superación, una persona aguerrida, que acepta riesgos, decidida, sufridora, dispuesta a todo por algo aparentemente sin beneficio. Por eso, en EE.UU., es muy común que alpinistas de cierta fama den conferencias en grandes empresas, no detallando la técnica de ascensión, sino equiparando su esfuerzo personal y sus motivaciones a la ‘gran montaña piramidal’ que es la compañía en cuestión, y cómo ir progresando por sus escarpadas pendientes. Otro estudio reciente refleja que los ejecutivos “agresivos” entienden el ocio de una manera similar a como emprenden su trabajo, y que prefiere los riesgos, las emociones, las aventuras y el exotismo, al descanso, la tranquilidad o la previsibilidad de las vacaciones familiares.

La variada fauna que satura los Campos base tanto con su presencia física como con la variedad de sus fines, tiende a crear ‘mal ambiente’ en estos lugares inhóspitos. Pese a todo, sin embargo, no debemos olvidar que, entre ellos, también hay gente que, simplemente, reúne el dinero, llega allí, sube y se vuelve. Tal vez su actividad no acapare mucho espacio en los medios; tal vez no sean figuras conocidas pero, al fin y al cabo, mantienen el espíritu que siempre ha guiado al montañismo, más allá de la fama. Todavía quedan ‘simples’ que aún, como Mallory, suben a las montañas “porque están allí”.

 
El Cho-oyu, uno de los ochomiles más visitados en otoño 

La premonición de los agoreros:

Entre todas estas tipologías, tenemos, claro, bastantes niveles. Sin embargo, lo cierto es que un grupo de agoreros ven en la conjunción de los astros como se van dando las mismas condiciones que provocaron una verdadera masacre en el 96. Ed Viesturs comentaba a la revista Outside, recientemente, que se publicaban las muertes del Everest, pero que no se decía nada de aquellos cientos de situaciones en los que un alpinista está en peligro de muerte, pero finalmente sale con bien del percance. Al parecer, los inexpertos no son capaces de discernir claramente cuando la situación se está poniendo peligrosa de verdad, por lo que se acaban exponiendo demasiado. El desastre ocurrido en el Everest se debió precisamente a que los ascensionistas apuraron demasiado su suerte, y un temporal que se veía venir les sorprendió, agotados, en los campamentos superiores. Esta primavera, una tormenta similar puso en un serio aprieto a varias personas que se vieron confinadas en el Campo IV , en el collado Sur, viendo cómo se agotaba el contenido de sus botellas de oxígeno mientras la tormenta les impedía salir de la tienda. Los terribles vientos de altura han causado al menos dos víctimas en el Everest y otra en el Makalu.

Como siempre, gran parte de las cosas que ocurren en las grandes montañas dependen son una cuestión de suerte. Ahora, una vez metidos en problemas que no hemos podido controlar, nuestra capacidad de tomar decisiones acertadas, de resistir sin perder la calma en condiciones extremas.

Lo que haya de ser, será

En resumen, que las cosas ya no son lo que eran en el techo del mundo y sus laderas. Que cambian las circunstancias de las personas y sus motivaciones, y que o merece la pena lamentarse de lo que ya paso, sino esperar a ver que pasa este otoño que está al caer, y el año 2003, el del cincuentenario. Puede que el mal tiempo no deje a los pequeños hombres acercarse a la cima donde habitan los dioses, o que se cumplan las leyendas de montañas sedientas de sangre que se tragan a los incautos alpinistas cuando, al descender, les vuelven la espalda. Puede que una ventana de sol lleve a decenas de astronautas de colores a copar la cumbre. No tenemos noticias de nadie que quiera enfrentarse al Coloso en solitario, por una ruta nueva, pero tal vez aún pueda aparecer algún valiente. El Campo base se prevé tan entretenido como la inauguración de una terraza de verano en una gran ciudad. Pero la pared Sur del Lhotse, insensible a todo, seguirá siendo fría y cortante en sus sombras de blanco. Todo cambia, sí, pero el viejo Sargamatha sigue siendo el mismo.


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