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BLOG | REPORTAJES | 06 de Septiembre de 2001

Walter Bonatti no perdona

Por Arancha Vega Rubio  | 

Han pasado 47 años desde que Lacedelli y Compagnoni alcanzaron la cumbre del K-2. Mientras miles de voces les aclamaban, una les acusó de abandonar a otro expedicionario a su suerte. El acusador no es otro que el abandonado que, increíblemente, sobrevivió a una noche a más de 8.000 metros y que, par

 
En la Actualidad, Bonatti tiene 71 años y vive junto al lago Como 

La versión oficial es la siguiente: en 1954 una potente expedición italiana, la "scuadra azzurra" (estaba formada por 11 alpinistas) emprende la ascensión al K-2, aún sin conquistar. A pesar de las tormentas, los expedicionarios van montando campamentos de altura, hasta llegar a nueve. Un joven Walter Bonatti, juega un papel importante en la conquista de la montaña cuando lleva, junto con un porteador, botellas de oxígeno a Lino Ladecelli y Achille Compagnoni, que se encuentran en el último Campo. Por alguna razón, no vuelve a los campos inferiores y tiene que pasar una noche a la intemperie en la "zona de la muerte", a la que sobrevive casi de milagro. Los dos italianos lanzan el ataque a cumbre y consiguen el triunfo aunque el oxígeno se acaba poco antes de la cima.

En esta historia de héroes y superación de los límites conocidos, aderezada con la muerte por edema de uno de los expedicionarios, otros con congelaciones, la conquista de la cima, el orgullo patrio, etc., hay algo que no está claro. ¿Qué hacía el señor Bonatti de noche y al raso a 8.100 metros? Hasta entonces, nadie había sobrevivido a un vivac a esa altitud. Pero el alpinista italiano sí volvió para contar lo que había ocurrido, aunque nadie le creyó... al principio.

La versión de Bonatti de aquella noche del 31 de julio es bastante menos heroica: Bonatti debía llevar botellas de oxígeno a sus compañeros que esperaban el campo IX su última oportunidad para lanzar el ataque a cumbre. Para esa labor, Walter iba acompañado de un porteador de altura, el pakistaní Madhi. En un momento dado, para su angustia, comprobaron que los compañeros habían montado el campamento bastante más arriba de lo que estaba previsto, y se hizo de noche. Bonatti empezó a gritar esperando que los expedicionarios en el Campo IX le oyesen, sabiendo que la tienda tenía que estar muy cerca. Según narra Bonatti, en una entrevista concedida al diario Le Monde: "de pronto, vemos que la tienda se ilumina, no lejos de donde estábamos y yo pregunto a gritos: "¿Por qué no habéis salido antes?- y Lacedelli contesta: -" No creerás que vamos a pasarnos toda la noche congelándonos por ti. ¿Traes el oxígeno?- y yo contesto -"Sí"-, y ellos replican -"Déjalo ahí y desciende"-. Pero no podíamos. Yo aún podría asumirlo, pero Madhi no, ya no podía controlarse. En ese momento, como hipnotizado por la luz, se lanza a las pendientes impracticables que nos separaban de ellos, aullando:-"No good, Compagnoni Sab, no good, Lacedelli Sab"-. Era lo único que sabía decir, el pobre. Tenía los pies y las manos congelados".

 
Walter Bonatti nació en Bérgamo en 1930 

"De pronto, la luz se apaga, y yo pienso: -" Ah, eso es que se están poniendo los crampones para venir a ayudarnos"-. Pero no pasó nada. Gritamos, les maldecimos, soltamos todo lo que nos pasó por la cabeza, pero no salieron. Si hoy estamos vivos, no lo debemos más que a nosotros mismos".

Vivos, pero no indemnes. Madhi sufrió la amputación de todos sus dedos. Y Walter asegura que ya no volvió a ser el mismo. Según dice, a su regreso ya no confiaba en nada ni en nadie y, por eso mismo, tampoco confiaba en sí mismo.

Y eso que lo intentó. De vuelta en el Campo Base, Bonatti aún confiaba en que sus "amigos" le pedirían perdón, dirían que lo sentían, que le habían hecho una canallada. "Era joven e ingenuo. No sólo nunca recibí sus excusas, sino que mi silencio permitió que se impusiera como cierta una versión "oficial" injusta y falsa sobre ciertos puntos esenciales".

Pero, ¿Por qué no dijo nada? En primer lugar, por contrato. Bonatti había firmado un documento, antes de emprender la expedición, en el que se comprometía a no narrar lo que ocurriese o a conceder entrevistas durante dos años. Y además, con la oleada de orgullo patriótico que sobrevino a la llegada de "los héroes del K-2", de los que de pronto todo el país se sentía parte, nadie iba a escuchar las amargas declaraciones de un solo montañero, que encima era conocido como una figura solitaria en el mundo del alpinismo.

Y así siguió siendo. Desengañado, se aplicó a la escalada de las grandes rutas alpinas (y de todo el planeta) en las condiciones más difíciles: en invierno y en solitario. La primera invernal a la norte del Cervino, el pilar que lleva su nombre a los Drus, la primera al Gasherbrum IV. Siempre en su estilo, siguiendo una ética clara y limpia de la escalada. Bonatti seguía en las montañas y, sin darse cuenta, se convertía en un modelo a imitar por toda una generación de alpinistas y escaladores. Callaba, pero no olvidaba. Sin razón aparente, a los 35 años, dejó la escalada propiamente dicha. Desde entonces se ha dedicado a viajar, a fotografiar y a plasmar sus vivencias en grandes reportajes. En vez de una hazaña concreta, ha sido toda su trayectoria vital la que ha hecho de él un verdadero héroe para miles de personas, montañeros o no, en todo el mundo, que han devorado sus libros, sus artículos, todo lo que tiene que ver con él. Y que, casualmente, le ayudaría a demostrar su verdad en un momento dado.

 
Rey, Lacedelli y Compagnoni 

Walter Bonatti narró, en su libro "A mis Montañas" (publicado en 1961), con escalofriante concisión, la fatídica noche a 8.100 metros de altura, en el K-2, abrazado a un pakistaní enloquecido de miedo y de dolor, en una repisa en mitad de la pendiente, con una temperatura de 25 grados bajo cero, acentuados por un viento de 70 kilómetros por hora. Y recordaba: "Eso marca a fuego el alma de un hombre joven, y desequilibra su espíritu lo suficiente para hacerlo enfermar".

Entretanto, los demás implicados en el asunto, niegan categóricamente la versión de Bonatti. Los periodistas de Le Monde se pusieron en contacto telefónico con ellos. Lacedelli, a sus sesenta y seis años y buen estado físico, recuerda perfectamente que oyeron llegar a Bonatti y le dijeron que descendiera, pero que no volvió a oír los gritos, que creyó que , efectivamente, había bajado. Insiste en que él y Compagnoni estaban apretados en una tienda minúscula, que salir suponía hacer verdaderas contorsiones. Después reconoce que Bonatti realizó "un sacrificio, un esfuerzo excepcional". Por su parte, Compagnoni, de ochenta y siete años, tiene un recuerdo más confuso pero un rencor más claro hacia Bonatti: "Si hubiera tenido un poco de entendimiento, no se habría quedado allí arriba" afirmó a Le Monde. "Si tuvo que vivaquear, es porque se quedó demasiado tiempo descansando en el Campo VIII" y añade: "Estoy muy orgulloso de lo que hice. Incluso ahora, el K-2 es una montaña italiana, y Bonatti se permite arrastrar por el lodo a los héroes".

Tampoco es que Bonatti haya sido especialmente insistente con sus reivindicaciones. Sólo salta cuando algo le recuerda el episodio, o cuando ha tenido que defenderse. El peor momento, a este respecto, fue cuando leyó un artículo publicado en 1964, en la Nuova Gazzetta del Popolo titulado "La verdad sobre el K-2". Allí se afirmaba que Bonatti había vivaqueado voluntariamente, junto a la tienda, para poder llegar a la cima con Lacedelli y Compagnoni, y añade que durante esa noche había utilizado parte del oxígeno que transportaba para luchar contra el frío. Lacedelli y Compagnoni afirmaron que sus botellas se habían agotado antes de llegar a la cima. Según esto, que el oxígeno se agotara antes de tiempo y las congelaciones de Madhi sólo eran culpa de la ambición desmedida de Bonatti. La respuesta, por supuesto, no se hizo esperar: acabaron en los tribunales, donde se dio la razón a Bonatti, y donde el periodista reveló la fuente de información, que no era otra que Achille Compagnoni.

 
El K-2, en el Karakorum Pakistaní es, con 8.611m, la segunda montaña más alta de la Tierra 

Como medita el periodista de Le Monde, hay muchas incongruencias en este asunto: ¿Quién va a vivaquear voluntariamente a más de 8.000 metros (y menos en aquellos tiempos)?. ¿Cómo iba a usar Bonatti el oxígeno, si las máscaras las tenían los de la tienda?

Otro momento fue 1984, con las celebraciones del trigésimo aniversario de la conquista del K-2. Bonatti sale a la palestra con un libro bajo el brazo: "Proceso al K-2", y vuelve la polémica. Sus opositores le acusan de la falta de pruebas. Y la prueba llegará nueve años más tarde, de uno de esos seguidores fieles de Bonatti por todo el mundo. Un médico australiano encontró las fotografías de cumbre en una vieja revista y, en ellas, Lacedelli y Compagnoni aparecen... con máscaras de oxígeno. ¿No habían agotado el gas?. "Sí -responden ellos- usamos las máscaras para protegernos del frío". No tiene sentido; con las botellas vacías, la máscara les habría asfixiado. Y Lacedelli, sin argumentos, remata: "Qué importa que ya no sea creíble; está escrito".

El último mal trago ha sido más reciente, cuando se celebró por todo alto el 104 cumpleaños de Ardito Desio, el jefe de aquella expedición. Entonces Bonatti escribió al presidente de la República, Carlo Azelio Ciampi, informándole de los falsos hechos concernientes a la conquista del K-2. Un mes más tarde, recibió unas líneas del secretario de la Presidencia, quitándole importancia al asunto. La cosa le sentó como una bofetada al alpinista, que asegura que todo el mundo encuentra vergonzoso lo que ocurrió allí, menos los propios italianos.

Quedan tres años para que se celebre el 50 aniversario de la conquista del K-2, y Walter Bonatti, con 71 años y desde su casa a las orillas del lago Como, prepara la edición en francés de su libro sobre el K-2, lo que conllevará una promoción que no va a gustar nada a los héroes oficiales. Es lo que ocurre cuando el ofendido tiene perseverancia, memoria de elefante y, sobre todo, una admirable capacidad de supervivencia.


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