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BLOG | REPORTAJES | 02 de Mayo de 2002

La travesía del Kungsleden

Por Angela Benavides  | 
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Ni grandes desniveles, ni pieles de foca. En vez de eso, la manera de recorrer Laponia, el país del Sol de Medianoche, es sobre esquís de fondo, tirando de una pulka, y disfrutando de bosques, tundra y la soledad del gran norte.

Foto: José Mijares 

En esta zona encontré también cercas de renos y samis con los que me comunicaba en sueco y me daban recomendaciones sobre cómo seguir. Este tramo me costó nueve días y más de uno caminé de sol a sol, retrocediendo sobre mis pasos en alguna ocasión. No siempre fue fácil saber dónde estaba o si seguía buen camino, porque el que parecía ser el correcto, a veces terminaba en un bosque que bajaba abrupto hacia un lago, y estas pendientes eran un calvario de nieve donde me hundía inevitablemente. Los lagos eran siempre un regalo muy esperado, sobre su superficie plana vuelas.

Si conseguía llegar a Ammarnas, estaba claro que sería muy fácil terminar, salvo una eventualidad. Aproveché los pueblos siempre para comprar provisiones; de esta manera podía viajar ligero, sin cargar nunca más de 25 kilos, lo cual ha sido un factor importantísimo para el éxito del viaje. En realidad, me planteé esta travesía como entrenamiento para luego cruzar Groenlandia de costa a costa (de hecho, saldré hacia allí con mi amigo Carles Gel el 9 de mayo). Ahora, casi diría que a lo mejor hubiera sido bueno ir a entrenar primero a Groenlandia... Esas subidas interminables de nieve fresca entre los bosques, con el frío de marzo, fueron terroríficas. Creo que alguna vez cantaba para animarme y otras, lo confieso, llegué a mirar mal a mi pulka y hasta a preguntarle si pensaba seguir así, en silencio, el resto del viaje.

Foto: José Mijares 

A partir de Ammarnas vuelve la huella, las señales de invierno y los refugios.. pero también la macarrería de las motos de nieve, que dejan tras de si la peste del olor de la gasolina (y unas huellas estupendas, seamos honestos). Ya habían empezado las vacaciones de Pascua y en Escandinavia ir a la montaña a esquiar es una religión con muchos feligreses, por lo que normalmente en cada refugio encontraba familias que estaban pasando unos días disfrutando de la montaña, y donde mi procedencia solía ser recibida con sorpresa. “Español!!! Pero que hace un españolito en pleno invierno solo esquiando por Laponia?” Casi siempre acababa invitado a cenar, gracias a lo cual conseguía variar mi dieta de pasta de sobre por Reno ahumado y Alce. Fue estupendo, esos últimos días fueron, sin duda, los mejores. La penúltima jornada de travesía, cuando ya me las daba muy felices, se empezó a fraguar una tormenta que llego a soplar a más de 100 km/h, pero también la calma de un refugio donde había un guarda muy ‘enrollao’ (Morgan) y allí esperé a que amainase. Después de todo, no hacer nada de vez en cuando es lo mejor. La tormenta no se acabó de ir pero yo seguí mi camino, lleguando a Hemavan con nieve y viento. La carretera atestada y la ruidosa estación de esquí por la que crucé con mi pulka después de 25 días de hacer el burro no fue el mejor recibimiento, pero había llegado. Paradójicamente, llegar es lo peor; has llegado y no sopla más ese viento de ilusión. Llegar es acabar y esto siempre me entristece.

De Hemavan salen autobuses a Moi Rana, en Noruega, donde disponía de alojamiento, que gracias a mi trabajo de guía puedo conseguir barato: Pero pero desde allí, en Semana Santa no salen autobuses ni trenes que vayan hacia Bodo, una ciudad a cinco horas hacia el norte y, asimismo, el lugar desde el salía mi vuelo de regreso, así que tenia problemas: tenia avión, pero no tenia transporte hasta él. Por suerte, mi novia, desde Oslo, había previsto este pequeño detalle y al final optó por mandar un S.O.S. a la compañía lechera, desde donde consiguieron el teléfono de un conductor, al que convencieron para que me llevara. De hecho, éste aceptó encantado. Desayuné a reventar todo lo que suele haber en un buffet escandinavo, y un taxi me dejó en la carretera a la salida de la ciudad, cuando apareció un camión con 2 remolques: allí estaba Hugo ‘tan enrrollao él’ para llevarme. El es de Sortland, un pequeño pueblo de las islas Vesteralen que yo suelo frecuentar por mi trabajo, y hablamos del pub que tiene el piano, de la camarera pelirroja, de la amiga de esta que...en fin, fue un viaje estupendo y una amabilidad que nunca olvidaré. El resto, ya se sabe, volar, llegar, encontrar a los amigos, fue de verdad darme cuenta por primera vez que mi viaje por el Kungsleden ya no era un sueño. Había pasado al mundo de las cosas reales y estas, a veces, no son tan hermosas.
José Mijares


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